PROXIMIDAD

El descentramiento de lo político

Por J. IGOR I. GONZÁLEZ A.  / Fotografía: MARCELA GÁMEZ FERNÁNDEZ

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¿Cuándo comprendí que era necesario reconfigurar teórica y prácticamente el campo político? Aún cuando la idea me había acosado desde varios años atrás, le puedo poner una fecha específica a esta especie de epifanía laica: el 19 de marzo de 2005, mientras hacía fila para inscribirme en uno de los talleres que se impartían en la Escuela de Música de la Universidad de Guadalajara. En ese entonces estaba en plena redacción de la tesis doctoral, y andaba en busca de ideas que me permitieran sostener que era preciso resemantizar el instrumental analítico con el que nos acercamos al estudio de la cultura política; sobre todo en términos de la relación que sostienen amplios sectores de la juventud con la esfera pública. Desde casi tres lustros me he dedicado a lo anterior porque nunca me han convencido las aseveraciones que afirman que los jóvenes son apáticos por naturaleza. Pero, ¿qué (me) ocurrió aquél día de marzo que se erigió como pieza clave para este rompecabezas que desde entonces constituye mi proyecto investigativo? Cerca de las nueve de la mañana, antes de que abrieran las ventanillas en donde se expedirían las fichas de inscripción a los talleres, la situación transcurría de manera normal. La fila era larga, compuesta por entre doscientas o trescientas personas, jóvenes en su mayoría. Según algunas conversaciones que entablé con mis compañeros de fila, había gente formada desde antes de las seis de la madrugada. De modo que con el objeto de identificarse, muchos decidieron dibujarse un número en alguna parte visible del cuerpo. «Por si se empiezan a querer meter en la fila», señaló divertido un joven ante mi interrogación al respecto. «Así vamos a saber quién llegó temprano» —puntualizó—. Llevaba escrito, con tinta azul, el número seis en la mejilla derecha. Una mirada más atenta me hizo darme cuenta que otros portaban sus respectivos números en el brazo o en la palma de la mano. Casi de inmediato caí en la cuenta de que eso era lo político emergiendo en el plano de la vida cotidiana; y yo era testigo de primera fila (literalmente). Tomé la libreta de campo que siempre llevo a la mano y comencé a esbozar algunos apuntes. Garabateé lo siguiente: “(des)apegos apasionados y procesos organizativos en el plano más local posible. Ésa es la clave”. Luego escribí: “la delimitación de un ellos con respecto de un nosotros mediante la ostentación de una marca en el cuerpo constituye uno de los componentes fundamentales de una concepción abierta del campo político” (por la que apuesto desde entonces). La práctica de hacer visible esta identificación representa la elección de una postura y un posicionamiento con respecto a una situación concreta. A la vez, remite a un saber al que los actores acuden en contextos similares. Así, el «Por si se empiezan a querer meter en la fila» me indicaba cuando menos dos aspectos cruciales de lo que acontecía en aquel momento, y que no era sino una relación entre el sujeto y la esfera pública: 1. Un conocimiento profundo de las reglas y las prácticas que realizan ciertos actores en el campo [político] de la vida cotidiana; y 2. Tanto la legitimación de un orden (i. e. llegar temprano; hacer fila; esperar el turno) como su posible ruptura («por si se empiezan a querer meter»). Anoté algo más en mi cuaderno: “recuperar este tipo de experiencias nos revela tanto la emergencia de una política descentrada como el perfil de una cultura política que se escapa por completo a las visiones ortodoxas (anglosajonas) de las que han abrevado tantas y tantas investigaciones en nuestro país”. Luego pasó algo que reforzó lo que había reflexionado hasta entonces: la ruptura del orden se cumplió. Quince minutos después de que comenzó la venta de las fichas de inscripción, a eso de las 9:50, la capacidad de quienes las expendían quedó rebasada por la demanda. Adquirir una ficha se tornó un proceso lento y pesado (la burocracia en su máxima expresión). Pronto fue evidente la necesidad de que desde la Institución se tomara alguna medida. Alguien —no se supo bien quién— soltó el rumor de que se abriría una ventanilla adicional para agilizar el trámite. Ante ello, la fila que hasta entonces había guardado orden se desarticuló por completo. Hubo quienes incluso corrieron para alcanzar un lugar cerca de la nueva ventanilla. Esto provocó que en el área donde se expendían las fichas se formara una aglomeración caótica. Como resultado de este rompimiento quedaron dos filas de extensión considerable. A ello se sumaba un creciente amontonamiento de personas en el centro de ambas filas. Esta situación fue aprovechada por algunos para hacerse de una ficha sin necesidad de formarse. El joven que traía el número seis dibujado en la mejilla, con el que había conversado antes, fue uno de los primeros en recurrir a esta práctica. Anoté algo más en mi cuaderno de campo: “una perspectiva descentrada de lo político nos permite reconocer que entre algunos jóvenes y el orden formalmente instituido se establece una relación ambigua y pragmática. El contexto influye de manera fundamental en la sanción [positiva o negativa] de una determinada práctica por parte de un mismo sujeto”. Si colocarse un número en el rostro implicaba una aceptación del acuerdo establecido, y la legitimación de un orden; la ruptura de éste representaba un momento de indecibilidad en el que el mencionado joven recurrió a su saber práctico para renegociar su postura frente a la situación”. El contexto había cambiado en un instante y fue necesario ajustarse a las nuevas circunstancias. Pura cultura política en acto y ningún proceso electoral a la vista. Las fronteras de lo político son evanescentes. Desde luego, aquel día ocurrieron muchas más cosas, que no puedo contar por las limitaciones de espacio (pero que he puesto por escrito en varios lugares). El caso es que al regresar a los libros pude constatar que, frente a lo observado aquél día, la perspectiva ortodoxa de lo político daba terriblemente de sí; era, por decir lo menos, insuficiente. Esto abría un desafío fundamental y una veta de análisis que desde entonces he explorado tanto en mi labor docente como en mi trabajo de investigación: reconocer que lo que aparentemente ocurre en los márgenes de lo político resulta un elemento central para comprender, por ejemplo, cómo se ha configurado un régimen político como el nuestro.  Y que descentrar la política es, también, un acto político en sí mismo.

 

*J. Igor I. González A. (@jiigonzaleza) es profesor investigador en el Departamento de Estudios sobre Movimientos Sociales de la Universidad de Guadalajara.

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