MANIFIESTO

El dilema de los comunes

Las razones y las consecuencias que nos llevan a comer definen en muchos sentidos nuestra cultura, nuestros miedos, nuestras carencias, y nuestras aspiraciones. ¿A quién le pertenece el hambre?

Ilustración: INÉS DE ANTUÑANO

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El mundo se mueve por bailes indecentes y carcajadas. Decía Octavio Paz que antes de los dioses fue la risa: ¿qué baile no comienza con un festín para saciar el hambre?

 

El hambre llena el cuerpo y el alma de energía vital para después reír a carcajadas, bailar y terminar asumiendo la decencia o indecencia, según las preferencias de cada quien.

 

El hambre también nos ha llevado muy lejos: hemos matado, migrado; nos hemos establecido, hemos creado vínculos, relaciones, oficios que la alimentan. Se han decidido establecer ciudades sencillamente por la cercanía del alimento. Con la agricultura y las herramientas nos dimos abasto y rienda suelta para sobrellevar la escasez y permitirnos explorar en la abundancia; el placer de cocinar y comer, dejamos el instinto y perfeccionamos el gusto, creamos sabores y los ritos en torno a su preparación. Pues fue gracias a los ciclos naturales de escasez y abundancia de la tierra que dimos valor al alimento, y lo que valía no tener hambre tuvo a la larga un precio, y padecer hambre adquirió muchos significados.

 

En esta edición de territorio revisaremos el hambre desde todos sus lentes, o al menos de los que pudimos encontrar. La entendemos desde esa necesidad primaria y desde el modo en que ella nos permite desenvolvernos en nuestra sociedad (el hambre como aspiración), a la creación de oficios (la necesidad de un trabajo que dé para comer), a la perfección de técnicas para obtener alimentos (el valor económico del hambre) y a la tradición de cocinarlos  (su valor cultural y simbólico).

 

Cada aspecto motivado por el hambre le ha dado forma a nuestra cultura. Y a pesar de todo el camino andado a lo largo de los siglos en nuestro afán por saciarnos, hemos llegado a un punto en donde el problema no solo está en la escasez (lucha contra el hambre, desigualdad, desnutrición) sino también en la abundancia (cáncer, trastornos alimenticios, ansia de poder). En ese sentido, los comunes somos todos.

 

Los contenidos del número siete de territorio vienen gordos y no sólo porque hablamos de comer. El hambre aparece como núcleo de todos los significados que puede abarcar en distintos ámbitos de la vida. El artículo de Fondo es un ejemplo de ello: un texto que propone pensar en las posibilidades de todo aquello que la cocina toca: la educación, la identidad local, la promoción de la ciudad por el mundo, el medio ambiente y la economía. Esa homogeneidad con que se pretende definir regiones enteras a través de su gastronomía, fue lo que nos movió a visitar cuatro hogares del Área Metropolitana de Guadalajara para ver si en realidad las personas acostumbran preparar lo típico a la hora de comer. También recorrimos un par de colonias y nos adentramos en esos centros que mantienen su vigencia tal vez más por el arraigo emocional que por su viabilidad económica en el auge de las tiendas de conveniencia: la tiendita de abarrotes.

 

Tener hambre es la primera cosa que se aprende, dice el artículo de este mes en la sección Astrolabio, un recuento de cómo el instinto más básico del ser humano ha sido motivo de expresión en diferentes obras que van desde la Biblia, la literatura y el arte, hasta una canción de Los Tres y una película de Tin Tan. Y es que el hambre del alma no es poca cosa: la voracidad también puede provocar un despertar espiritual y para ello bastan doce pasos, como relata el texto sobre Tragones Anónimos en la sección de Habitantes. Sin embargo, el hambre en la ciudad no sólo se traduce en fondas y restaurantes. La fotogalería de Reflejos muestra la manera en que la necesidad de comer transforma el aspecto visual del territorio, más allá de lo que tiene que ver con el alimento.

 

Se llega a hablar del hambre no como un problema de producción sino de distribución. A veces parece tan evidente el desbalance, que nos preguntamos qué es lo que ocurre para que haya tanta obesidad y tanta desnutrición en un solo país. En una entrevista con el doctor Antonio López Espinoza y con Malika Dreyfuss, vemos dos maneras de atacar la crisis alimentaria desde políticas públicas y desde acciones de la sociedad civil, para entender la paradoja de un problema generado por las mismas empresas que intentan solucionarlo. A nivel global se dice que 842 millones de personas en el mundo sufren hambre. En el artículo de Proximidad, se habla de las coincidencias entre el discurso que plantea producir más comida para todos y los intereses del sector agroindustrial en este caso. La situación del hambre pesa en el mundo y pesa en las sociedades que instauran una moral basada en qué tanto se supone que deben pesar los cuerpos. La gordura se vuelve un tema político cuando toda una comunidad se opone a que exista sólo una manera de precisar lo que es un cuerpo saludable, y de ello podemos leer en esa sección que tuvo a bien llamarse Contrapesos.

 

Esta es la edición de territorio sobre el hambre, una que fue realizada durante las horas que no utilizamos para comer, como casi todo en la vida. Buen provecho.

 

 

 

 

 

 

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