TALLER

El placer de intercambiar

Otro viernes de fiesta swinger en Guadalajara

Por IVETTE SOLÓRZANO  /

Ilustración: INÉS DE ANTUÑANO

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Pasa de la medianoche en el centro de la ciudad. Es viernes y mi elección de esta noche es el Luxor Louvre Swinger Club, un espacio para el intercambio de parejas. El reflejo de las luces fluorescentes, una fila vacía y el cadenero que nos mira con desconfianza. Mi compañero, Iván, me sujeta del brazo como si eso nos hiciera pasar desapercibidos. Estamos aquí de paso. No pretendemos participar. Somos observadores pasivos respaldados bajo la regla primordial del intercambio de parejas en donde “no” significa No.

 

El estilo de vida swinger data de los años cincuenta. Los primeros registros dicen que comenzó en la milicia en California, donde se reunían en lugares llamados “Key clubs”. Ahí los esposos lanzaban sus llaves a una mesa y del montón cada una de las esposas tomaba una, ésta indicaba con quien pasarían la noche. Las prácticas se han diversificado, pero el fin es el mismo, compartir a tu pareja.

 

En el Luxor ya hay más de diez parejas, además de los singles (personas que asisten solos para las actividades de tríos). “El cover es de 100 pesos, sea el día que sea, si vienes en pareja pues es más barato. El primer show de estrípers ya pasó, todavía queda el de travestis y el intermedio de la noche, ese lo hace Nico”, informa el cadenero a modo de avisos parroquiales antes de nuestro ingreso.

 

Nico es el apodo de Fernando por su gran parecido a Steven Seagal, quien juntó a Mr. Jat —un marginal rápero local de discurso irreverente y conducta desinhibida— dirigen el club. Nico cumple día y noche las funciones de anfitrión, seguridad y community manager, y Mr. Jay el de dueño y publirrelacionista.

 

“Estoy en el ambiente desde los 18 años, administro y dirijo el club desde hace más de 20. El Luxor es mi orgullo, me llena de satisfacción poder abrir las puertas a gente de amplio criterio: swingers, singles, hotwife (mujer que con el consentimiento de su esposo está abierta a tener relaciones fuera del matrimonio), voyeurs (buscan excitarse al observar), cuckold (matrimonios estables en los que ella tiene relaciones frente a su marido), gay, lésbico o todo aquel que quiera un lugar para expresarse sin ser discriminado, señalado u ofendido”

 

El espacio que cumple la función de un lobby, no mide más de dos por dos metros. Los muros de los costados están tapizados de figuras de faraones egipcios, que buscan dotar de contenido al nombre del lugar: Luxor, una ciudad del antiguo Egipto donde se enterraron a los grandes faraones en señal de ofrenda.

 

Lo único que se interpone entre Iván, la fiesta y yo, es una delgada tela de encaje deslavada, un poco sucia, cortada a modo rustico y colocada sin preocupación. “Bienvenidos, aquí no se discrimina a nadie”, se lee en un recuadro justo antes de las cortinas de encaje. Dentro, se asemeja a un cabaret, aunque no hay tubos por ninguna parte. Hay mesas y sillas a lado de una pista brillosa y prolongada. En la parte más alta y con la mejor vista, está la zona VIP. ¿Pero quién necesita una zona alejada de las demás parejas?, la aproximación y el encuentro previo es parte esencial del juego.

 

El club es espacioso, hay rincones por todas partes. La luz tenue despierta los sentidos. Las parejas conversan como si estuvieran en un restaurante, tranquilos pero al acecho. Las miradas son el preámbulo. Las mujeres en su mayoría usan vestidos o faldas cortas sin dejar nada a la imaginación, el único pantalón entallado que desentona es el mío. Quizá no haya un código de etiqueta, pero se sobreentiende. Ellos, mayormente señores y algunos con arrugas que asoman su avanzada edad, van holgados, pantalones flojos y camisas estilo bomba. Iván, un boxeador apodado La Maldita y yo somos los únicos millennials perdidos entre una mayoría de baby boomers. En una elección nosotros perderíamos por abstención.

 

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Doña Clara es la vecina que más se queja en el barrio, vive justo al lado izquierdo del Luxor. “Por las noches salen como chile frito, dejan las alarmas de los coches encendidas, no se aguantan y se andan agarrando aquí, justo en mi portón. Yo soy la que me tengo que aguantar”, argumenta la mujer de vista cansada, rostro exhausto y maquillaje impecable. Me mira, me toma del antebrazo y susurra, “aquí entre nos, yo no sé qué pasa allí dentro, pero una vez una mujer iba pasando con su pareja, mientras yo salía de mi casa, ella le dijo a él: ya viste, aquí es donde viene la gente a intercambiar parejas y hacer orgías. Yo dije, ¡ah cabrón! Pues si está fuerte”.

 

El vecindario donde se encuentra el Luxor se sitúa a cuatro cuadras del Templo Expiatorio (un reconocido templo católico de estilo neogótico en Guadalajara). En el barrio encuentro algunas parejas con hijos, una mujer sola, un escritor, una tienda esotérica y dos estacionamientos públicos. Uno de ellos se beneficia del club y hace la función de valet parking. El segundo, es de Juan, que está a cargo de una familia de tres integrantes, su hija está apenas por cumplir quince. El estacionamiento no es sólo su negocio, es su hogar, “llevamos aquí casi veinte años, en un principio (el Luxor) parecía un lugar de gays y travestis, llegaron a estar alrededor de 150 personas drogándose aquí fuera, esa vez casi descargo mi pistola. Pero desde que es swinger es muy tranquilo, son más discretos” asegura Juan.

 

La doctora en sociología María Martha Collignon, autora de: La vida amorosa, sexual y familiar en México, explica que “vivimos en una esquizofrenia social, decimos que todos somos iguales, pero no somos tratados ni juzgados de la misma manera. La sociedad te dice que acepta la homosexualidad, pero rechaza sus muestras de afecto. La iglesia los acoge, pero no pueden acceder al sacramento del matrimonio. Lo mismo sucede con las prácticas swinger, aunque no son lo mismo, una es una preferencia y la otra una práctica. Pero la sociedad las juzga con la misma vara”. Quizá es por ello que la vida swinger se concentra y esconde en la clandestinidad de la zona centro de la ciudad de Guadalajara.

 

“Nuestra cultura implementó un modelo estándar de vida sexual, en él se establecen los límites por los que se debe conducir una persona: una relación sexual entre dos personas, de sexos opuestos, que pertenecen a un contrato social llamado matrimonio y en donde el fin único del acto sea la reproducción”, según Collignon.

 

Nico dice no quejarse de la sociedad, pero de manera reiterada pide respeto para su estilo de vida. “Cada quien tiene su propia lucha, la de Mr. Jat y la mía ha sido la de pedirle a la sociedad que entienda, que se de cuenta que somos parte de ellos. Somos personas que llevamos a nuestros hijos a la escuela, tenemos empresas, pagamos impuestos, somos vecinos, tíos y hasta abuelos”.

 

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Somos nuevos, los novatos de la noche. Nico, el encargado, estríper y seguridad del Luxor, nos da la bienvenida. “Qué tal la noche, dónde les gustaría sentarse, tenemos espacio en todas las áreas, en los cuartos oscuros ya hay parejas, hace poco que finalizó el show, pero pueden unirse si ya están listos”, comenta mientras caminamos sin prisa. Nuestro objetivo no es participar, estamos dentro por puro sentido etnográfico. Inseguros pero decididos pedimos a Nico un recorrido por el establecimiento, con la certeza de que nos encontraremos de frente con lo que tal vez muchos ven en pantallas de ordenadores y smartphones.

 

En la mayoría de los bares o clubs que visité, los asistentes tenían entre 35 a 65 años. Las fiestas swinger a veces suceden en algunos espacios privados. Tal es el caso del Sweet club, un departamento en la tercera planta de un edificio sobre la calle López Cotilla: ahí se sabe que hay fiesta cuando un foco rojo se enciende a modo de invitación, señal de que la acción ha comenzado. En el Karaoke swinger, otro bar al que acudí, es distinto; ahí no hay señal de fiesta de intercambio de parejas, para encontrarla tienes que preguntar por ella.

 

Nico es nuestro guía y un gran vendedor. Las parejas nos miran con escepticismo. Cruzamos la pista, “aquí es el área de los cuartos oscuros, tenemos dos secciones: una de parejas que es la que tienen enfrente y otra de tríos, justo en el otro extremo del club. La cosa está así, te tomas unos tequilitas con tu pareja o sólo, no hay pedo, ves el show —que por cierto el siguiente es el mío—, te prendes un rato y después te vas al cuarto con tu vieja o la de otro. Pero como son nuevos, primero piénsenlo, que pa’ esto hay que estar bien seguros”.

 

Los cuartos oscuros son las zonas designadas para que las parejas hagan el intercambio y tengan relaciones sexuales. Cuenta Nico que en un cuarto caben de 30 a 35 parejas. “Nooo si les contara… En el cuarto que ven allá (señala una de las habitaciones: nueve sofás con capacidad para cuatro personas cada uno, el centro es bastante espacioso) se han metido hasta 30 parejas, no saben el olor, la pasan muy rico”, recuerda Nico con orgullo.

 

El club opera como centro nocturno. En el artículo 53 Bis, del Reglamento de Giros Comerciales y Prestación de Servicios de Guadalajara, señala que un centro nocturno/table dance es cualquier establecimiento donde se presenten espectáculos de baile erótico con música grabada o en vivo, además de la venta de bebidas alcohólicas. También pueden ser catalogados como establecimientos de giros negros o restringidos, las cantinas, los centros botaneros, los restaurantes-bares o bares, según el reglamento.

 

En Latinoamérica, Uruguay es uno de los países donde el incremento de clubs swinger ha sido mayor, principalmente en su capital Montevideo. El sociólogo investigador para la Universidad de Uruguay, Carlos Basilio Muñoz, realizó uno de las investigaciones de largo aliento más innovadoras en el tema. Con información de campo experiencial, llegó a la conclusión de que las prácticas swinger han incrementado porque se ha posicionado como una posibilidad de negocio virgen donde por una parte se ofrece discreción, y por otra placer. Basilio observó que casi todas las parejas tienen hijos y así concluyó que la mayoría de las personas que participan tienen una especie de doble vida: en una son mamás, papás, trabajadores y creyentes, y por la otra son swinger. La “doble vida” se debe a la estigmatización social de estas prácticas.

 

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La acción. En el sitio no existen puertas, sino pedazos de tela de satín rojo, deshilachadas y viejas. Estoy en la zona de tríos, y sólo hay dos habitaciones. “Entra no te va pasar nada, igual y se te antoja”, me incita Nico. Espero a que Iván me alcance, me tomo de su hombro, él traspasa el satín rojo y el clímax de la noche está junto frente a nosotros. Entre la oscuridad que cada vez es más nítida se ve a una mujer sentada en el sofá, tiene tres miembros erectos frente a ella. Nuestra presencia no inmuta, el sonido de la fricción del látex con el roce de su boca es constante. Están cómodos, lo disfrutan.

 

Simultáneamente, en el cuarto de a lado, un trío prueba otras posiciones. Un hombre sentado recibe una felación de una mujer que tiene manos y rodillas en el suelo, un tercer integrante a la vez la penetra por el ano. Los gemidos van a ritmo. El tufo de ese olor a sexo ya es constante. Gemidos, golpeteos y pisadas de tacón que podrían ser un gran canción pop.

 

Nico es un hombre extrovertido al que respetan y quieren en el club. Saben que él manda. En Facebook administra siete grupos cerrados, el más grande y activo tiene 2 mil 60 integrantes; los que le siguen rondan los más de mil 600 miembros. Todos ellos bajo el nombre de Nico y Luxor Louvre Swinger club desde 1986. Está ranqueado con cuatro estrellas, las opiniones son diversas, y los comentarios una ventana a la diversidad de consumidores que hay en la ciudad:

 

Ricardo T: Fui yo solo hace dos semanas y sólo iba por curioso. Al entrar al cuarto oscuro, me invitó un bato a que me sentara junto a ellos y terminé teniendo sexo con su esposa, los dos como de 28 y 35 años. Algo que sigo sin creer, me gustó, tuve sexo sin pensarlo.

 

Alberto L: Una vez fui y no me agradó mucho. Soy bi y estoy en busca de una pareja donde él también sea bisexual. Bien dotado.

 

Yetgat G: Les recomiendo el lugar. ¿Una mujer para ir el sábado? Vamos mi esposa y yo. ¿Quién se anima? somos pareja, limpios y es nuestra primera vez. Manden inbox (Respuesta: un comentario oculto y tres corazones)

 

Burak Karatay: Who wants to share wife with me? I’m from Istanbul in Turkey. I have experience of swinger sex. “¿Quién quiere compartir esposa conmigo? Soy de Estambul, Turquía. Tengo experiencia en el sexo swinger.”

 

Visité nueve establecimientos públicos y dos propiedades privadas (fiestas clandestinas en inmobiliarios habitacionales) donde hay fiestas swinger en la ciudad, aunque debe haber muchos más. Las redes sociales y el mundo virtual siguen siendo un gran abanico de posibilidades para la creación de nuevos espacios de actividad sexual. Uno de los grandes pendientes de la vida swinger son los datos para analizarla, no hay sondeos ni encuestas en nuestro país (menos en Jalisco) que puedan arrojar datos sobre cuál es el total de personas que se asumen y aceptan llevar el estilo de vida.

 

En España nació uno de los primeros portales web de contactos swinger. Un estudio estimó que una de cada cuatro parejas que se inscribió tenían de 18-35 años, desafiando el esquema que se tenía de que sólo las parejas maduras podrían establecer este tipo de prácticas. El portal no perduró. Sus integrantes prefirieron mudarse a las redes sociales como Facebook o Twitter, pero sirvió para analizar los perfiles de más de 40 mil usuarios inscritos. Con sólo medio año de vida tenía un crecimiento de 250 personas por día.

 

En su mayoría, al club Luxor asiste gente de polígonos sociales paupérrimos y con recursos limitados. Los precios de la entrada ofrecen datos sobre el poder adquisitivo de los asistentes. El Luxor cuesta 100 pesos y  no incluye nada; el Sweet club, 300 pesos, con show de sexo en vivo incluido; Amsterdam, cover de 150 pesos, la entrada requiere una cita previa con el anfitrión. El costo de entrada del Luxor, en comparación con el resto, es el más bajo.

 

 Los ingresos del club no parecen ser suficientes para tener un crecimiento exponencial, el equipo de trabajo actual no supera las diez personas. Tal vez por eso Nico es todólogo: arriba del escenario, de cantante y streeper; en los cuartos oscuros es quien pone el orden; en las redes sociales administra twitter, facebook, whatsapp, wechat, google+ e instagram. Dicen que quien mucho abarca, poco aprieta. El show en vivo es un desastre, el playback deja mucho que desear y su vestimenta de cowboy parece más la de un agricultor después de una jornada larga, que la de un un bailarín sexual profesional.

 

 “Tengo la sensación de que el estilo de vida swinger es para una clase media o baja, las clases pobres tienen hábitos sexuales distintos, incurren en muchos ámbitos y prácticas sin saberlo, debido a la desinformación. Por lo contrario las élites no necesitan estos espacios, pues tienen los recursos para viajar a países conocidos por su turismo sexual o quizá se inclinen más por las orgías”, explica la doctora Martha Collignon. “Desde un punto de vista clasista, las personas con cierto poder adquisitivo no necesitan un lugar en donde les permitan tener relaciones sexuales multitudinarias”, añade.

 

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Una caja de condones marca Prudence vacía llama mi atención. —¿Cuántos condones venden por noche Nico? “No pos un chingo, no llevo la cuenta. Imagínate si la llevara. Hay gente que te aguanta cuatro o cinco rounds. Y si no aguantas, te ayudamos. Vendemos una pastillita azul, genérica, porque la original es muy fuerte. Pa´ tu bato, con un cuarto tiene… y hay papá que te deja contenta”

 

Entre las reglas básicas del lugar está el uso de protección, las prácticas sexuales sin condón están restringidas, pero suceden. “Todos nos protegemos con condón, así no hay riesgo, ni que el Sida, ni que la Sífilis y esas cosas… normalmente todos vienen preparados, los que no, pues les conseguimos. ¿Entonces qué? ¿Se van a animar?”, nos pregunta Nico un poco cansado de tanta pregunta.

 

“Anímense chavos, ya vinieron hasta aquí, ya se desvelaron. Y si quieren yo la puedo hacer de referee”, una voz amistosa se entromete en la conversación, se presenta como La Maldita, un boxeador activo que asiste al bar desde hace más de trece años. “A mí me trajo un promotor. Me invitó a participar con su esposa. Yo estaba bien morrito y me gustó mucho. Desde entonces vengo cada que puedo”, dice La Maldita. “Algo sí te puedo decir, el paquete está bueno”, agrega Nico.

 

Conforme avanza la noche, aumenta el sexo, los gemidos y el alcohol. Sin reloj, es imposible saber la hora, en la entrada te recojen los celulares por seguridad, para no exponerse a grabaciones o fotos que puedan comprometer a un integrante. También piden identificación y se aseguran de que todo el que ingrese sea mayor de 21 años.

 

“Los organismos gubernamentales deberían garantizar y promover una cultura sexual responsable, además de regular que los establecimientos de giros negros no incurran en violaciones, abusos o delitos de otra índole. Ojo con esto no quiero decir que se regule la práctica sexual, no, sería una incongruencia, quiero decir que se regulen las condiciones en las que se dan las prácticas”, me dice la doctora Collignon.

 

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El Luxor es un espacio libre en donde nadie nos forzó a participar, hubo insinuaciones, pero siempre con respeto. No, es no. Y el “no” es irrebatible. Nico es alguien que hace su trabajo: atraer clientes, promocionar el bar, mostrar los distintos espacios y explicar a profundidad las actividades.

 

Antes de abandonar el club, Iván y yo entramos al cuarto de parejas, el mismo que Nico me contó que llegó a albergar 30 parejas teniendo sexo al mismo tiempo. Hay un hombre y una mujer. Él trae los pantalones por debajo de los tobillos; ella, el vestido por arriba de la cintura. Gemidos que parecen susurros, jaloneos a un ritmo acelerado. Recorremos el cuarto, antes de salir, Iván señala tres trozos de papel higiénico hechos bolita, dos tirados en el piso, otro sobre el sillón deshilachado. Parece que alguien terminó bien.

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