ASTROLABIO

El Otro al uno

En la literatura, el tema del otro se ha llevado por varios caminos, casi todos con destino trágico o, al menos, desalentador. Sartre y las redes sociales; Borges, Hemingway y la incomprensión. Aquí, el lector es uno y ellos, el Otro

Por LUIS MORENO  /

Ilustración: MARISA MOREA

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Si se revisa el perfil de Facebook de Joseph Garcin, uno se puede dar cuenta que ama la paz más que el honor, más que la vida incluso, y por sus comentarios y gustos, que además vive una relación estable y amorosa con su mujer. Infidelidad, no, nunca. Del perfil de Ines Serrano, podemos inferir que es la mejor amiga de Florencia, la viuda de su primo, pobre y atormentado, y que está hambrienta de libertad y respeto hacia las minorías. Estelle Rigault sube cientos de fotos de sus viajes y fiestas al lado de su marido, algunos años mayor que ella. En todas ellas, aparece sonriendo. Además, publica constantemente cadenas y frases sobre lo maravilloso que es la maternidad. Los tres tienen muchos amigos en la red social y nadie sospecha nada. Ellos no se declaran culpables de nada porque no tienen necesidad. Ya tendrán oportunidad luego para ser sinceros entre ellos, cuando los instalen en la misma habitación cerrada y asfixiante del hotel que en realidad es el infierno. Mientras tanto, cada uno tiene que evitar que en los cerebros de los demás, de los otros, nazca la verdad de su existencia. Porque ésta es la regla primordial: antes que los demás siquiera piensen, hay que establecer lo que yo soy, lo que yo quiero que los otros sepan de mí, hay que consumar el madruguete inapelable. Porque, aunque nos neguemos, l'enfer, c'est les autres.

 

La frase es una de esas proposiciones que ha perdurado en el pensamiento occidental desde que la obra “A puerta cerrada” se estrenó en 1944. Y el infierno son los otros porque son los otros lo que nos hacen ser conscientes de nuestra propia existencia, miserable o dichosa. Y al parecer, mientras menos tangibles y cercanos sean a nosotros, su efecto es más fuerte. Como si de un fantasma no pudiéramos escondernos. Al conocer y dar identidad al otro, éste, en cierta medida, deja de serlo. Los políticos son todos unos puercos hasta que alguno de ellos nos beneficia de manera especial. Los indígenas son sabios y buenos y tienen derecho a todo lo que no tienen, hasta que uno de ellos se burla de nuestro mestizaje, de nuestra occidentalidad o de cualquier otra cosa que nosotros poseemos. El narco es un tumor maligno en el tejido social hasta que nuestro primo se estrena como tirador y nos vende algo a precio de risa. Esos otros nos hacen replantear nuestra propia existencia y sobre todo, nuestros secretos o vergüenzas, hasta que comparten esos secretos y esas vergüenzas. Entonces, el otro siempre es la masa. La personalización anula la otredad, o al menos, la matiza.

 

***

 

En 1975, Borges publicó un cuento llamado precisamente “El Otro”, donde el narrador, que se identifica como Borges, se encuentra con el mismo Borges, sólo que más joven, en un banco que existe en Cambridge y Ginebra, en 1969 y 1918, respectivamente. A la mitad de la narración, el Borges viejo, que es el que posee la palabra, indica que los dos se dan cuenta que no pueden ni podrán entenderse a pesar de ser el mismo. Entonces el otro, aunque sea uno mismo, pero en distintas condiciones espaciotemporales, seguirá siendo el otro. La única conclusión a la que llega el narrador es a que uno soñó al otro, pero como él es quien tiene la palabra, concede esa etiqueta al otro.

 

Lo terrible en el conocimiento del otro es lo que se necesita para que éste sea. Nuestra propia ineficacia en el intento de entender al ser que está presente en nuestros sentidos. La incomprensión entonces se convierte en la inexistencia del otro, o al menos, en una existencia amorfa, ambigua, desdibujada, indecisa, como el concepto de vida aplicable a los virus. Nunca nos entenderemos. Aunque se intente ¿Así que nadie es una isla en sí mismo? Hemingway se dejó embaucar por John Donne como un chiquillo. Hemingway y el otro. Si hubiese leído las palabras que Garcin exclama en “A puerta cerrada”, otro gallo hubiera cantado, pero para eso tendría que haber soñado con un Hemingway que ya hubiese leído la obra de Sartre. Aunque tal vez ni con eso.

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