Edgardo Rodríguez Juliá en su casa de Aguas Buenas.

FACTOR

Edgardo Rodríguez Juliá:
el cronista y su isla

Hay textos literarios que se convierten en resumen de una época y en puerta de entrada a un país y a una cultura; es el caso de El entierro de Cortijo, del puertorriqueño Edgardo Rodríguez Juliá, sobre los funerales del percusionista Rafael Cortijo

Por GERARDO LAMMERS /

Fotografía: GERARDO LAMMERS

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Desconocido para muchos lectores en México y en América Latina, quizá por vivir en una isla, la de Puerto Rico, Edgardo Rodríguez Juliá (Aguas Buenas, 1946) es un vital y extraordinario cronista y un experimentado nadador.

 

En un país que tiene entre sus fiestas más populares “El día nacional de la salsa”, Rodríguez Juliá escribió El entierro de Cortijo (1983), la crónica sobre los multitudinarios funerales del percusionista negro Rafael Cortijo, músico de bomba salsa y plena (en cuya discografía figura, entre muchos otros álbumes, Quítate de la vía, Perico, de 1961), a los que asiste, además del pueblo boricua —que acude a darle la despedida a su ídolo— la pléyade de estrellas que le sobrevive (entre ellos Ismael Rivera y Cheo Feliciano). Conforme van transcurriendo las páginas, la crónica se revela como un mural de la cultura boricua y una reflexión sobre la identidad, que hace difícil no asociarlo al cuadro más célebre de la pintura puertorriqueña, El velorio, y a su autor, el impresionista Francisco Oller. “Y es que la muerte de un músico”, escribe Rodríguez Juliá, “ese silencio perfecto, resulta dos veces más aterradora. La vida como sonido queda burlada del modo más ejemplar”.

 

Rodríguez Juliá es un tipo alto y ancho de espaldas. Presume de haber cruzado a nado la bahía de Guánica, el lugar por donde llegaron las tropas yanquis el 25 de julio de 1898. Desde entonces y hasta la fecha, Puerto Rico es una colonia de Estados Unidos, a la que Luis Muñoz Marín, el primer gobernador elegido democráticamente de la isla, pudo elevar a la categoría de Estado Libre Asociado.

 

Decir entonces que Rodríguez Juliá es una cronista-nadador sirve para subrayar que sus historias son inmersiones muy personales y arriesgadas en los diversos asuntos de los que se ha ocupado, todos ellos relacionados con los fascinantes y, en buena medida, desconocidos —aunque también cachondos— submundos del Caribe o, para evitar la connotación colonialista del término, de las Antillas. A lo largo de su carrera, lo mismo ha escrito sobre sus encuentros con Muñoz Marín —padre de la patria boricua—, Fidel Castro (a quien abordó en un encuentro de escritores en La Habana) o Iris Chacón, la vedette del divino trasero (fue justamente este escatológico texto, Una noche con Iris Chacón, de 1985, el que llamó la atención de Carlos Monsiváis, quien se convertiría en uno de sus antologadores), que sobre la experiencia de recibir un huracán en una torre de departamentos o ir en busca de aventuras a Piñones, uno de los enclaves africanos de la isla.

Cuaderno de escritura de su archivo personal.

“El género de la crónica”, señala el autor de La nave del olvido (2009) —compilación editada por Beatriz Viterbo—, “es cruce del ensayo, la narrativa y el reportaje periodístico. Es un género que se caracteriza por una curiosidad cuya provocación última se encuentra en el misterio de la ciudad, el lugar donde se transformó, ya para siempre, la sociedad latinoamericana”.

 

Conocí a Rodríguez Juliá durante una estancia en San Juan. Primero fue el escritor y periodista Héctor Feliciano —autor de El museo desaparecido, reportaje sobre el proyecto nazi de robo y destrucción de obras de arte— quien me sugirió la lectura de El entierro de Cortijo, lo mismo que La guaracha del Macho Camacho, de Luis Rafael Sánchez, y la poesía de Luis Palés Matos —contemporáneo del cubano Nicolás Guillén—, como una forma de echarme un primer clavado en la cultura literaria de la isla. Después, gracias a la intervención de la escritora y crítica Mercedes López-Baralt, fue que pude concertar una cita con él en El Hipopótamo, conocido restaurante español ubicado en Río Piedras, el suburbio de San Juan del que es vecino.

 

Roto el hielo, descubrí en Rodríguez Juliá —conocido por sus ácidas columnas en el diario El nuevo día y su difícil carácter— a un tipo generoso, bebedor de whisky y amplio conocedor de la gastronomía puertorriqueña, que me invitó a visitar su archivo personal en la Universidad del Turabo, en la ciudad de Caguas, así como su pueblito natal, Aguas Buenas, donde aún conserva una casa familiar con vistas a la exuberante montaña.

 

He de decir que las atenciones que recibí de Rodríguez Juliá tuvieron una razón personal y cultural de fondo: fue en México y más en particular en Guadalajara, durante una edición de la Feria Internacional del Libro, que conoció a la que ahora es su mujer (una boricua, por cierto). Y México, a través de la época de oro de su cine, de sus boleros y de algunas piezas literarias (aunque no fueran escritas por mexicanos, como el caso de Bajo el volcán) ha resultado, como para tantos artistas antillanos, influyente en más de un sentido.

Dibujo de su archivo.

Aquí, una breve conversación vía e-mail con el autor de El entierro de Cortijo, crónica que considero no sólo una puerta de entrada a esta hermosa y compleja isla, sino un texto magistral sobre el arte de escribir crónicas.

 

—Cuéntame de dónde viene tu interés en la crónica y, en términos generales, en la literatura. Sé que tuviste un tío abuelo novelista de nombre Ramón Juliá Marín. Y supongo que hubo un episodio de tu vida, en ese abrupto y quizá violento tránsito (tu expulsión del paraíso tropical) que ocurrió entre que dejaste Aguas Buenas y llegaste a vivir cerca de esa infernal avenida ultraurbana en la que se convirtió la 65 de Infantería (a las afueras de San Juan), “aquel territorio apache del desarrollismo muñocista”.

 

—La importancia que tuvo mi abuelo, novelista y cronista, no se debe desmerecer, pero pienso que empecé a escribir como todo joven adolescente, un poco envuelto en musarañas y con una idea algo confusa sobre lo que debía escribir.

 

—De entre todas tus crónicas, ensayos y novelas, me gustaría que en esta ocasión hablemos de El entierro de Cortijo (1983), entiendo que en aquella época trabajabas como reportero de El nuevo día y que asististe como enviado de este periódico. Pero aún así, quisiera que contaras qué te llevó a interesarte en un velorio como tema para una crónica.

 

—El entierro de Cortijo es mi segunda crónica y no era la favorita de Monsiváis. Su favorita era Una noche con Iris Chacón. El entierro… no lo escribí para el periódico. En ese momento concluía una trilogía novelística sobre el siglo dieciocho y quería ver la actualidad de la calle. Fue así que me interesé en la crónica.

 

—Uno de los aspectos que más llaman mi atención de El entierro de Cortijo es su carácter de meta-crónica: desde el arranque mismo de la historia, el narrador, además de aparecer en el reparto de personajes, con bigotes y anteojos, va reflexionando (y haciendo visibles sus estrategias) sobre cómo, en su opinión (que es la tuya) es que debe escribirse una crónica:

“Morenos, morenos por todos lados y sólo una Mont Blanc para escribir… No, el oficio de cronista dieciochesco me lo prohíbe: ni siquiera una libreta, ni una grabadora, tampoco una cámara Minox. Prefiero escribir la crónica pasándola sólo por el ojo y el oído, soy tercamente subdesarrollado, basta con escribir al otro día, cuando la memoria aún conserva frescos los detalles. El filtro del cronista es la memoria, la personal y la colectiva, también los prejuicios, ¿por qué no? Sálvese lo que pueda salvarse entre el momento vivido y la crónica escrita. Se perderá casi todo, claro, pero permanecerán las imágenes, los detalles más empecinados, esos que no pueden renunciar al recuerdo a pesar de la traición de la memoria”.

En la Universidad del Turabo.

¿Ha cambiado en algo tu parecer sobre cómo debe escribirse una crónica?

 

—Sí, el entierro es una meta-crónica porque narra y a la vez reflexiona sobre un momento histórico. También es un libro sobre la memoria, porque Cortijo fue una figura de otro momento histórico, los cincuenta, que fue cuando se dio la transformación de Puerto Rico. La buena crónica narra y reflexiona sobre lo narrado, en este caso también es evocativa.

 

—A la distancia, ¿cómo aprecias la evolución de ese Puerto Rico que aparece retratado en El entierro de Cortijo y el Puerto Rico actual, marcado, como sabemos, por la crisis económica, la deuda y por una nueva migración masiva hacia Estados Unidos?

 

—El Puerto Rico en crisis de hoy ya se vislumbraba en esa época, pero el contenido de la crisis era más social que económica; aquellos fueron años de relativo fortalecimiento de la clase media. Hoy por hoy esa abundancia está en crisis y el estado benefactor que se estrenó con el desarrollismo también, así como la siempre conflictiva relación con los Estados Unidos.

 

—Llama la atención el estatus de Estado Libre Asociado (ELA) de Puerto Rico, al parecer un invento genial del gobernador Muñoz Marín para gozar de los beneficios de depender de una potencia y al mismo tiempo mantener una distancia. Aunque el impacto de la colonización estadounidense es notable en todos los países latinoamericanos, el hecho es que Puerto Rico jurídicamente sigue siendo una colonia. La sociedad boricua se debate —da la impresión que a ritmo de salsa o merengue— entre anexarse a los Estados Unidos, mantener su estatus como ELA o independizarse. ¿Cuál es tu posición como ciudadano puertorriqueño? ¿Cuál es en tu opinión lo mejor que puede pasarle a la isla?

Carta de su archivo personal.

—Por ahora lo más importante es sobrevivir la crisis fiscal. Lo mejor que podría pasar sería la liquidación definitiva del colonialismo mediante la estadidad, ya que el pueblo no quiere la independencia y si la impone U.S.A. sería punitiva. La mitad de los que reclaman ser puertorriqueños están en el Norte, dos de cada cien puertorriqueños favorecen la independencia. La suerte está echada. Eso no quiere decir que esa estadidad vendrá mañana, todavía tendremos largos años de colonialismo. A veces los procesos materiales y humanos deciden por nosotros; la mitad del pueblo puertorriqueño ya vive la estadidad, a la otra mitad le hacen falta "las aguas bautismales".

 

—Además de El entierro de Cortijo has escrito muchas otras crónicas exquisitas no sólo sobre Puerto Rico, sino sobre el fascinante mundo de las Antillas mayores y menores (desde Cuba hasta Colombia). ¿Aún sientes el impulso de seguir escribiendo crónicas o prefieres concentrarte por entero en la escritura de tus novelas, de las cuales La renuncia del héroe Baltasar, La noche oscura del niño Avilés y Sol de medianoche son ejemplos?

 

—Ya no tengo ni la energía ni los reflejos que se necesitan para la crónica, aunque este mes acabo de publicar una colección de crónicas sobre la "suburbia" puertorriqueña; se titula Breve historia de mi tiempo urbano. En los últimos años me he dedicado más a la novela y  el ensayo que a la crónica. Ahora mismo escribo una colección de cuentos.

 

El entierro de Cortijo es una crónica que ha sido editada de manera íntegra por la casa boricua Ediciones Huracán (1983), y, de manera bilingüe (español-inglés), por la editorial inglesa Duke University Press (2004). Un fragmento de esta crónica aparece también en La nave del olvido, la antología de la editorial argentina Beatriz Viterbo (2009).

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