REFLEJOS

El eco de las montañas

Un país que se siente como si nunca terminara de hacerse, y una situación geográfica que transmite la sensación de que no hay salida, acaba por reflejarse en las caras de los que proliferan por sus calles.

Por RAFAEL GUMUCIO /

Fotografía: SEBASTIÁN UTRERAS

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No hay silencio en Chile, piensa Patricia. Mira las montañas todo blanco, mira la cadena de volcanes más violentos siempre a punto de irrumpir. Cuando todo parece callado, cuando solo los pájaros saltan de rama en rama, el eco de las montañas. Todo rebota en Chile. Todas las voces, todos los gritos, todo lo que alguna vez se dijo, todos los susurros inconclusos chocan en Chile contra las montañas y vuelve deformado como si se tratara de una sinfonía de madre llamando a sus hijos a tomar té, de mujeres apagando cigarrillos apagados, de niños “bautizando” a pisotones tus zapatos nuevos en el patio del colegio.

 

Cuando no decimos nada el eco habla por nosotros obligándonos a decir cosas que no pensamos. Eso explica quizás por qué a los chilenos no nos gusta pensar en voz alta. Eso explica por qué apenas usamos palabras, por qué nos limitamos entre nosotros a agachar o levantar la cabeza, subir las cejas, esconder la cara, sonreír a escondidas y el resto del tiempo colgar de los microbuses del metro para mirar con una mezcla de placer e indiferencia los infinitos socavones con que la ciudad de Santiago —o Talca u Antofagasta o Temuco— no termina nunca de construirse (o destruirse piensan otros), en que finge sin aviones ni guerra, un perfecto bombardeo perpetuo.

 

Tenemos más ruinas que Roma y más proyectos que Nueva York. Joaquín Edwards Bello, el mejor de los cronistas chilenos, muchas veces habló del placer con que los chilenos solemos contemplar los incendios y las demoliciones. Nos hemos pasado en eso, terremotos, maremotos, inundaciones, liquidaciones y ventas al por mayor que termina con todo lo que se supone es seguro. Nuestra historia es una serie de comienzos sin fin: Chile es un país siempre por hacer y es por eso siempre una permanente decepción. Cualquier chileno de más de cincuenta años vivió en el primer país que llegó al socialismo por elección popular, creció en dictadura gris y se hizo adulto en el experimento neoliberal más extremo del mundo occidental. Cualquier chileno de más cincuenta años sabe que ha vivido para ser un ejemplo para el mundo, pero sabe también que ha vivido detrás del mundo, escondido en esa cordillera donde ninguna frase dicha o callada se pierde del todo, donde todo rebota y vuelve sobre nosotros. Cualquier chileno de más de cuarenta años, y muchos que tienen menos, saben de esa condición de perpetuo tubo de ensayo. Pero lo soporta al precio de una castración química. La perpetua incertidumbre la soledad de un país en que todos compiten por todo pero que sabe que todas las carreras están previamente arregladas.

 

La ciudad cubierta por el smog en invierno, es invisible para los que la habitan. Ahí caminamos apurados porque tener mucho tiempo es mal visto. Los que te atienden en las multitiendas donde debes muchas cuotas (el 70 por ciento de los chilenos gastan cada mes el doble de lo que ganan) te responden apurados, porque es mal visto atender demasiado bien a los clientes. Todo el tiempo el jefe que vigila. Un jefe que es vigilado por otro jefe. Todo el mundo se comporta como en las series y películas gringas, pero los jueves o los viernes se emborrachan como lo hacían sus padres y sus abuelos, hasta perder la conciencia pero nunca el pudor, golpeando en el camino al que se le ponga en el camino, dejando por mientras hijos sin padres y padres que se quejan que la bruja no lo deja ver al “guatón”, y sala de espera en consultorios, y manos que tiemblan, y el aire que falta en los pulmones que sólo se sana con una o dos pastillas de ravotril.

 

Sobre todo y todos flota la sensación apremiante de que no hay salida. Las montañas, el desierto, los glaciares, el océano impiden cualquier escape que no sea total y sin vuelta. Nadie se le ocurre que las películas o los libros o la pintura pueden ser un escape. Este país fue hasta hace poco un cuartel militar. La gente que pierde tiempo en el arte resulta simplemente ridícula. En Chile es mal visto interesarse mucho por la gente que no sea tu primo, tu vecino, o tu hermanastro. Tenemos la sensación de que todo eso somos: hijos de mismo padre que no nos dejó suficiente comida. El tiempo que no nos sobra lo dedicamos en reuniones y comité. Los chilenos, que odiamos el barroco, hemos conseguido refinar hasta los imposible el arte de inventar organigrama, gerencias, subgerencias, comisiones, donde se habla sin parar de “como se deben hacer las cosas”, para evitarse el disgusto de hacerlas.

 

Chile, al extremo de todo, perseguido por los desastres naturales o no, funciona porque todo se vigilan, porque todos se conocen, se odian cuando todo va bien y se quieren cuando todo va mal. Como dice un tango argentino los chilenos “adivinamos el parpadeo”. El éxito de la poesía chilena se basa justamente en el salto que dan los poetas del pudor sin nombre con que solemos vivir aquí, al oceano de las palabras que nos parecen a todos un objeto suntuario, el tesoro escaso que una tía abuela guarda bajo siete llaves al fondo del armario. Neruda sin embargo sigue prefiriendo su amada calle porque así esta como ausente. Debe ser este el único país donde estar “como ausente”, puede ser sexy. Eso amamos en las mujeres, su ausencia callada. Las mujeres prefieren nuestra ausencia física y hasta nuestro libertador, Bernardo O´Higgins, era lo que llamamos “huacho”, hijo sin padre.

 

Los chilenos en el fondo de los cafés que tomamos parados, y los almuerzos en tuppeware que comemos en bancas de paseo peatonales, jugamos para contredecir a Neruda a estar “como presente”. Pero no lo estamos nunca del todo. Escapamos entre los cuerpos, nos quedamos 12 horas al día en la oficina sin trabajar del todo, dormimos en el transporte público para quedarnos despiertos mirando el televisor o el computador. Soñamos con la idea de que nada importante puede pasar aquí. De repente una revolución, un golpe de estado, un premio nobel, una marcha multitudinaria ocurre. Bajamos la cabeza juntos y aislados hasta que los acontecimientos se esfumen y volvemos en silencio a escuchar lo que nos dice el eco de las montañas.

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