El acto de abordar el autobús para llegar a la escuela era un hábito que cambió por completo una mañana de mayo. Hasta ese día disfrutaba la ciudad en la medida de mis posibilidades. Entre el agotamiento de la rutina y mis propias preocupaciones asumía que no había mucho más
que descubrir en lo que sucedía a mi alrededor.

 

Aunque viajar en el transporte público de esta ciudad siempre es incómodo, abordarlo nunca ha sido una dificultad para mí. Esa mañana, una mujer delante de mí llamó mi atención al ponerse de rodillas para subir cada uno de los escalones que superaban la altura de sus muslos. Cuando se incorporó al autobús intentó sujetarse del pasamanos, pero era tan alto que no lo alcanzó. Una vez en el pasillo, los asientos le quedaban enormes a su pequeño cuerpo. Cuando tuvo que pedir la parada, alguien más presionó el timbre por ella. Aunque al principio me sorprendió, tras cinco minutos dejé de darle importancia.

 

Días después la encontré mientras esperaba el camión, y en esos actos de reconocimiento rutinarios cruzamos miradas; sonreímos y mantuvimos una pequeña charla sobre la tardanza del transporte público y el calor que empezaba a sentirse en la ciudad. Ella comentó que iba tarde a su oficina y que si el próximo camión venía lleno, tendría que esperar hasta que hubiera uno con suficiente espacio. Tal y como lo predijo, en el autobús había tanta gente que le fue imposible subir, y sin pensarlo mucho decidí esperar con ella la llegada del siguiente camión. Fue una decisión acertada, pues desde entonces surgió una amistad que acompañaba todas mis mañanas con una voz efusiva y un sincero apretón de manos.

 

Platicábamos de muchos temas mientras esperábamos: series televisivas, cuestiones personales o del aumento en el costo de los productos básicos. Descubrimos gustos musicales y literarios muy parecidos. Con algo de humor involuntario supimos que nos disgustaba el sarcasmo. Durante tres meses fuimos tan imprescindibles que su estrategia para abordar el camión dejó de ser tan significativa para mi.

 

Un viernes me estaba contando una historia que fue interrumpida por el final de nuestro viaje cotidiano. Su narración era tan buena que decidimos continuarla unos días después en su casa. Acordamos encontrarnos donde siempre pero unas horas más tarde que de costumbre. Su casa se encontraba cerca del lugar, y por ello decidimos caminar mientras me hablaba de las peculiaridades y sitios de interés de las calles donde creció. Ese día noté que necesitaba pararse en las puntas de sus pies para alcanzar los botones del cajero del banco; que en una tienda no alcanzó la bolsa de azúcar de su preferencia, y que en su casa, echó mano de un pequeño banquito plegable para alcanzar a lavarse las manos, abrir la nevera y ofrecerme un chocolate. Las sillas del comedor superaban la estatura de su cadera. Para sacar la ropa de la lavadora fueron necesarios otro banco y un gancho que le permitiera jalar las prendas. La estufa y alacena eran más pequeñas que de costumbre, y de no ser por una pequeña tarima, la ropa en los armarios se encontraría fuera de su alcance. No dejó de sorprenderme cómo realizaba sus actividades con mucha naturalidad y seguridad en sí misma.

 

Con un poco más de confianza le hice algunas preguntas sobre su condición. Pensé que al preguntar sobre ello podría molestarse, pero no fue así. Con gran paciencia me explicó mucho sobre la vida en una ciudad que no está hecha acorde a su tamaño. Confirmé la importancia del lenguaje y las palabras cuando me explicó que la expresión correcta para su condición es persona de talle bajo y no enanita. Escuché a Susana con atención y aunque hice un gran esfuerzo para no mostrarme sorprendida, todo me parecía novedoso: su carácter, su determinación y sobre todo su sinceridad al hablar de sí misma.

 

Mi nuevo hábito es pensando y observando mi entorno desde su perspectiva. No es sencillo, pero siempre es natural sentarme a tomarme un café y compartir inquietudes, temas e ideas con ella. Para mí la ciudad siempre ha sido un espacio a mi medida. En cambio, desde la perspectiva de Susana no deja de sorprenderme cómo se apropia de ella. Quisiera alguna vez lograrlo.

 

*Dinora Alejandra Chávez Reyes es politóloga y estudiante de Maestría en Gestión y Desarrollo Social en la Universidad de Guadalajara.

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¿Desde dónde veo la ciudad?

Por DINORA ALEJANDRA CHÁVEZ REYES

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