ENSAYO

El futuro está en el territorio

Y siempre lo supimos

 

Pensar en el futuro no es sólo pensar en tiempo, también en espacio; desde los llamados cotos hasta las tierras comunales que sobreviven al sistema, el futuro de las ciudades está en sus periferias

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El futuro de las ciudades parece estar en las periferias donde se ubican los desarrollos inmobiliarios llamados cotos, pero también algunas comunidades rurales donde el dominio de las tierras es colectivo y abierto. ¿Habrá alguna posibilidad de unir lo mejor de ambas apuestas?

 

ONU Hábitat estima que desde el 2008 la mitad de la población mundial radica en áreas urbanas. Porcentaje que se irá acrecentando hasta alcanzar el 75% de la población global para el 2050. Este tránsito generalizado de los espacios rurales a los urbanos, con la inminente construcción de nuevas ciudades, trae consigo otras formas de relación social,  incorporación laboral y producción cultural.

 

Sonia Vidal-Koppmann, quien ha investigado en Argentina los nuevos modelos de vivienda y lo que significan para el espacio público, ha nombrado a los cotos “barrios de autoexclusión”. Los habitantes de estos fraccionamientos, a diferencia de los que se asientan en las periferias de forma irregular, han decidido hacerlo y además pagar por ello como signo de exclusividad. No se trata sólo de nuevas formas de vivienda, también hay en ellos una reconfiguración de la dicotomía público-privado, porque justo dentro de esas islas urbanas se venden como elementos de plusvalía los espacios de recreación y consumo comunitarios: albercas, casas club, parques.

 

Este fenómeno de fragmentación lleva por lo menos tres décadas ocurriendo en Guadalajara aunque se apoya de conceptos derivados de principios del siglo XX como el de colonia, que prácticamente ha sustituido a la noción del barrio. La Colonia Chapalita es probablemente la más antigua de que se tenga noción con estas características. Si bien no es un fraccionamiento cerrado, nació y opera todavía con procesos autogestivos y regulatorios que en buena medida intentan demarcar una diferencia con el resto de la ciudad.

 

Es común que a pesar de vivir durante años en esta ciudad y transitar cerca de algunos de los fraccionamientos más exclusivos (como Bugambilias, El Palomar o Puerta de Hierro) sea imposible saber qué pasa dentro de ellos. Se han vuelto espacios autosuficientes. Algunos con todos los servicios básicos y lúdicos resueltos. Esa comodidad desincentiva muchas veces que quienes los habitan salgan con frecuencia o por gusto al resto de la ciudad, lo que deriva en islotes que acentúan las diferencias. La metáfora de una ciudad que divide a sus habitantes con muros se explica sola.

 

Es cierto también que dadas sus características se viven ahí dentro procesos autogestivos y de organización vecinal. Son bien conocidas las reuniones de condóminos que van adquiriendo cada vez mayor participación en la toma de decisiones de lo que ocurre ahí dentro. Ello podría, sin duda, tener también consecuencias positivas y representar un síntoma benigno de compromiso comunal. Pero hay evidencia de que la disposición para organizarse existe sólo frente a aquellos que comparten ciertas características comunes, sean económicas o geográficas, mientras se acentúa la diferencia con los que están afuera de la muralla, que ni siquiera pueden ingresar sin ser sometidos a escrutinios e interrogatorios por el guardia de seguridad.

Esa ruptura tiene también consecuencias con lo público. Los procesos de autogestión van dejando fuera al estado. Los condóminos se responsabilizan a tal grado de sus necesidades que es cómodo o útil para el gobierno que ellos resuelvan ciertos asuntos, que también deberían ser de su incumbencia.

 

Es decir, hay ciudadanos encerrados dentro de fraccionamientos de los cuales salen casi exclusivamente en sus autos, para ir y volver de las escuelas o trabajos nuevamente en sus automóviles. No quiere decir que eso no ocurre con quienes no viven en fraccionamientos, lo que se intenta argumentar es que precisamente este tipo de edificaciones dejan en claro, casi como última evidencia, que las nuevas aspiraciones de relación con lo público son primordialmente privadas.

 

Si bien este tipo de vivienda nació para el mercado de altos ingresos económicos, se ha ido popularizando entre los demás estratos sociales y hoy encontramos viviendas de interés social y de prácticamente cualquier precio con estas características.

 

No se trata ya de una idea de aspiración social, se trata también de la seguridad y la diversión como mercancías a la venta. Las principales estrategias de los desarrolladores inmobiliarios que comercializan este tipo de viviendas están situadas en estos términos. Lo que se ofrece como valor y que se encuentra “ahí dentro” de los cotos es la seguridad. Los vigilantes de la entrada, las cámaras y la garantía de que no entrará nadie que no esté plenamente identificado o sea vecino.

 

Ese sentido de desconfianza es lo que está en juego y, junto con él, la forma en que nos relacionamos y entendemos lo público y a la ciudad. Desde el aislamiento se ceden, finalmente, los derechos sobre el espacio público. Porque mientras se vive en un lugar aparte, hecho exclusivamente para eso, qué más da lo que se decida u ocurra afuera. La autoafirmación personal se convierte en paredes, rejas y puertas.

 

Si la forma en que se van determinando los espacios habla de las autoafirmaciones frente a los otros y a la ciudad, entonces se puede decir que el espacio urbano se conforma a partir de las relaciones que quienes lo habitan establecen entre sí, y de la forma en que se vinculan también con lo material.

 

En este punto resalta la diferencia entre la propuesta urbana y la de los pueblos indígenas respecto de la relación con el territorio y, por ende, con el futuro. En la tenencia y relación con la tierra radica uno de los elementos más dispares. La doctora Patricia Ortega, miembro de la Brigada Doctor Ignacio Martín Baró desde su conformación en 1994, y en apoyo al levantamiento zapatista en Chiapas, ofrece una imagen que sirve para ejemplificar el punto: “Nuestra noción de libertad es un águila volando; nuestra máxima aspiración, estar solos, poder hacer lo que queramos al menos un momento y sin que nadie nos estorbe”, pero para quienes viven en comunidad, la libertad está directamente ligada a la tierra. Libertad es tener un territorio para vivir, del cual comer y donde ser enterrado cuando llegue la muerte. Es decir, transitar todo el ciclo de vida en un mismo espacio y conviviendo por generaciones con las mismas personas.

 

Más aún, la libertad [ y junto con ella el futuro] se observa como proyecto colectivo y no individual. No se trata de que alguien haga lo que le venga en gana, sino de que todos hagan y se orienten hacia una misma noción de libertad. Para ello es indispensable la permanencia. Estar en un mismo  lugar, convivir con los otros miembros del grupo y decidir en colectivo.

Tal es el caso de Mezcala, Jalisco. Una localidad que forma parte del municipio de Poncitlán y que se ubica a escasos minutos de Chapala. En Mezcala habita la comunidad indígena Coca que, a pesar de ser tan cercana a los turísticos municipios de Ajijic y Chapala, tiene muy claro que su proyecto de futuro consiste en resistir a la inversión y mantener la tenencia comunal de la tierra.

 

Para ellos la historia de la resistencia es muy significativa: “Fíjese, todavía somos morenitos”, dice uno de los lugareños, con el orgullo de sentir que el mestizaje no ha horadado sus identidades básicas. Horas antes un comunero había declarado: “Mezcala es y seguirá siendo un pueblo originario; no está opuesto al desarrollo pero sí convencido de defender su identidad.”

 

Mientras que para los pueblos originarios tal pareciera que el futuro es la permanencia, la resistencia, seguir diciendo no a cada tentativa de compra de sus tierras a pesar de saber que por ello perderán algunos derechos sobre apoyos gubernamentales para el campo; las ciudades se movilizan en aparente esquizofrenia.

 

La preocupación por el medio ambiente, el nuevo mercado que empieza a consolidarse en torno a los llamados “productos orgánicos” y hasta los grupos culturales que movilizan conceptos como la horizontalidad, la inclusión y el respeto por los animales, no hacen sino reivindicar algo que las comunidades indígenas han practicado milenariamente.

 

“¿Ecología?, aquí no existen esos términos, solamente la defensa del territorio, y eso quiere decir también lo que hay en el subsuelo, en las aguas, en la tierra”, cuenta Rocío, quien dirige el Paraje Insurgente, un comedor comunitario y lugar de encuentro para los habitantes de Mezcala.

Este aparente retorno que nos ha llevado a hablar de consumo local, de comercio justo, de reivindicar “lo verde” y hasta de búsqueda espiritual tiene, según la doctora Patricia, algo de zapatismo. Prácticamente todos los movimientos sociales en el mundo después de 1994 tienen algo de zapatismo: el planteamiento de la posibilidad. La utopía de que existen opciones distintas a la apuesta generalizada del capitalismo.

 

No se trata de contar una historia en términos de malos y buenos. Uno de los propósitos del levantamiento zapatista no era que todos se levantaran en armas, como tampoco es que optaran por mudarse a una comunidad indígena. Nada más absurdo. Ellos son conscientes de la imposibilidad de permanecer incólumes a los cambios que los cercan y han sido grandes usuarios de las tecnologías para difundir sus mensajes.

 

Pero volvamos a la tierra. Si el proyecto zapatista e indígena está fincado en la posesión de la tierra, no como bien personal sino como comunitario, y además en el reforzamiento de una identidad histórica que les permite afianzarse en el ahora para proyectar un después ¿cómo llevamos ese planteamiento a las ciudades?

El futuro definitivamente está en el territorio. La forma en que las personas se relacionan con sus espacios es determinante en la configuración de éstos y refleja también la disposición para convivir y confiar en otros. Al encontrarse y compartir (o no) los espacios, queda evidencia de quiénes somos y, a través de ello, de quiénes queremos ser. Las dinámicas actuales de vida, la gran migración de lo rural a lo urbano, que todavía no acaba, y la brecha de la desigualdad cada vez más amplia, han generado nuevas formas de vivienda que atentan contra lo colectivo; separan, segregan y lanzan mensajes indirectos de la supremacía de lo privado frente a lo público, y de la necesidad de acceder a lo que ahora entendemos como beneficios de lo privado -seguridad, confort, bienestar- como un bien de consumo.

 

Hay que pagar por habitar un espacio deseable, porque la ciudad no parece estar planeada para ofrecer esa posibilidad a todos. El bienestar pasa de ser un asunto colectivo de implicaciones políticas, a ser un asunto de interés privado que hay que resolver meritoriamente. Hay que pagar por ello y quienes no pueden o siguen resistiendo al sistema, se entienden como extraños, aún si comparten con nosotros la ciudad que habitamos.

La posibilidad, entonces,  de unir ambas visiones tendría que ver con darnos cuenta que la autogestión de nuestros espacios, sean rurales o urbanos, es el vínculo ineludible con el futuro. A pesar de parecer extrema la comparación, resulta que los habitantes de tierras comunitarias y los de los más herméticos fraccionamientos cerrados están afirmando su pertenencia a un territorio.

 

Eso sí, unos con muros y otros sin ellos. Ahí el detalle que habría que estudiar. Mientras las comunidades indígenas deben resistir frente al sistema que intenta incorporarlos a la lógica del consumo; las viviendas urbanas cerradas utilizan el consumo para habitar un espacio en el que se hace posible la regresión a imágenes de niños jugando por la tarde en las banquetas o reuniones con los vecinos para ejercitar la deliberación.

 

No es extraño entonces pensar que el interés por habitar un espacio seguro y cómodo en el que el encuentro de unos con otros sea posible, dibuja una posibilidad de comparación, un punto de encuentro, una búsqueda común.

 

El reto, si se concede tal afirmación, está en desbordar esa posibilidad y permitir que permee a toda la ciudad. Que no haga falta ser comunero de una población indígena ni vivir en un fraccionamiento cerrado para tener derecho de habitar un espacio que haga confiar en otros y sea el molde en el que quepan tantas ideas de futuro como personas.

 

En buena medida, ya que el futuro es la idea de la que se desprenden algunas de nuestras acciones o decisiones en la vida, hacer consciencia de él implica también fotografiar nuestra cosmovisión. Lo que entendemos del mundo, el lugar en el que nos situamos para enunciarlo y nuestras aspiraciones, individuales o colectivas, quedan evidenciadas en el imaginario del futuro.

 

¿Qué lugar tiene en nuestro imaginario del futuro la relación con nuestros espacios? Desde ahí partirá -porque ha partido- la posibilidad o el caos. En la disposición para entender que el territorio que habitamos nos trasciende y es también de otros, que nuestras aspiraciones más íntimas están vinculadas a un espacio y a la interacción con formas de entender el mundo distintas.

 

Para desandar la idea de que somos totalmente distintos, porque ya no es suficiente pensarnos en términos de blanco o negro, rural y urbano, público y privado, centro y periferia, ellos y los otros, etc.,  bien sería habitar en colectivo: encontrarnos de nuevo.

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