MANIFIESTO

El poder de tener el poder

Fotografía: ABRAHAM PÉREZ

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Hablar de poder siempre puede sonar escandaloso, intrépido o altanero. Hemos aprendido a desconfiar de él y de quien lo posee, porque lo asociamos con facultades represivas o de autosatisfacción inconmensurable y, por ello, innobles aunque deseables.

 

Todos quisiéramos tener poder para esto o para aquello pero es mal visto que alguien por ahí vaya diciéndolo. Es malo quien lo tiene y siempre será cómodo denunciarlo en el otro, en el adversario, como justificación para cualquiera de sus manías o de sus fallas. Pareciera ser una sombra negra que se cierne en torno a aquél que ha cambiado desde que “llegó al poder”, como si fuese un sitio al cual se llega.

 

Sin embargo, Michael Foucault, el francés que desde un manicomio entendió la forma en que el poder necesita de regímenes de verdad para sostenerse, ciertamente atina al decir que si el poder fuera únicamente represivo, si sólo dijera que no, jamás se le obedecería.

 

En cambio el poder es aceptado porque también induce al placer, forma saberes y discursos, circula en todo el aparato social del que somos parte y es más productivo de lo que pueda imaginarse. Querámoslo o no, hacemos cosas con el poder, lo tenemos, lo utilizamos y deseamos más.

Existe un combate constante en la ciudad por producir verdades y con ello, poderes. No la verdad como algo único a descubrir o aceptar, sino como el cúmulo de reglas que han de distinguir lo falso de lo verdadero y lo deseable de lo indeseable. Estas formas de verdad son, en el fondo, formas de poder.

 

En este número de territorio nos preguntamos acerca de quiénes emprenden qué tácticas para filtrarse en los hoyuelos del poder en la ciudad. Desde los diarios que replantearon las posibilidades de la libertad de expresión, hasta los hombres y mujeres que hacen de sus cuerpos un discurso vivo de poder y perfección a través del fisiculturismo; pasando por comunidades que llegan a la ciudad y prosperan económicamente sin hablar el idioma local, porque pueden. O los apáticos que no irán a votar durante la próxima jornada electoral porque simplemente pueden no hacerlo a pesar de las súplicas y propuestas de que se ven rodeados, y qué decir de los que todos los días le enseñan al mundo que se puede vivir fuera de la heteronormatividad universal.

 

Porque se puede desear tener o detener al poder y éste seguirá haciendo de las suyas para inducirnos a aceptar, a corregir, a diferenciarnos y hasta eliminarnos en una articulación de tiempos y voces, pero de los tiempos y voces de quienes vivimos en esta ciudad.

 

 

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