CONTRAPESOS

Ciudad experta:
otras formas de saber

Conviene intentar otras formas de saber la ciudad para descentralizar el conocimiento

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Posiblemente, alguien en algún escritorio de alguna universidad se esté ocupando de respaldar esta idea: desde hace casi una década, el número de personas que participan de la construcción de conocimiento sobre la ciudad se ha incrementado, ¿significa esto que conocemos más o mejor las ciudades que habitamos? No necesariamente, quizá tal incremento mantenga más bien una relación mediática con su entorno, es decir, más que incrementar el cuerpo de conocimientos que nos ayudan a comprender la ciudad, lo que realmente ha aumentado es la distribución de lo que conocemos, o sea que tenemos más información y medios con mayor capacidad de difusión, que hacen posible que algunas personas compartan mayor número de ideas. Sin embargo, esto no significa que los medios o el conocimiento sean accesibles para todos, basta con observar el lenguaje en el que sus discusiones se inscriben para dar cuenta del grado de especialización (a veces pedantería), y, como consecuencia, de exclusión. Esta exclusión no es accidental, el destierro intencional de este conjunto de conocimientos tiene una función que puede ser interpretada como elemento fundamental en el establecimiento de relaciones jerárquicas. Estas relaciones permiten adoptar posturas, discursos, narrativas, ideas, y prácticas que, por así decirlo, otorgan cierto sentido a nuestra existencia.

 

Con el incremento de expertos en ciudad, ha aumentado el número de discusiones, debates, conversaciones y recomendaciones sobre lo que podríamos o deberíamos hacer con el lugar que habitamos. Generalmente se trata de diálogos que excluyen desde sus tecnicismos o desde su propuestas conductuales sobre cómo transformar el mundo. Sin embargo, lo interesante es conocer qué hay detrás de estos razonamientos. Es decir: de qué ideas se desprende que una conclusión sea mejor que otra. Me preocupa que los expertos, amparados en su supuesta superioridad epistemológica, tomen decisiones irreversibles, carentes de justificación e impulsadas por convicciones morales con aspiraciones universales.

 

Me inclino por pensar que no saber cómo se adquiere el conocimiento sobre la ciudad y carecer de la capacidad de justificar postulados representa un problema que podría ser caracterizado como un problema político ¿qué significa esto y por qué? Aunque estén imposibilitados para fundamentar sus puntos de vista, su identificación como expertos les da la posibilidad de imponerse en ciertas discusiones y promover sutilmente la desigualdad. No todo conocimiento es respetado del mismo modo y mucho menos escuchado, esto significa que las condiciones en las que se dan algunas discusiones sobre cómo habitar, distribuir, o modificar un espacio, sean desproporcionadas e incluso desfavorables para las ciudadanos. No deja de ser importante mencionar que los argumentos de los expertos se inscriben en un lenguaje especializado  ̶ a veces indescifrable ̶ que margina y limita las condiciones de diálogo.

 

Aunque, si se me concede tener razón, el conocimiento de los expertos, puede  ̶ aunque no necesariamente sea así ̶  carecer de justificación y aun así imponer su criterio en la toma de decisiones ¿no resultaría bastante pertinente reflexionar sobre la identidad del experto? Solamente por poner un ejemplo ¿qué tipo de ejercicio democrático se puede poner en práctica si de antemano una opinión lleva las de ganar?

 

En nombre del conocimiento y después de la frase: “tú qué sabes de esto”, se han pronunciado infinidad de sentencias que, a decir verdad, no tienen mucho sentido. Y no sólo eso: los casos más terribles promocionan programas de existencia amparados en deseos de transformación de las condiciones de vida que no reparan en su justificación (¿por qué eso que propones supondría una vida mejor?) y que más bien son imposiciones viscerales, claro, con buenas intenciones.

 

Otra de las razones que podría justificar la reflexión sobre la identidad de los expertos podría ser considerada como emocional, bastaría con preguntar ¿qué motivaciones tiene un experto para postular algo?  Está claro que las intenciones de transformación de la ciudad son genuinas, sin embargo, es posible que estas tengan su origen en el deseo de reconocimiento, de convertirse en un referente para ciertos temas, o en, ¿por qué no? recibir aplausos y felicitaciones por decir algo que, quién sabe si sea o no plausible, o si consideré o no la posición y las condiciones en las que dicho pronunciamiento fue posible.

 

En este sentido, no sólo creo que sea pertinente reflexionar sobre las implicaciones de ser experto, sino que me parece radicalmente necesario. Esto no implica proponer la extinción de la figura del experto, o cuestionar la veracidad de los conocimientos de quienes así se consideran. Más bien, buscó responder cómo puede utilizarse estratégicamente la identidad del experto a fin de no producir desigualdad. Tampoco sostengo que todos los expertos sean figuras reprochables, o que haya que descalificarlos por completo. Hay conocimientos que requieren alta especialización y que son necesarios para vivir mejor; un psiquiatra no puede sustituir los conocimientos técnicos de un urbanista para diseñar una ciclovía, por poner un ejemplo. Lo cierto es que es posible que reflexionar o cuestionar el rol de los expertos puede ayudar a la descentralización del conocimiento sobre la ciudad, derribando prácticas de dominación implícitas en intervenciones, pronunciaciones, u opiniones. Por eso conviene impulsar y debatir otras formas de saber la ciudad.

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