CONTRAPESOS

El cine (es) político

Alrededor del cine hay dispositivos de control que regulan los discursos
que se transmiten, pero también hay personas capaces de cuestionar
e interpelar el vínculo entre política y cine

Por ADRIÁN CARRERA AHUMADA* /

Ilustración: INÉS DE ANTUÑANO

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Como un hacha que parte en dos tu cabeza. Hay películas que son así; que tocan las fibras más profundas y sensibles: ideas, creencias, explicaciones del mundo. Otras provocan una lágrima, un bostezo, una carcajada o todas las anteriores. Ya se ha dicho antes: el cine es lo que pasa en el espectador cuando éste se pone en relación con la película1. Sin embargo, para que esto suceda hace falta que se dé el encuentro. En cierta forma, el cine es también los procesos implicados para que un filme nazca y llegue a su público; una industria. Las películas tienen vida fuera del par de horas que suelen durar: se comentan, se representan, se parodian, se critican y algunas incluso forman parte de la memoria histórica. El cine de una sociedad es registro de las inquietudes creativas y comerciales de distintos grupos. Podríamos hablar del cine no como un proceso acabado, sino como uno abierto que muta a la par de su contexto.

 

Habría que visibilizar la ineludible dimensión política del cine, misma que atraviesa lo económico, lo discursivo y lo cultural, todos estrechamente ligados2. En la medida en que asumamos al cine como una experiencia estética pero también política, enriqueceremos su lectura.

 

Es válido recurrir al cine como distracción y pensarlo como entretenimiento. Pero más interesante sería no perder de vista las implicaciones que esto tiene y cuestionarse por qué se ha propiciado esta visión tan reducida del hermoso y complejo fenómeno que el cine puede llegar a ser. Esta forma de entenderlo es sumamente redituable. Las cintas más vistas se caracterizan por tener tramas simples que no requieren un mayor esfuerzo para su lectura y que facilitan al espectador evadirse de aquello que lo incomoda. Los éxitos de taquilla son caramelos mentales.

 

Mientras más se quiera prescindir de la dimensión política del cine, hacerlo aséptico e inofensivo, más de manifiesto queda la misma. Una oferta cinematográfica dominada por cintas fabulezcas, con humor simplón y que naturalizan desigualdades, caricaturizan disidencias e invisibilizan diferencias, nos tendrá más cerca de escenarios como los planteados en las distopías de Huxley y Orwell. Los discursos enunciados desde el cine contribuyen a reafirmar o cuestionar la validez del estado de las cosas: ¿quiénes producen películas?, ¿quiénes las distribuyen?, ¿qué cine están generando y (pro)moviendo?, ¿por qué lo hacen?

 

Estas interrogantes han surgido incluso al interior del clúster audiovisual más importante del mundo. El fenómeno #OscarSoWhite se dio desde el interior de Hollywood y denunció el hecho de que ni una sola persona de raza negra estuvo nominada en la octogésimo octava edición del Premio Óscar. Esto evidenció la discriminación racial que históricamente ha estado patente en la industria cinematográfica. La polémica desatada —con unos argumentos más afortunados que otros— sirvió para visibilizar esta problemática, pero también para evidenciar las posturas y el grado de autocrítica presente, o no, en personalidades del medio.

 

En México también hubo un pequeño escándalo ocasionado por los administradores de la Cineteca Nacional, el principal centro de exhibición cinematográfica no comercial del país que es financiado con presupuesto público. Es importante recordar que la exhibición en México está dominada por dos cadenas: Cinépolis —la cuarta más grande del mundo3— y Cinemex. En 2014, los ingresos en salas de cine comercial fueron de 11 mil 237 millones de pesos4. Las películas de autor, que usualmente no tienen cabida en las salas comerciales, encuentran su lugar en las cinetecas y sitios alternativos de exhibición. Sin embargo, en enero los directivos de la Cineteca Nacional decidieron cancelar el estreno del filme Lucifer argumentando que el público no está listo para filmes como ese. Las reacciones no se hicieron esperar y tanto el director del la cinta, Gus Van den Berghe, como miembros de la comunidad cinéfila protestaron por esta medida. Tan solo un día después del escándalo el director de la Cineteca, Alejandro Pelayo, cambió de parecer. Habló en radio para tratar de calmar las aguas y anunció que el foro que dirige programaría no sólo Lucifer sino la trilogía completa a la cual pertenece dicho filme5.

 

Estos dos casos son atisbos de que alrededor del cine hay dispositivos de control que regulan los discursos que se transmiten, pero también de que hay personas capaces de cuestionar e interpelar: expresión de vínculo entre política y cine. El caso de Lucifer fue claro ejemplo del público ejerciendo su agencia y exigiendo a una instancia pública que no le minimice. Estas chispas políticas son importantes en un medio tan influyente y concentrado como el cinematográfico.

 

Las diez películas más vistas en México durante el 2014 provienen de Estados Unidos y fueron producidas por algunas de las grandes compañías de Hollywood, conocidas como majors6. ¿Cuántas películas no hollywoodenses ve un mexicano al año? Es difícil saberlo dado que se han diversificado las formas de consumir cine (plataformas de video bajo demanda, salas de cine, piratería, sitios alternativos de exhibición, descargas), pero es muy probable que sea una porción mínima de su consumo. Unos cuantos dominan el discurso a nivel internacional.

 

Esta hegemonía conlleva un poder por el que surgió interés desde los inicios del cine. A finales del siglo XIX e inicios del XX el entonces presidente de México, Porfirio Díaz, utilizó el invento de los hermanos Lumière con fines propagandísticos. Como bien señala Rebeca Ferreiro: «en México el cine nació político7». Este uso del cine no ha menguado, pero sí adquirió sofisticación. Afortunadamente los avances tecnológicos abrieron la posibilidad de que personas fuera de la élite accedieran al poder de decir a través de la imagen en movimiento. Una de las muchas promesas que la popularización de Internet trajo consigo fue la de democratizar la industria audiovisual, sin embargo, más allá del obvio obstáculo que representa la brecha digital, circunstancias de concentración de recursos (tecnológicos, humanos, cognitivos) debilitan la posibilidad de que esto suceda. A pesar de lo anterior, existen esfuerzos plausibles por diversificar no solo los discursos sino las formas de hacer cine.

 

Ejemplo de ello es la propuesta de Docu Perú, que produce documentales participativos en los que más que ser un autor, el documentalista detona un proceso y lo acompaña: las personas filmadas no son solo personajes del documental, sino que el documental se hace en conjunto con ellos. José Balado es el responsable de este proyecto, que suele colocar sus productos para que sean vistos libremente en internet. Otro ejemplo es el Campamento Audiovisual Itinerante (CAI), que busca no solo compartir conocimiento mediante talleres vinculados a la cinematografía, sino generar una dinámica convivencial en la que el cine sea el eje en torno al cual personas de diversas edades, provenientes de distintas disciplinas y contextos, estén juntas y aprendan unas de otras. También está la corriente de la pospornografía, que cuestiona, desde el feminismo, al canon y las formas tradicionales de hacer porno. Son tres de muchos esfuerzos que en cierta medida retan a los dispositivos de control que favorecen el status quo.

 

Se le suele llamar cine político a ciertas narraciones que promueven un posicionamiento político en particular o abordan en su discurso temas relacionados con el poder (los polémicos filmes de Michael Moore, las sátiras de Luis Estrada, los documentales del Canal Seis de Julio), pero es en la postura individual frente al Cine, donde reside lo más político. Si hay películas que son como un hacha, esto es dinamita pura.

*Adrián Carrera Ahumada estudió la licenciatura en Comunicación Pública en la Universidad de Guadalajara. Fue cofundador y coordinador de la sección de periodismo de la revista Alofonía. Es redactor y reportero en Proyecto Diez.

REFERENCIAS

1

En este punto parafraseo a Javier Raya que en su texto Instrucciones para ver películas con gente dice: «el cine (la magia, la poesía) es lo que pasa en mí cuando me pongo en relación con la película (obra)».

2

Para pensar las múltiples dimensiones del cine como industria cultural es útil revisar el trabajo de Enrique Sánchez Ruiz. Parte del mismo puede consultarse aquí.

6

El estudio Hollywood y su hegemonía planetaria. Una aproximación histórico estructural es uno de los muchos que han documentado y analizado este fenómeno.

7

El cine como propaganda, en La Gaceta de la Universidad de Guadalajara.

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