COLUMNA

Dime cuándo para no ir

Por FAT HARP MALONE  /

Fotografía: revista Caballero, agosto 1971

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“¡El futuro es ahora! Pronto cada hogar americano integrará su televisión, teléfono y computadora. Podrás visitar el Louvre en un canal, o ver lucha libre femenina en otro. Podrás hacer tus compras en casa,
o jugar Mortal Kombat con un amigo de Vietnam.
¡Las posibilidades son infinitas!”

Chip Douglas – The Cable Guy (1996)

“Me gusta el moderneo”

 

Ahora lo retro son los noventas y nosotros somos los que estuvimos ahí con edad suficiente para recordarlos. La cosa es que tampoco sabemos exactamente cómo fueron, tal vez la memoria hizo una mezcla de lo que vimos en la tele y en la publicidad para construir ficciones que luego asumimos como vivencias. En ese sentido, cualquiera que diga que aquellos tiempos fueron mejores sólo está haciendo el ridículo. Lo único bueno es que las camisetas grandes volvieron. Y los shorts de mezclilla. Desde que el joven es mercado, la identidad se forja en base al consumo, y los que más quieren separarse de lo ordinario se agrupan en pequeños nichos, ávidos de que la vieja y aceitada maquinaria les imponga una vez más lo que han de considerar cool. El indie está muerto y el hipster se mordió su propia cola. En música, lo de hoy es otra moda importada de hace unos veinte años como pretexto para que los nenes hagan ruido con sus guitarras sin temor a verse feos. Este revival del rock alternativo está suavizado por el sentido melódico de los que iban en la prepa cuando Kings Of Leon se convirtió en el Maná de los gringos. Ya no surgen bandas estandarte que lleven la inútil carga de ser “la voz de su generación”, pero la necesidad sigue ahí, así que se hurga en el pasado para erigir a los héroes del momento: Sonic Youth es el nuevo Joy Division, y si no que le pregunten a Pull & Bear. La ausencia de leyendas contemporáneas podría significar la transición hacia un futuro en que la juventud ya no es lo más importante, en que la cultura pop deja de ser referente para las generaciones y que nadie tiene que salir a hablar por los de su edad, sea porque cada quien se forma una actitud propia o porque no hay nada qué decir. No es casualidad que justo hoy Selena vuelva a ser la gran cosa que no estamos seguros si alguna vez fue.

 

 

El futuro está en la carne

 

El futuro está en mi casa y mis amigos se lo comen a grandes cucharadas. Si hace diez años me hubieran dicho que su mayor pasatiempo sería un videojuego en el que puedes armar una pelea entre Pac-Man y Ganondorf, lo habría creído totalmente. En videojuegos hay que esperar cualquier cosa. Durante más de un año, Nintendo se dedicó a revelar información a cuentagotas de lo que sería el lanzamiento de Super Smash Bros. para la consola Wii U. Hoy que finalmente el título está disponible, la diversión radica en jugar en línea contra gente de quién sabe dónde. Hay un mapa mundial que indica las regiones donde hay más consolas prendidas. En esta ocasión los retadores son usuarios que ponen sus nombres en letras japonesas. “Ha de ser lo más cabrón ser mexicano y ganarles”, refiere un amigo. Puedes no conocer a tu oponente y aun así ver cómo se encabrona al enfrentarte. Si le ganas la primera batalla, para la segunda volverá con otro personaje, el que maniobra mejor, con más fuerza y con toda la intención de aplicarte la derrota más humillante que pueda salir de su control inalámbrico. Aquí la vida es como en Dragon Ball Z, nunca inicias peleando al máximo de tus capacidades. Te tienen que picar la cresta.

El futuro está en la calle, a cualquier hora, sólo hay que poner atención. Está en todos lados, en un Soriana, en las gelatinas falsas que venden en la tiendita, en un puesto de comida, cuando te sientas al lado de desconocidos y pides un pozole con carnaza y tu paisaje inmediato es el de un templo que recibe a sus acólitos una noche de un domingo de ramos. Es Cuaresma y a nadie le pesa tanto como al desconocido que tienes enfrente, un muchacho nacido en el seno de una familia católica, una de las que observan los días de guardar. Su papá le prohibió comer carne y él se lamenta de no haber saciado su antojo de masticar a otro animal en esa noche. ¿Unas flautas de carnitas? ¿Unos tacos dorados? ¿Un pozole con trompa, tal vez? ¿Habría sido capaz de comer trompa si se lo hubieran permitido? Misterio. Tú te limitas a cenar sin más limitaciones que las financieras y a disfrutar la manera en que la carne blandita y deshebrada del platillo se te deshace entre los dientes. “¿Por qué quieren ser iguales a Dios?”, pregunta el muchacho, hundido en la frustración, porque a final de cuentas comer lo que uno quiere también es un tema espiritual. Su novia está por un lado y lo escucha y lo reconforta, le toma la mano y le habla de no repetir la historia de sus papás. La familia católica llega al puesto y el hermanito se te queda viendo. “Estoy pensando en mi cumpleaños”, te dice. Tú estás pensando lo mismo. Este año cumples treinta. El papá prohibicionista es un hombre grueso, de bigote y mirada seria. Le da dinero a su hijo para que pague las cenas vegetarianas que él y su novia se resignaron a pedir, y avisa que la misa está por iniciar. “Quiero que te confieses”, advierte al joven. “Por favor”, y remata con especial intensidad cada una de las letras “o” que lleva la frase. La mamá se muestra más cordial. “Tú no te apures, termínate tu flauta y nos alcanzan”, le dice a la nuera. La familia se adelanta y la pareja continúa la diatriba en contra de las rancias costumbres de sus mayores. El muchacho asegura que cuando tenga hijos, jamás les impondrá una restricción parecida. Él representa el fin de la Cuaresma para las nuevas generaciones que surjan de ese árbol genealógico, y tú eres testigo del momento decisivo mientras te comes el tradicional pozole sin enjundia que se vende en esta región.

 

 

Veredicto Final

 

Es un talk show producido por y para la comunidad latina en Estados Unidos. El programa simula una corte conducida por una jueza, la cubana Cristina Pereyra, quien desde un alto estrado atiende los conflictos que le presentan denunciantes y acusados. En una emisión, un señor de unos sesenta años reclama un pago que le quedó a deber otro señor que falleció antes de saldarlo. La viuda del occiso, una señora más abuelita que Sara García, le dice que no existe tal deuda y que cómo se atreve a ser tan malagradecido si su marido siempre le tendió la mano en vida. Los ojos de la viuda se mojan y adquieren un brillo de caricatura. Su voz se quiebra al hablar. Una mujer más joven sale del público y se mete a defenderla. Las mamás son sagradas en los países de habla hispana, y pobre de aquél que ose tocar una sola cana de sus cabecitas santas. La resolución se ve venir desde lejos, este caso es fácil. El siguiente es un poco más complejo. El propietario de un edificio de apartamentos se queja de las fiestas hardcore que lleva a cabo un inquilino que es homosexual. Mencionar aquí la preferencia sexual del individuo no sería necesario si no fuera porque es el eje de todo el maldito asunto. El propietario del edificio, entre sus declaraciones, se la pasa diciendo que él no tiene problema con el hecho de que su acusado sea gay. Quiere que quede bien claro. Después, otro denunciante que vive en el mismo edificio pone el mismo énfasis en aclarar que no tiene nada en contra de los gustos de su vecino. El acusado se defiende. Es extrovertido y carismático, la cámara lo adora. En un punto la discusión sube de tono, y la juez condena la actitud de los acusantes. “Ustedes me dicen que no tienen problema con que su vecino sea homosexual, pero hasta ahorita no han hablado de otra cosa”, indica. La sociedad en general podría mostrarse cada vez más incluyente, pero alguna vez nos enseñaron a sentir vergüenza ante la sola sospecha de que no seamos heterosexuales, y ese es un nudo que no se desata de la noche a la mañana. De pronto, ver el programa se siente como si alguien detrás de cámaras jugara con nuestras mentes. Ya no se trata de saber quién tiene la razón, el desenlace del caso es lo de menos: el chiste es adivinar a quién de los dos denunciantes se le nota que algo quiere ocultar, y ese algo es precisamente lo que nuestra imaginación va tejiendo conforme avanza el show. Eso es entretenimiento.

 

Pienso en la reacción que tendría el tipo de gringo que únicamente se refiere a los anglosajones como “americans”, al toparse con este programa durante una noche de insomnio. ¿Qué diría al ver a estas personas, con esos ademanes y esa forma tan enérgica de discutir, con esos idiomas que suenan como una canción muy rápida y que en nada se parece a su forma de hablar? Me gustaría saber cómo se tomaría el hecho de que en realidad existen otros “americans” que tienen otro aspecto y se expresan distinto y no comparten precisamente sus mismos valores, pero que llegaron al mismo país donde él creció, y lograron quedarse el tiempo suficiente para convertirse en mucha gente y necesitar sus propias formas de espectáculo y generar sus propios canales de televisión donde alguien tuvo la puntería de producir una cosa como Veredicto Final. La gente que viajó al norte en busca de un futuro, definitivamente encontró algo.

 

 

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