HABITANTES

Dejar de tragar en doce pasos

Ésta es la historia de los Tragones Anónimos, un grupo de personas que se aceptaron como adictas a la comida para poder atacar las causas emocionales de su enfermedad

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1. “Admitimos que éramos impotentes ante la comida, que nuestras vidas se habían vuelto ingobernables”.

 

Su nombre es Katy y es una tragona. Pero una tragona recuperada. Tanto, que parece una mujer normal: ni delgada ni pasada de peso. De sonrisa generosa y piel que brilla.

 

Ingresó a Tragones Anónimos con 17 años y 107 kilos. Hace 24 años y 31 kilos más. Tampoco era cosa rara en su familia: Katy es la menor de nueve hermanos, todos obesos. El padre tenía una barriga prominente, era adicto a los frijoles con manteca y lo fulminó un infarto. La madre murió por complicaciones causadas por la diabetes.

 

Durante la adolescencia, Katy se dedicó a engullir todo tipo de comida chatarra, aunque cada caloría la hundiese más en la depresión. Hasta que un día se dio cuenta que su hermana mayor estaba flaca gracias a una terapia de grupo para obesos, fundada años antes en Durango, su ciudad natal.

 

─Cuando empecé a militar, empecé a bajar de a kilo y medio por semana ─cuenta Katy, ahora en uno de los grupos de Tragones Anónimos en la Ciudad de México, donde es gerente de crédito en una empresa de papel.

 

Acató al pie de la letra el plan de alimentación y en terapia comprendió que eran sus emociones las que la empujaban a comer compulsivamente. Después de un año, llegó a su peso por primera vez. “Se le regalaron cuarenta kilos”, para usar la jerga de los tragones.

2. “Llegamos al convencimiento de que un Poder Superior podrá devolvernos el sano juicio”.

 

¿Quién más, si no? Las personas que deciden sumarse a un grupo de Tragones Anónimos es porque ya probaron de todo: la dieta de las proteínas, la de la col, pastillas, masajes reductivos, hipnosis, yoga, meditación. Nada funcionó.

 

También comparten la gordura insoportable; historias en las que siempre son el foco de las burlas, las pocas ganas de seguir vivos y el falso refugio en la comida: para algunos es el pastel de chocolate; para otros, las gorditas de chicharrón. Y el círculo comienza de nuevo, sólo hasta que ellos mismos deciden pararlo.

 

Un poder superior es lo que necesitaría el sistema de salud mexicano en su batalla contra la obesidad y el sobrepeso. Ya se utiliza el término epidemia: casi la mitad de los hombres mayores de 20 años tienen sobrepeso (42.6%) y casi una tercera parte padece obesidad (26.8%). En las mujeres, las cifras corresponden a 35.5% y 37.5%, respectivamente, según datos de la Encuesta Nacional de Salud y Nutrición (2012).

 

Lo anterior no sólo provoca enfermedades crónicas que matan lentamente a la población. Al gobierno le preocupan los miles de millones de pesos que debe gastar en la atención médica relacionada con estos males. Fueron 42 mil millones en 2008, y se estima que sean entre 70 y 100 en un par de años.

 

Por eso, el primer año de su sexenio, Peña Nieto lanzó una estrategia nacional para atacar a la grasa corporal, que entre otras cosas estableció un principio de corresponsabilidad. Si deciden estar gordos, tendrán que pagar más.

 

Cuando presentó el plan de acción, durante el Día Mundial de la Salud, Peña habló de la importancia de fomentar estilos de vida y hábitos de alimentación saludables. Nada dijo de la necesidad de examinar la cabeza o el corazón.

3. “Decidimos poner nuestras voluntades y nuestras vidas al cuidado de Dios, como nosotros lo concebimos”.

 

─El grupo no es religioso, sino espiritual. Todos llegan a creer en algo o alguien fuera de ellos. Se dan cuenta que hay algo superior que mueve al mundo. Podemos ponerle un nombre muy hermoso, que es el amor.

 

Quien habla al teléfono es Myriam, duranguense, fundadora de los Tragones Anónimos hace 32 años.

 

La historia sucedió así: Myriam fue obesa desde niña a pesar de que pasó su infancia y adolescencia a dieta. Estudió Diseño de Interiores en la Ciudad de México y con mucho esfuerzo bajó de peso, se casó y se embarazó. Después de parir a su primera hija le quedaron más de 30 kilos de sobra.

 

Comenzó a estudiar Psicología y Nutrición por su cuenta. Se hizo miembro activo de los Weight Watchers y dio conferencias a públicos amplios por todo México. Ella podía pagarlo, pero no ignoraba que el programa importado del norte era costoso. Todo iba mejor hasta que murió una de sus hermanas y la báscula volvió a sufrir.

 

─Me encontré con un gordo de 125 kilos que me dijo: “vamos a abrir un lugar donde no se lucre con la enfermedad. Ponemos los principios de Alcohólicos Anónimos y tus conocimientos de nutrición”.

 

Rentaron un cuartito en el centro de Durango, pusieron un anuncio en el periódico y sus pantalones comenzaron a aflojar.

4. “Sin miedo, hicimos un minucioso inventario moral de nosotros mismos”.

 

Una mujer llora copiosamente mientras confiesa sus antojos en lo que se conoce como “la tribuna”: un atril de madera que al frente lleva el nombre de este grupo: Un nuevo comienzo. La escuchan apenas tres compañeros, distribuidos en un cuarto pequeñito de vecindad, en pleno centro de la Ciudad de México.

 

Para llegar hasta allí desde la calle Luis Moya, los tragones deben atravesar un pasillo, a lo largo del cual se extiende un puesto de tamales con atole. Luego deben subir todos sus kilos por una escalera de muchos peldaños metálicos con un alto grado de inclinación.

 

─El otro día llegó uno de 198 kilos, ése muchacho no podía subir ─cuenta Katy.

 

En el cuarto contiguo a la sala de juntas, un grupo de señoras prepara el desayuno: es el ritual de los sábados en los cerca de 70 grupos que existen en el país. Las puertas se abren temprano y los que van llegando se suben a la báscula. Después de la terapia, comen en familia: requesón, fruta, leche y un pedazo de pastel, permitido únicamente este día de la semana.

 

Sobre el escritorio hay una canastita donde se recogen las cooperaciones voluntarias. En las paredes del departamento, un par de carteles recuerdan los doce pasos del programa así como a los primeros valientes que los pusieron en práctica. Ahí están, enmarcados, los retratos de Bill y Bob -los fundadores de Alcohólicos Anónimos- y junto a ellos, una sonriente Myriam.

5. “Admitimos ante Dios, ante nosotros mismos y ante otro ser humano, la naturaleza exacta de nuestros defectos”.

 

Admitieron, pues, que son adictos. Que están enfermos. Que padecen “tragonismo”, dicen. Según el Diccionario Crítico Etimológico Castellano e Hispánico, la palabra tragar podría venir del latín draco: un monstruo devorador. Del mismo término se derivan las palabras dragón y drácula.

 

Según la RAE, tragar significa comer vorazmente.

 

Cuenta Katy que allá en Durango, cuando se encontraba cerca de la entrada al grupo, tomaba vuelo y corría a toda velocidad con todo y su extra peso. Le daba vergüenza que alguien la viera en aquel sitio llamado Tragones Anónimos.

 

─Pero es que no hay otra manera de describir lo que nosotros hacemos ─sigue Katy, ahora resignada─. Tragamos, no comemos. Tragamos sin disfrutar ni saborear. No masticamos. Tragamos.

6. “Estuvimos enteramente dispuestos a dejar que Dios nos liberase de todos estos defectos de carácter”.

 

A la ayuda de Dios se suma la correcta alimentación y la terapia. El plan nutricional que elaboró Myriam está diseñado para que no existan grandes privaciones. En su experiencia, éstas sólo aumentan la ansiedad. Se puede comer casi de todo en las cantidades correctas. Excepto alimentos fritos, porque el aceite que pasa por el fuego se endurece y se instala en las arterias.

 

Dice la fundadora de TA que la gordura, en el caso de los tragones, está relacionada con la ausencia de amor propio y el mal manejo de las emociones. Tristeza o alegría, frustración o euforia: cualquiera de éstas puede provocar una recaída. Por eso existe la junta: para auto conocerse, aceptarse y expulsar todo rastro de neurosis antes de sentarse a la mesa.

 

─La terapia nos ayuda a querernos, a detectar dónde nos perdimos y por qué nos fugamos en la comida ─dice Katy.

 

Para Salvador, otro tragón anónimo, lo que hacen él y sus compañeros en el grupo es vaciarse de grasa para poder llenarse de alegría.

7. “Humildemente le pedimos que nos liberase de nuestros defectos”.

 

La humildad es una cualidad vital, ya que las súplicas son reiteradas durante el proceso.

 

Con humildad, también, los tragones anónimos se quitan apellidos y cualquier título anterior al nombre. Queda sólo el individuo y es anónimo.

8. “Hicimos una lista de todas aquellas personas a quienes habíamos ofendido y estuvimos dispuestos a reparar el daño que les causamos”.

 

En la que funciona como sala de juntas están sentados Katy, Salvador, Mario, Martha, Carmen y Lupita. Uno por uno cuentan, sin tapujos ni congoja, las circunstancias que los trajeron a este lugar.

 

Salvador fue un niño semi abandonado, el hijo menor de una madre alcohólica que preparaba mole para ganarse la vida. Llegó al grupo hace cuatro años con 106 kilos, y en diez meses “se le regaló” perder casi la mitad de su masa corporal.

 

Cuando Mario entró por primera vez a una junta, con 126 kilos, le pareció que estaba entre una bola de locos. Pero poco a poco, dice, comenzó a identificarse con sus compañeros. Un fenómeno que ellos conocen como el puente de comprensión. Durante toda su primera época, el grupo era lo único que le daba tranquilidad, por eso estaba allí todos los días.

 

Martha es la mujer que poco antes se confesaba en la tribuna. Apenas lleva tres meses y en ese tiempo ha bajado 17 kilos. Antes de conocer el grupo a través de internet, iba a un psicólogo que le cobraba 150 pesos la sesión. Perdió un “dineral” y ningún kilo.

 

Carmen es chiquita y curvilínea: el poder superior le regaló 20 kilos. Tiene 64 años pero se siente de 15:

 

─Hoy que venía en la calle traía toda la actitud de conquistar a alguien ─dice Carmen, y sus palabras provocan un pequeño alboroto.

9. “Reparamos directamente a cuantos nos fue posible el daño causado, excepto cuando el hacerlo implicaba perjuicio para ellos o para otros”.

 

Lupita fue una de las iniciadoras de Tragones Anónimos en la Ciudad de México, hace 12 años. Pero extrañamente, el proyecto no ha tenido demasiado éxito en la capital. A diferencia de Guadalajara, por ejemplo, donde hay registrados más de diez grupos.

 

Según Katy, esto tiene que ver con la desconfianza propia de los chilangos.

 

─La gente no cree que exista un lugar donde los vamos a ayudar a perder peso y donde no se lucre. Es por la vida que se lleva aquí: si alguien se te acerca es porque te quiere vender algo o te quiere atracar.

10. “Continuamos haciendo nuestro inventario personal y cuando nos equivocábamos lo admitíamos inmediatamente”.

 

Continúan, pero si ven que la cosa no funciona, pueden decidir mudarse a un anexo. Para apartarse por un tiempo de la vida cotidiana y concentrarse en bajar de peso. Dicen que es una alternativa para quienes padecen obesidad mórbida: los que dejan de ser funcionales en “el mundo de afuera”.

 

En el departamento de Luis Moya no hay espacio para anexar a nadie. Por eso a aquel muchacho que no podía subir las escaleras lo mandaron a Durango. Allá se hacen cargo de él otros compañeros sin costo alguno: le preparan la comida, lo acompañan a caminar, le dan ánimo para seguir adelante.

11. “Buscamos, a través de la oración y la meditación, mejorar nuestro contacto consciente con Dios, como nosotros lo concebimos, pidiéndole solamente que nos dejase conocer su voluntad para con nosotros y nos diese la fortaleza para cumplirla”.

 

Hay una gran diferencia entre un tragón y un alcohólico. Los adictos al alcohol, si tienen éxito en la terapia, pueden cerrar la botella y no volver a abrirla nunca. Un tragón debe enfrentarse tres veces al día con su mayor tentación.

 

Según Katy, ella y sus compañeros no tienen fuerza de voluntad, si no, no tendrían necesidad de “militar” en un grupo. Pero con el tiempo pueden desarrollar la templanza para comer cada día -“solo por hoy y para siempre“- de acuerdo a su plan de alimentación.

 

Y además, comer es el acto social por excelencia. Ofrecer comida es como un apapacho, dice Salvador, y sucede en cada reunión familiar, de trabajo, con amigos.

 

Cómete un taco y luego sigues con tu dieta, dicen todos.

 

─Pero ellos no entienden que eso desata una compulsión que significa no poder parar después. ─dice Katy─. Y no lo van a entender nunca.

12. “Habiendo obtenido un despertar espiritual como resultado de estos pasos, tratamos de llevar este mensaje a los tragones y practicar estos principios en todos nuestros asuntos”.

 

Después de 24 años de asistir regularmente a los Tragones Anónimos -primero en Durango y luego en México- se podría decir que Katy ha logrado el despertar espiritual al que se refiere el duodécimo y último paso.

 

─Si dejas el grupo es complicado. Mucha gente critica que es otra dependencia, pero yo no lo llamo así, porque aprendo y me educo.

 

Hoy en día se presenta en el grupo tres veces a la semana, pero puede tardar un mes o dos en subir a la tribuna.

 

─Vengo para compartir lo que sé con mis compañeros, para transmitir el mensaje y decir que sí se puede. Muchos están en el etapa del hambre: están en su peso y quieren volver a tragar. Compartiendo experiencias es como nos mantenemos sobrios.

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