ENSAYO

El poder de la apatía

El sujeto político que no cree en la política

 

El desencanto generalizado de la sociedad frente al sistema político gubernamental es evidente. Mientras hace años se otorgaba al voto el poder supremo para la transformación social, hoy los ciudadanos han dado media vuelta y se han llevado su capital político a otros planos. ¿Dónde está?

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Además de las disputas entre partidos políticos, en un periodo electoral como el de este año escucharemos dos millones 358, 720 spots de instituciones como el Instituto Nacional Electoral (INE) o la Fiscalía Especializada en Delitos Electorales, que nos repetirán una sola consigna: vayan a votar.

 

En el fondo lo que las instituciones nos dicen es que esta es nuestra oportunidad para transformar al país (de una vez por todas, ahora sí) y hacer valer legítimamente nuestros intereses. Parecieran decirnos que si no la tomamos, si no cumplimos con ese mínimo requisito ciudadano, después no nos estemos quejando.

 

Pero a pesar del derroche económico y del discurso casi suplicante para asistir a las urnas, el propio consejero presidente del INE, Lorenzo Córdova Vianello, ha reconocido que el abstencionismo y la falta de confianza de los electores son los mayores retos a vencer el próximo 7 de junio. No sólo porque  cualquier proceso electoral intermedio siempre registra menos participación, sino porque la crisis de confianza en las instituciones políticas que ha ido en aumento en los últimos años se ha recrudecido durante el actual gobierno federal.

 

Pero ¿asistir o no a las urnas es el único síntoma de que a los ciudadanos les importa la política? En otras palabras ¿es acaso el momento electoral el único en que puede quedar de manifiesto lo político de quienes vivimos en este país y en una ciudad como la nuestra?

 

Para responder una pregunta así habría que partir al menos de dos ideas: La credibilidad que depositan los ciudadanos en la política burocrática y formal va en declive. Este fenómeno no es exclusivo de México, en realidad está inscrito en una ola que recorre muchos países del mundo y que probablemente tiene que ver con el cuestionamiento que se hace al modelo de desarrollo actual.

 

Si bien el discurso de las instituciones insiste en que el comportamiento político de un sujeto deba estar asociado de un modo u otro con el aparato gubernamental (partidos políticos, asociaciones, etc.), ya sea como partidario o como disidente frente a él, la configuración actual de los modos de vida apunta a que lo más importante para las personas se encuentra en su ámbito privado, lo que lejos de significar un distanciamiento de la política, apuntaría a nuevos lugares desde los que se construyen posturas y significados públicos.

 

Como ejemplo del primer punto basta echar un vistazo a la Encuesta Nacional sobre Cultura Política y Prácticas Ciudadanas que realiza la Secretaría de Gobernación y cuya última edición fue en el año 2012. Más del 70% de los encuestados dijo estar de acuerdo o muy de acuerdo con la frase: a los políticos no les importa lo que piense una persona como yo. Además de que el 65% declaró abiertamente tener poco interés en la política.

 

Más allá de los datos, cruzar un par de palabras con más de alguno permitirá saber que ideas como “todos los políticos son iguales”, están enquistadas en el ideario colectivo. Para otros, por el contrario, ahí está el verdadero asunto: cada país tiene el gobierno que se merece, si no votas no te quejes y qué inculto aquél que no conoce el distrito en que vive o a su diputado, suelen ser las respuestas de quienes se ubican, al menos discursivamente, del otro lado.

 

Pero estas dos posturas implican seguir pensando que la política efectivamente se remite a una dimensión formalmente instituida. A organizaciones y nombres de partidos políticos, disputas electorales y temas de cámara del Congreso. Desde esa forma de ver el asunto resultaría que en efecto una inmensa mayoría de ciudadanos somos apáticos e ignorantes. No todos saben cuántos diputados federales existen ni qué hacen, ni la diferencia entre éstos y los locales ni muchas cosas más. Y no parece importarles.

 

Además de ser los malos hijos de la democracia, para algunos estos apáticos son también los responsables, o cuando menos los cómplices del mal gobierno. Hay quien defiende la idea de que un gobierno sin ciudadanos involucrados, que participen y se interesen, no va a hacer bien su trabajo, o no tiene por qué hacerlo.

 

Esta postura que se preocupa en demasía por el aspecto normativo de lo que hemos dado en llamar democracia, corre el riesgo de perder de vista lo que ocurre entre una jornada electoral y otra. Peor aún, reduce al ciudadano a su facultad electorera y pierde de vista los sitios en que están ubicados sus intereses y, con ellos, sus potencialidades.

 

¿Cómo hablar de un país apático cuando los ciudadanos permanentemente se organizan para desarrollar actividades que son de su interés? ¿Cómo hablar de sujetos no políticos cuando la sola expresión es una contradicción en sí misma? En tanto hombres, somos animales políticos, lo decía Aristóteles, en una dimensión que contempla la forma en que nos relacionamos unos con otros en el espacio público, lo que trasciende a la mera forma en que reproducimos el sistema político en que vivimos.

 

Esta apuesta es un doble desplazamiento: por un lado, es evidente que en las últimas décadas han ido perdiendo fuerza las grandes ideologías. Lo decía ya en 1970 Daniel Bell, al augurar que nos encontrábamos frente al fin de ellas. Desde luego no es posible que mueran las ideas mientras exista el género humano, a lo que se refería el futurólogo es a la pérdida de poder movilizador que sufrirían los grandes conceptos que antes inspiraban la búsqueda y organización, como el socialismo o la misma democracia.

Poco a poco los grupos humanos irían organizándose en torno a problemáticas más locales, focalizadas, privilegiando las transformaciones inmediatas en lugar de las luchas de largo aliento. Si bien el acuerdo implícitamente generalizado en el mundo fue optar por la democracia como régimen que permitiría a las sociedades garantizar la libertad e igualdad de sus integrantes, no podríamos ya escribirla con mayúscula.

 

La concentración de lo político ya no está propiamente en el plano real de elecciones y partidos, sino en uno mucho más simbólico, tangencial y cambiante que incluiría espacios como la ludicidad, la sexualidad y el cuerpo. Lo político no quedaría entonces sólo evidenciado en una papeleta depositada en alguna urna cada tres o seis años, sino en la forma en que construimos nuestra idea del mundo, nos relacionamos con otros y adoptamos posturas frente a los temas que nos importan.

 

El filósofo norteamericano Richard Rorty resume esta forma de relación en un asunto pragmático cuando dice que la democracia no necesita ya fundamentación racional o verdad, sino el compromiso con aquellos de sus valores que pueden llevarnos a mejorar la vida, a disminuir la crueldad y las desigualdades intolerables, a reducir el abismo entre nuestros ideales y nuestras realidades.

 

De ahí que las búsquedas reformistas, la idea de cambiar el estatus actual por uno mejor en el futuro que han abanderado cualquier tipo de revolución o movimiento social histórico, hoy no se plantean precisamente en términos de lo completamente otro. Parece que sólo los partidos políticos siguen pensando que después de cambiar las siglas de una institución o el nombre de un responsable, los ciudadanos y los gobernantes despertarán con una idea del mundo, aspiraciones y costumbres completamente renovadas. Como si fuera posible cambiar sistemas completos a partir de una coyuntura.

 

Lo que tenemos en cambio de forma cotidiana es una ebullición política constante. Aún distantes del transcurso que siguen las campañas políticas, de una forma altamente politizada, los ciudadanos se mueven, se detienen, eligen sus prioridades y actúan para solucionar sus problemas o para ejecutar sus intereses.

 

Ejemplos sobran en una ciudad como Guadalajara. Desde las mujeres que han popularizado un movimiento de bazares que compra y vende ropa y enseres domésticos usados y se reúne todos los sábados en distintos espacios públicos de la ciudad.

 

Estas mujeres de todas las edades, aunque con fuerte presencia de madres,  promueven sus productos en redes sociales, los cuales pueden ir desde ropa usada suya o de sus hijos, zapatos, muebles, juguetes y prácticamente cualquier artículo que se tenga en el hogar, contactan clientes, acuerdan precios, horas y sitios y se reúnen para hacer las entregas. Se distinguen entre ellas porque nombran sus bazares y acuden el día del encuentro con distintivos, gaffetes o carteles, tal como en un aeropuerto.

 

Los sábados  a partir de las tres de la tarde se les puede ver ofertando sus productos al tiempo que convierten el día en un pequeño picnic o aprovechan para, después de haber vendido, ir a comprar algo para ellas. Generan un ingreso extra en una actividad que pueden realizar desde casa a través de una red social que cada vez las tiene más como usuarias principales, se conocen, ocupan un espacio público, se divierten, hacen política.

 

Bien podría cualquiera decir que este ejemplo tiene como propósito principal el consumo, la venta, la generación de un bien económico, y ello no puede negarse. Hagamos dos aclaraciones para salvar el punto: el sujeto político, el que hace cosas para situarse en el mundo y, según Rorty, con ello disminuir la crueldad de su entorno, no está separado del sistema económico, sino que lo utiliza también como mecanismo pragmático para lograr sus fines.

 

 

Además, al recorrer la vista entre lo que ocurre en la ciudad nos encontramos con ejemplos aún más diversos. Tal es el caso de Alan y Arnulfo, dos jóvenes ingenieros cuya afición a los juegos de mesa les ha llevado a organizar cada quince días festivales para promoverlos. Los juegos que comparten y enseñan a utilizar se encuentran entre los llamados juegos de rol o de estrategia cuyas modalidades son más variadas que las propuestas comerciales.

 

Para ellos la cultura de los juegos de mesa tiene muchas ventajas implícitas, la principal es convertir la ludicidad en un pretexto para convivir con otros, incluso aunque sean desconocidos como suele ocurrir en los eventos que organizan en distintos restaurantes y cafés de la ciudad. Hasta ahí llegan hombres, mujeres, niños que atraídos por la propuesta se sientan a jugar con quienes probablemente nunca habían visto.

 

Entre las variaciones existen juegos en los que, por ejemplo, todos los jugadores deben coordinarse para vencer al juego, otros en que es preciso imaginar o simplemente seguir estrategias lógico matemáticas. Compartir la mesa una tarde de domingo con amigos o desconocidos en búsqueda de un tipo de diversión que ya no es tan popularmente socorrida, es asumir, por ejemplo, que la ludicidad puede ser colectiva, no tiene que estar mediada por el consumo, no debe depender necesariamente de la tecnología y es un camino para conectarnos con otros. A través de El Reino de los Juegos, Alan y Arnulfo están construyendo una pequeña comunidad que tiene formas propias de entender el mundo.

 

No se trata sólo de divertirse, el pragmatismo político de Rorty hace hincapié en la utilidad que tiene para el ciudadano adoptar ciertas posturas y la forma en que éste las utiliza estratégicamente para resolver problemas. Un problema cotidiano es el de quienes se trasladan de un estado a otro para ingresar en la universidad, para realizar algún trabajo o resolver cualquier asunto personal.  Para conseguirlo de forma práctica y económica, los usuarios de redes sociales le han brindado un lugar especial a la confianza entre quienes, lo único que podrían tener en común, es un traslado entre dos ciudades el mismo día y a la misma hora.

 

Con nombres como Ride Gdl- Colima o Ride Gdl- Zamora, cientos de personas se coordinan para darse un aventón en los trayectos entre estas ciudades. Alguien con automóvil que va a realizar el recorrido avisa por la red social la hora de su partida y el número de lugares disponibles en su vehículo para que los interesados acuerden con él puntos de llegada y salida y viajen juntos.

 

Algunas veces hay que cooperar para la gasolina o las casetas, otras no es necesario. Lo realmente sorprendente es que en medio de un ambiente hostil donde con frecuencia se nos invita a desconfiar de los extraños, estas personas, en su mayoría jóvenes, invitan a desconocidos a subirse en sus vehículos o ellos mismos se suben en vehículos ajenos, con la plena confianza de que el propósito a cumplir es compartir un trayecto, ahorrar dinero, ser ecológicos o hacer un favor que después ellos podrían necesitar.

 

Como opción para obtener un ingreso extra, por diversión, por utilidad, por sentido de pertenencia, para defender alguna idea, son incontables los motivos por los que las personas nos relacionamos con otros, compartimos espacios, hacemos cosas, intercambiamos tiempo, confiamos a pesar de las circunstancias, hacemos política.

 

No una de colores o partidos, no una que se transmita por televisión o que se preocupe por los resultados de las encuestas, por pegar calcomanías en un crucero o repartir banderines con el rostro de alguien impreso, sino la que implica ponerse de acuerdo con el vecino para saber cómo serán ocupados los espacios del estacionamiento o quién es el responsable de cuidar el camellón, la que implica organizarse para pintar una ciclovía o solicitar que sea instalada una nueva parada de camión. Allí donde volteemos, con la mirada aguzada, podremos ver a los sujetos políticos en plena acción.

 

Hay algo que, no obstante, es cierto. Hasta ahora estas formas de organización no legislan, no elaboran políticas públicas, no hacen leyes ni distribuyen equitativamente los cargos de tomas de decisión. Aunque no significa que no debieran existir formas alternativas, el sistema actual apunta a que la coyuntura electoral sigue siendo un espacio de decisión con gran importancia.

 

Entonces ¿dónde queda el poder de la apatía en un contexto donde todo es político? La opción que permitiría captar la diversidad de posicionamientos es la convicción. Ir a votar, preocuparse por las tendencias políticas o replegarse a la vida privada y preferir los formatos organizativos pequeños y en los que puede detectarse una utilidad, es y será una decisión personal. El secreto está en que efectivamente lo sea.

 

El poder en su manifestación foucaultiana radicaría en la combinación entre saber y poder. Saber las consecuencias de no ir a votar, estar convencido de ellas y no hacerlo, es una posición altamente digna y politizada. Lo mismo que ir a votar, o acudir a la urna sólo para anular la planilla. O hacer cualquiera de las anteriores y además decidir organizarse con otros para buscar propósitos específicos. Cualquier decisión que haya pasado por un proceso de reflexividad en el sujeto, dejará su huella en la conformación de nuestra democracia.

 

Sin aspiraciones revolucionarias, cada acción colectiva, aún cuando parezca fragmentaria, modesta y experimental, ofrece un boleto de primera fila para observar el escenario democrático que vivimos. Si en lugar de preguntarles a los ciudadanos cuál es su diputado o el nombre de su distrito, les preguntáramos a los actores políticos cuáles son las necesidades específicas o los intereses de las personas que representan, seguramente el escenario sería el mismo. Con la diferencia de que hay grupos de población que ya entendieron que el enfrentamiento directo al sistema no sirve para nada y, en cambio, derivan su descrédito en acciones que los benefician, en las que creen y por las que están dispuestos a apostar, aún desde su subjetividad.

 

Mientras que el sistema político insiste en darle cuerda a un modelo tradicional de campañas políticas que recicla frases, ideas y propuestas para convencer a uno que otro de trazar con una equis su nombre el día de la elección, los ciudadanos cada vez confían menos y probablemente hacen más. Se han detenido, siguen menos el andar del andamiaje institucional y prefieren, por practicidad o desencanto, construir sus propios proyectos políticos o, en el mejor de los escenarios, construirse a sí mismos como proyecto político.

 

Elegir una posición más que suscribir una teoría política y transformarse con apacibilidad en las opciones que el sistema no brinda. No correr ciegamente tras el discurso de ir a votar porque es la primera de las obligaciones ciudadanas y probablemente la única en la que seremos tomados en cuenta, ni combatir frontalmente a un sistema que está demostrando dar de sí, sino detenerse, hacer algo propio, ser pragmático, olvidarse de las grandes transformaciones y elegir la de hoy. Ser apático y con ello por excelencia, ser político.

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