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El mapa miente y es necesario que lo haga

Conocer la distancia entre lo gráfico y lo real nos permite sistematizar y comprender de una manera más adecuada los fenómenos que se representan en un mapa; la escala, los datos y el propósito sirven para reinventar la manera en que entendemos el territorio

Por EMELINA NAVA* /

Ilustración: INÉS DE ANTUÑANO

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La construcción de los procesos sociales en el territorio y su representación, implican la sistematización de datos geográficos orientados a la construcción de una estrategia de comunicación. Esta estrategia deberá contener elementos que obedecen a lineamientos expresados en normas de convención mediante mapas.

 

No obstante, más allá de las reglas y lineamientos que deberán cumplirse en la construcción y la elaboración de mapas, muchas veces nos preguntamos ¿Qué hacer con los datos? Esta pregunta ha tomado importancia en los últimos años, dado que en épocas anteriores no se contaba con la cantidad suficiente de información para construir una pregunta sobre el territorio, con una respuesta oportuna. Si bien en ocasiones invertíamos el mayor tiempo en buscar y corregir o incluso, generar la información geográfica, la multiplicación de  posibilidades sobre la utilización inmediata de la información le da entonces una mayor importancia a cuestiones sobre ¿Cómo construir la pregunta sobre el fenómeno o problema que quiero conocer?

 

La manera en que elaboramos preguntas sobre el territorio y la forma en que las respondemos, se van configurando en la medida en que delimitamos los problemas. En este sentido, los mapas contienen elementos que permiten su representación y sirven a su vez como marco  de referencia para analizar los fenómenos relacionados al espacio geográfico.

Escala

 

En principio, la escala constituye una determinante para pensar los problemas. Por ejemplo,  imaginemos una ciudad. En un asentamiento urbano los problemas relacionados a una escala local se definen a través del estudio de elementos como la calle, las viviendas y edificios, la lotificación del suelo urbano, los individuos, etc. A un nivel más agregado, podríamos pensar en los barrios y colonias que constituyen zonas delimitadas por elementos que forman barreras en el espacio, ya sea una gran vialidad, un puente, un barranco, un río, etc. Si continuamos con el proceso de agregación podríamos referirnos a unidades del territorio más extensas, como las ciudades. En un siguiente nivel, tendríamos a las metrópolis y enseguida a las metrópolis, megalópolis y regiones.

 

Si bien hay una producción prolífica en la literatura que se ha encargado de explicar la naturaleza de los conceptos a los que nos hemos referido, el planteamiento que hacemos toma sentido en la medida en que la producción de información relacionada a cada dato geográfico y su escala, nos permite o no construir un problema de la manera en que lo pensamos. Algo tan simple como la escala representa un reto que no es menor, cuando tratamos de resolver una pregunta sobre un problema específico.

Datos

 

La relación entre la información y el referente geográfico, constituye un proceso que forma parte de la base en la que se sustenta un elemento definido como la matriz de datos geográficos (Berry, 1964). Este arreglo traducido en filas y columnas, relaciona una serie de características asociadas a unidades espaciales, que pueden traducirse a partir de un área delimitada que cubre una superficie determinada y posee una escala. Es la definición de este arreglo de relaciones, la que constituye la base en la que se sustentan los Sistemas de Información Geográfica (SIG) y que son vistas a la luz de los tiempos contemporáneos como herramientas que permiten manejar grandes cantidades de información referidas a elementos que representan el espacio geográfico ya sea como puntos, líneas y polígonos (sistemas vectoriales) o celdas (sistemas ráster).

Propósito

 

Una vez que entendemos la utilidad de la escala y los datos referidos a los elementos geográficos, volvemos a hacernos  la pregunta sobre el problema que necesitamos representar en un mapa.  Si bien no es tarea sencilla, la construcción de los fenómenos en el territorio constituye en buena medida, el propósito fundamental de la elaboración de mapas y el alcance o no, de la correcta comunicación del fenómeno a quien lo consulta.

 

Dado que un mapa constituye un modelo a escala de la realidad, en cierto sentido los mapas se construyen a partir de una selección de características de la realidad, la cual siempre será incompleta en cierto sentido. Esta selección de datos será entonces, el producto de una interpretación de quien se encarga de elaborar el mapa. Si una interpretación puede ser particular y parcial en relación con el conjunto de datos que ofrece un mundo por cierto, complejo, es fácil preguntarnos si se puede mentir con mapas. La respuesta es que no solo se puede, sino que de alguna manera es esencial, dado que para darle sentido a la realidad en un pedazo de papel, es necesario distorsionarla  (Monmonier, 1991). Si bien de algún modo se miente con los mapas, esto no incluye la manipulación deliberada de los datos y su representación para comunicar hechos del territorio que no suceden. A pesar de la intención deliberada de destacar sólo ciertos elementos en el análisis que pretendemos comunicar utilizando un mapa, la ética deberá ser siempre una determinante en su elaboración.

 

Para el ojo experto, es relativamente fácil determinar los errores en la representación de la realidad en un mapa. Aunque más allá de su identificación, siempre será una constante en el análisis del territorio la búsqueda de patrones de comportamiento. Este propósito toma relevancia con frecuencia, cuando encontramos inconsistencias entre el tamaño de la unidad de análisis y el problema que se quiere analizar, en donde la construcción y representación del fenómeno mediante datos geográficos no  corresponden a una escala adecuada. La búsqueda de la unidad de análisis para la representación de un fenómeno, ha sido tema de interés frecuente en la geografía y en otros campos como la estadística, para la representación y análisis de problemas urbanos complejos, como la segregación urbana, la pobreza, los usos de suelo y la policentralidad urbana, entre otros.

 

Si bien el reto de analizar los fenómenos en el territorio constituye un proceso en evolución e innovación constante, es un hecho que la incursión de los SIG y las grandes cantidades de información disponible han supuesto un salto para el entendimiento de los problemas sociales y urbanos en la actualidad. Bajo este escenario no solo hablamos de complejidad, también se incorpora el dinamismo de la realidad con cambios y replanteamientos constantes en el tiempo. Si los SIG han representado la oportunidad para experimentar con los fenómenos sociales del territorio como se pudiera hacer en un laboratorio (De la Barra, 1989), también es un hecho que la mayor cantidad de información disponible supone un mayor nivel de sofisticación en la construcción de los problemas y la búsqueda de sus posibles soluciones. En este sentido, cabe entonces preguntarnos sobre los esfuerzos que tendremos que plantear para conseguir que un problema  y su representación en mapas, permita una comunicación adecuada de los fenómenos y su comprensión oportuna. Es entonces que el alcance de un resultado adecuado en la construcción de nuevas preguntas sobre el territorio, dependerá entonces de nuestra pericia e imaginación para innovar y sistematizar la información de manera efectiva.

BIBLIOGRAFÍA

Berry, B.J. (1964), Approaches to Regional Analysis: A Synthesis, Annals of the Association of American Geographers, Pp. 2-11.

 

De la Barra, Tomás (1989), Integrated Land Use and Transport Modelling, Decision Chains and Hierarquies, Cambridge Urban and Architectural Studies, Cambridge University Press, U.K.

 

Monmonier, Mark (1991), How to Lie with Maps, The University of Chicago Press, Chicago and London.

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