DESARRAIGOS

Ay Jalisco no te rajes
(a menos que realmente lo quieras)

Vivimos en una sociedad que tiende a relacionar el concepto fidelidad con una especie de monogamia inquebrantable en el plano amoroso. Esta idea, despojada de la acepción romántica y aplicada a la vida misma, nos hace conscientes de que es posible transformar la realidad en la medida que precisemos un camino propio. Se vale elegir por dónde ir aunque ello implique una contradicción a la naturaleza o a las tradiciones que nos forjaron como personas. Un infiel que se mantiene firme en su determinación tiene valor como individuo, a pesar de su infidelidad.

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En Star Wars lo ponen así: el ejército de los malos está compuesto por clones, seres producidos en masa con el único propósito de servir al Imperio. Son millones de soldados que no tienen cara ni historia y nomás sirven para matar o ser asesinados. Carne de cañón para el propósito del lado oscuro. Los buenos, en cambio, son personajes que tienen rostro, dialogan, y a través de sus historias personales sabemos que en un momento de sus vidas decidieron luchar por una causa. A pesar de que también podían terminar como carne de cañón, ellos tomaron la determinación de vivir su causa hasta las últimas consecuencias, y el compromiso que resultó de esa determinación los convirtió en individuos con un propósito a nivel personal. Ellos son la causa, y son fieles a esta en la medida que son fieles a sí mismos y a su propia existencia. Por otro lado, no es que los soldados del Imperio sean infieles: más bien su condición de clones nunca les dio la oportunidad de considerar un camino a seguir. Viven como reflejo inconsciente de la fuerza que mueve al Imperio, mas no existen como personas en lo individual, porque incluso se puede elegir ser fiel a la infidelidad. Ser fiel es lo que hace a un individuo existir en el sentido más profundo de la palabra.

 

El filósofo Miguel García-Baró dice que se puede vivir como si no se hubiera vivido, sin haberse introducido de verdad en ninguno de los caminos de la existencia: sería quedarse en un nivel superficial de las cosas, como un mero espectador de lo que podría haberse dado. Para García-Baró, sólo existe quien reconoce las posibilidades y la necesidad de optar entre ellas, es decir, quien adquiere un compromiso serio consigo mismo de llevar las riendas en su propio viaje. Una toma de conciencia verdaderamente humana de la vida implica ir hacia adelante y a la vez abrir nuevas posibilidades antes impensadas. La fidelidad está en la adhesión al compromiso de haberse asumido como una persona capaz de moldear su realidad con base en los caminos que escoge.

 

Para realizar este artículo, entregué hojas con preguntas sobre la fidelidad a 40 estudiantes universitarios, hombres y mujeres. Quería saber cómo se entiende este concepto en tiempos que sólo con googlear la palabra “fidelidad” uno se topa con decenas de imágenes de parejas heterosexuales monógamas. Seis de los encuestados relacionaron la palabra con la congruencia y el compromiso hacia los ideales personales, la lealtad a “buscar lo mejor para uno mismo”. De ellos, un estudiante de artes visuales de la UDG me preguntó si me refería a la fidelidad en cuanto a la calidad técnica de una obra. Todos los demás hablaron de relaciones de pareja. En sus definiciones, la fidelidad consiste en vivir la monogamia y no quebrantarla. “Sólo amar a una persona y ponerla antes que los demás”, fue la definición que dio una estudiante de arquitectura. “Ser exclusivo con tus sentimientos y placeres hacia una sola persona”, puso alguien más. “Lealtad sexual”, escribió otro alumno.

 

Algunos estudiantes consideraron que la infidelidad es un error, una desviación del camino que asumen como el correcto. Lo que no pude lograr que me dijera este sondeo fue ¿quiénes de ellos están convencidos de que cabe ser fiel a cualquier estilo de vida que se elija? En otras palabras ¿viven como personas conscientes de la manera en que pueden transformar su propio mundo, más allá de las convenciones sociales?

 

En los inicios de la civilización, la monogamia se estableció como una forma de matrimonio en la que el hombre tenía el fin de procrear hijos cuya paternidad fuera indiscutible, ya que un día los hijos heredarían los bienes materiales del padre. Así lo plantea Federico Engels en su libro El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado. En la tradición católica, el matrimonio está investido de santidad y propósito divinos, lo cual implica que su objetivo es la procreación: que la unión del hombre y la mujer sea para contribuir con Dios en la acción creadora. Fue en 1563, durante la XXIV Sesión del Concilio de Trento, cuando la Iglesia convirtió oficialmente el matrimonio monógamo en una institución sagrada.

 

Esta manera de entender la monogamia como una construcción social y después religiosa con objetivos específicos, puede verse como una posible causa del sentimiento de posesión hacia la pareja que se experimenta en la exclusividad sexual y amorosa, y como un modelo de vida que no siempre responde a los intereses y necesidades todas las personas que deciden entablar una relación sentimental en un momento dado. La sociedad occidental está inmersa en un proceso de secularización, y ello da lugar a matrimonios o relaciones amorosas que ya no se fundan necesariamente en lo sagrado o en la idea de preservar la propiedad privada.

Felices los cuatro

 

A Delia no le gusta que cuando la invitan a una boda, le dan un pase para llevar un solo acompañante. Delia tiene novio, y tiene otro novio. Y su novio tiene otra novia. Y lo saben. Le gustaría salir con sus parejas cuando quiera a donde se les antoje, pero le tocó vivir en un mundo que parece estar diseñado para vivir únicamente la monogamia. Lleva poco más de un año trabajando en construir una realidad que se acomode más a sus inquietudes.

 

Delia tiene 24 años, es de Tampico. Vino a Guadalajara para estudiar la universidad, y se quedó después de terminarla. Dice que es posible amar a más de una persona a la vez, y cuando se encontró con el concepto de poliamor, le vio mucho sentido. El poliamor es una forma establecida de vivir las relaciones de pareja, con términos y valores propios. No es poligamia, porque en las relaciones poliamorosas no hay un actor dominante, ni es intercambio de parejas, aunque esto puede ocurrir si todas las partes involucradas así lo quieren. Delia lo describe así: “tiene que ver con destruir todo lo que sabes del amor y de las relaciones románticas y volverlas a construir sin la codependencia, sin el ego, sin ser la única persona, sin ser posesiva, tiene que ver con un respeto como persona”.

 

Hay una infinidad de artículos acerca del poliamor en Internet. Hay comunidades de poliamorosos en Facebook, a nivel local y nacional. Pero la libertad que este esquema plantea no implica que se trate de un camino más fácil a seguir que el de la monogamia, al menos no al principio. Asumir el poliamor en una cultura mucho más habituada a la exclusividad sentimental, tiene sus retos. Hay que luchar contra los celos, hay que dominarse para estar tranquilos con la idea de que el ser amado recoja experiencias placenteras con otras parejas, y alegrarse por ello en la medida de lo posible. Para Delia, el proceso ha sido a prueba y error. Da un paso adelante, ve cómo se siente, y retrocede si lo cree conveniente. El poliamor también se puede moldear, siempre depende de los acuerdos que fijen los participantes. En este sentido, la comunicación es un valor fundamental para este tipo de relaciones.

 

Delia es psicóloga, pero considera que lo suyo es la educación sexual. Conduce un programa de radio por internet llamado Masturbatorium. Luce muy tranquila, sonríe cada que termina de decir una frase. Tal vez para ella fue sencillo controlar sus emociones a medida que se encarrilaba en el poliamor. Sus primeras relaciones en la adolescencia fueron monógamas. Desde entonces notaba que no tenía problema si su novio le decía que iba a salir con una amiga. Tiempo después supo que no quería verse limitada por el hecho de tener una pareja. Le gustaba conocer más personas, y no sólo se trataba de tener sexo: quería establecer vínculos emocionales que le permitieran explorar sus formas de sentir amor por quien ella quisiera. Antes de iniciar cualquier relación amorosa, dejaba en claro lo que buscaba con la persona en cuestión. Una vez, a un novio que entonces tenía, le dijo que también salía con una chica. El novio no tuvo objeción. Cuando le agregó a la ecuación otra pareja masculina, al novio no le gustó. Terminaron.

 

“No porque seas poliamoroso significa que tengas que aguantar los celos, la inseguridad o el enojo, lo principal es poder hablar las cosas: se vale sentirse raro, se vale dar un paso atrás”, platica Delia. Para ella vale más decirlo todo, aunque las palabras lleguen a lastimar a la pareja. Podría ser más dañino ocultar lo que pasa. Un ejercicio que lleva a cabo al momento de hablar con sus parejas, por ejemplo, consiste en tratar de describir el problema sin mencionar la palabra “celos”. Esto le da oportunidad de decir “me siento triste”, “me siento olvidada”, o “estoy enojada” y así dar con la solución o llegar a un acuerdo que deje más tranquilos a los involucrados. Delia no siente que vivir bajo un código que recae por completo en la honestidad de las personas le reste libertad. Ante todo, prefiere platicarlo siempre. Si su pareja va a salir con alguien más, que se lo diga. Si van a tener sexo, que sea con protección.

 

Hoy en día ella siente no se equivocó en su manera de vivir el poliamor, y trata de llevarlo cada vez más adelante. Con su novio actual lleva más de un año, y desde hace unos meses sale con otra persona. Admite que siempre es más emocionante salir con la persona que tiene menos tiempo de haber llegado a su vida, pero eso también es algo que hay que poner sobre la mesa cuando habla con sus parejas. No le gusta que su familia todavía tienda a considerar sólo uno de sus noviazgos como el formal. Delia piensa en el futuro. Si se fuera a vivir con una de sus parejas, ¿invitaría a la otra o la dejaría fuera?  “Todavía no sé, pero sí me pongo a pensar cómo sería la dinámica, y me gustaría que fuera tan a gusto que no sé… estoy en ese proceso de pensar en mi futuro pero supongo que las cosas se van a ir dando”.

 

No todos los poliamorosos buscan lo mismo, así que la traición también puede tener lugar: los acuerdos verbales son susceptibles de romperse, pues a fin de cuentas una persona puede durar toda una vida sin haber resuelto la manera en que encara sus relaciones amorosas, sea bajo el esquema que sea. La diferencia radica en qué tanta conciencia hay de lo que se quiere lograr en una cuestión que parece tan básica.

Fieles a la infidelidad

 

En el acto político, la fidelidad consiste en ser leal a una corriente ideológica o a un partido sin importar los candidatos que postula. El llamado voto duro, que se otorga a los partidos a pesar de que sus miembros tengan un mal desempeño en los puestos de gobierno, es un dogma que se debe cuestionar si se quiere transitar hacia una democracia verdadera, y en ese cuestionamiento está la infidelidad. Así lo plantea Andrés Valdez Zepeda, catedrático de la UDG y doctor en estudios latinoamericanos con especialidad en Ciencias Políticas por la Universidad de Nuevo México.

 

“Una democracia implica un hombre infiel en el sentido de que está evaluando el desempeño de los políticos, de los partidos y de los resultados en su momento como ejercicio de gobierno;  los sistemas totalitarios y autoritarios son eminentemente fieles”, comenta. La infidelidad como deslealtad política, es un valor en las democracias modernas, ya que permite una renovación constante en la sociedad y en la manera en que los ciudadanos se vinculan con el gobierno. Por lo tanto, traicionar es la expresión política de la flexibilidad, la adaptabilidad, el antidogmatismo. En ello coinciden los filósofos Denis Jembar e Yves Roucaute, autores del libro Elogio a la traición, en el que aseguran: “El objetivo mismo de la traición es mantener los cimientos de la sociedad. Negarlo es desconocer el tiempo, los espasmos de la sociedad o las mutaciones de la historia. La traición es una necesidad de los Estados democráticos. La traición explica el ejercicio del poder. La negación está en el corazón de la vida política.”

 

Para Valdez Zepeda, tanto la democracia como las relaciones de pareja son efímeras: sólo el dogma es permanente. “En ese sentido, si la relación de pareja se basa en una constante construcción, en conservar el amor, el afecto y cultivarlo día a día, en esa medida sí tiene viabilidad a largo plazo; pero al revés, en la medida que no se cultiva el amor, o si las actitudes que te llegaron a enamorar  van desapareciendo, la gente empieza a buscar otras alternativas”, agrega.

 

La deslealtad tiene un estigma negativo en la sociedad, pero en muchas ocasiones es síntoma de una insatisfacción que no se ha atendido. El catedrático apunta que ser infiel es ser un rebelde que busca el mejoramiento de las cosas, que busca construir algo nuevo, que no se queda con el dogma y que trata de superarlo. Eso es lo que ha marcado nuevos paradigmas en la evolución de las sociedades. La idea de ser fiel hasta la muerte no podría reflejar lo que sucede en la realidad. “Hay que repensar el estigma negativo que tiene el concepto de infidelidad, que es como un pecado (…)  creo que más de la mitad de los seres humanos hemos aceptado ser infieles en algún momento, a veces de pensamiento, a veces de obra”.

El valor de la poligamia

 

Hubo un momento en que los valores familiares de una comunidad fueron iniciados por hombres que se casaron con dos o más mujeres. Y esos valores persisten hasta hoy, a pesar de que la poligamia fue anulada en esa congregación. Los orígenes de la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días se remontan a 1830, cuando el estadounidense José Smith instauró esta doctrina en Nueva York, luego de haber tenido una experiencia de revelaciones años atrás. De acuerdo con el Libro de Mormón que escribió Smith, el mandato de Dios para los primeros patriarcas de esta Iglesia era que formaran familias mediante el matrimonio plural.

 

Javier Contreras vive en Guadalajara, sirvió como misionero de la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días de 2009 a 2011, y fue maestro del seminario de religión de 2011 a 2015. Explica que el modelo familiar que se enseña en la Biblia y en el Libro de Mormón es uno basado en la protección y tutela de un padre y en un matrimonio fundado en el amor. Para los mormones, la validez del matrimonio consiste en que sea aprobado por Dios. Es el rito más alto que un hombre y una mujer pueden llevar a cabo en la Tierra. “Es donde se prometen todas las bendiciones que tienen que ver con lo que nosotros llamamos la exaltación, y estas bendiciones que son la culminación del gran plan de salvación de Dios significan que las promesas más grandes se dan a través de una familia, entonces Dios tiene que autorizar que esa familia se forme”, añade.

 

Se dice que durante los primeros años de la Iglesia, no fue fácil para los pioneros contraer matrimonios poligámicos, siendo ellos parte de una población muy fiel a sus antiguos credos, sin embargo acataron la orden de Dios. Después pusieron reglas, se debía estar autorizado para contraer un matrimonio plural. Cabe señalar que no todos los mormones vivían la poligamia, sino únicamente ciertos feligreses a quienes se les pedía que pudieran cuidar a más de una mujer, darle todo lo que se le da a una esposa, a los hijos y formar un hogar como lo enseña esta religión. También se tomaba en cuenta si las mujeres estaban de acuerdo o no con ello.

 

En 1890, el entonces presidente de la iglesia mormona, Wilford Woodruff, recibió otra revelación: había que dejar de practicar la poligamia en su Iglesia. En la actualidad, la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días considera que la ley del matrimonio de Dios es la monogamia, a menos que Él ordene algo distinto. Hubo una separación en la Iglesia cuando se abolió la poligamia. Quienes no estuvieron de acuerdo con esa disposición, se aislaron en comunidades donde pudieron preservar el matrimonio plural. “No es porque sean malas personas”, aclara Javier.  “Son familias que no pudieron asimilar que la Iglesia pudiera ir hacia otro lado, que la Iglesia en su crecimiento y en su madurez hubiera llegado a este punto donde el Señor les haya pedido algo de esta manera”.

 

En la actualidad, hay matrimonios polígamos que basan sus valores en las enseñanzas del Libro de Mormón, pero no forman parte de la Iglesia. Son mormones en lo cultural. Algunos de ellos viven en Salt Lake City en Estados Unidos, y en México se les puede encontrar en ciertas comunidades de Chihuahua. Javier asegura que son sociedades muy aisladas debido al estigma que pesa sobre la poligamia, pero en su experiencia como misionero pudo conocer algunas de estas familias. “No es una poligamia como lo que nosotros pensaríamos de una situación donde el señor tiene a sus mujeres para aprovecharse de ellas; aunque no están en la Iglesia y la Iglesia no apoya esto, sí me queda claro que ellos viven el modelo familiar que se enseña en la Biblia y en el Libro de Mormón”, asegura Javier. “Que sea una familia poligámica no significa que no haya reglas o un respeto hacia la mujer; hay una visión muy clara del consentimiento de que el matrimonio tiene  que hacerse por un acuerdo de voluntades, y aunque el modelo es distinto siguen principios muy elevados para lo que nosotros podríamos imaginar”, agrega.

 

La iglesia mormona ha llevado toda una campaña para no ver como pecadores a las familias que se separaron de la congregación, sin embargo es muy enfática en la prohibición de matrimonios plurales dentro de esta institución. Si alguien tratara de casarse con más de una pareja, la Iglesia le aplicaría un procedimiento disciplinario. Aún así reconocen que la manera en que los pioneros vivieron la virtud del matrimonio fue lo que permitió a la Iglesia crecer y mantener una gran cantidad de conversos fieles. “Nuestra Iglesia está fundada sobre estas familias que practicaban la poligamia, y a pesar de que creemos que realmente Dios dijo que ya no se practicara esta ley en estos tiempos, no creemos que haya estado mal lo que se hizo, porque creemos que los frutos de fe de esas familias son evidentes”, afirma Javier. “Hubo una situación donde fue difícil para la Iglesia pero fue cuando apenas se hizo el cambio, hoy en día todos con una esposa tenemos, con una ya nos anda”, bromea.

Si no hay comida cuando se tiene hambre…

 

El slogan de la red social Ashley Madison dice “La vida es corta. Ten una aventura”. Esta red ofrece a los usuarios la oportunidad de contactar gente en busca de relaciones extramaritales. Noel Biderman, el fundador de la compañía, se autonombró “Rey de la infidelidad”. Aunque en entrevistas ha admitido que una infidelidad por parte de su esposa lo devastaría, también ha sido sincero en cuanto al negocio tan fructífero que le ha resultado la creación de esta plataforma, una que, según él, no promueve la infidelidad. “Solo decimos: ‘piénsatelo dos veces, no lo hagas en el trabajo, en tu círculo de amigos…' Ofrecemos un medio seguro y para aquellos que lo necesitan”, declaró a la web de Mujerhoy.com. Biderman, autor de un libro llamado Los infieles prosperan, ha obtenido jugosas ganancias a partir de cuestionar la vigencia del matrimonio tradicional en la actualidad. Pero difícilmente su negocio habría prosperado de la misma forma si la monogamia en la vida conyugal fuera menos relevante.

 

En julio de este año, una severa tormenta cayó sobre Ashley Madison. Los datos de 37 millones 500 mil usuarios registrados en todo el mundo, que para el propósito de la red social debían permanecer ocultos, fueron robados y publicados por un grupo de hackers. Se armó un escándalo. Noel Biderman renunció a su puesto como directivo en la compañía Avid Life, dueña de Ashley Madison. Los datos publicados no tardaron en arrojar estadísticas que antes se desconocían a nivel público. Un análisis que realizó la firma Tecnilógica indica que en México, la ciudad con más suscriptores es el Distrito Federal, con 64 mil usuarios registrados en la red social. Le sigue Guadalajara, con 23 mil.

 

Desde hace cinco años, la psicóloga Cecilia Cisneros da terapia de pareja en el centro de Guadalajara. Atiende mínimo una pareja al día, por lo regular personas entre 30 y 40 años de edad. Entre las parejas que le ha tocado atender, ha notado que los hombres se vuelven infieles por una cuestión meramente sexual, mientras que las mujeres lo hacen por satisfacer una inquietud emocional. “La pareja da por entendido que es una relación sumamente duradera y que ya no tiene que poner atención uno del otro, entonces llega el momento en que cada uno empieza a mirar hacia otros lados”, comenta. “No vamos a ser las mismas personas cuando iniciamos un noviazgo que cuando llevamos un matrimonio cinco o diez años después, nuestras necesidades van cambiando”.

 

Cecilia dice que no todas las personas tienen vocación para la vida en pareja. Se requiere saber negociar y estar conscientes de las necesidades que se pretende cubrir de manera recíproca. Cuando no se establecen acuerdos hablados para dejar en claro de qué se va a tratar la relación, una pareja puede generar codependencia y vivir así por mucho tiempo sin analizarlo del todo. La codependencia también conlleva equilibrio en algunos casos. Por otra parte, una fidelidad que se negocia puede ser un arma de dos filos: aunque la comunicación resulta esencial para la viabilidad de una relación, el objetivo de las personas no siempre está definido desde el principio. El tiempo que pasen juntos representa un factor determinante.  “Tengo que ver realmente qué es lo que te hace falta y qué te llena de mí, apenas nos estamos acoplando y no por eso te voy a ser infiel”, ejemplifica la psicóloga. “El origen debe ser que cada uno venga con ese valor de decir ‘yo soy fiel primeramente a no fallarme a mí y por ende no le fallo a mi pareja’”. Ella opina que los divorcios entre parejas jóvenes reflejan que en esta época se vive con muy poca tolerancia a la frustración. Lo común es negociar la fidelidad a cambio de que ciertas necesidades específicas queden cubiertas.

Una retahíla de corazones rotos

 

No estamos preparados para ser monógamos. Desde la perspectiva biológica, el macho humano busca múltiples parejas sexuales porque su objetivo es expandir sus genes en la mayor cantidad de hembras posible y asegurar su descendencia. Un solo hombre produce la cuota de espermatozoides suficiente para fecundar a todas las mujeres del mundo. La búsqueda de la mujer, por su parte, tiene que ver más con la calidad. La oportunidad de fecundar al óvulo se presenta sólo una vez al mes, lo cual las lleva a elegir sus parejas con mayor cuidado. Hay una hipótesis que viene desde las teorías de selección natural de Charles Darwin, la cual sostiene toda una serie de mecanismos para que la hembra seleccione al macho con los genes más adecuados, una especie de competencia espermática donde gana la calidad sobre la cantidad. Cuando se trata de preservar a la especie, la naturaleza establece el rol que le corresponde a cada género. Un hombre que intenta ser monógamo en realidad lucha contra sus propios instintos.

 

Así lo sugieren la psiquiatra Judith Lipton y el psicólogo evolucionista David P. Barash en su libro El mito de la monogamia. También aseguran que el inconsciente biológico es la parte responsable de elegir a la pareja, a pesar de que la selección parece llevarse a cabo mediante decisiones totalmente racionales. Creemos que una persona nos atrae por su físico o por su carácter cuando es el inconsciente diciendo “tiene buenos genes”. El gusto por personas de culturas o razas distintas a la nuestra se da porque el inconsciente sabe que la mezcla de genes enriquece a la especie.

 

Esto no significa que la monogamia sea imposible, como tampoco implica que luchar contra la naturaleza sea malo. Los tumores, los virus y las bacterias son naturales, y no tenemos problema en combatirlos. En una entrevista para el programa Redes, Judith Lipton declara: “La monogamia es posible, como el arte, pero no es natural; es más natural un modelo sexual en el que la gente encuentre una pareja, haga promesas que luego rompa, se produzca un abandono, a alguien se le rompa el corazón, luego se hagan más promesas, haya más corazones rotos… lo natural es una retahíla de corazones rotos”.

 

Por otra parte, parece que la monogamia sí encaja en el proceso evolutivo después de todo. En 2013, investigadores de las universidades de Londres, Manchester, Oxford y Auckland estudiaron los comportamientos de 239 especies de primates, humanos incluidos. La conclusión fue que la fidelidad del macho surge como una forma de evitar los infanticidios. Cuando las hembras tienen que dedicar mucho tiempo a la crianza de sus hijos, no se muestran receptivas a volver a aparearse pronto. Es por ello que en algunas clases de primates, un nuevo macho que llega a la manada se encarga de matar a las crías y asegurarse que la hembra entre una vez más en celo.

 

La fidelidad del macho en este caso resulta importante, porque permanece con una sola hembra para defender a las crías y ayudar en su cuidado. Una especie bien protegida durante los primeros años de vida puede alcanzar un desarrollo cerebral que se vuelve cada vez más complejo. Las crías dependen de la madre por más tiempo mientras el proceso de aprendizaje se intensifica y se alarga de generación en generación.

 

La conclusión de este experimento no contradice necesariamente a lo expuesto en El mito de la monogamia. Podría evidenciar los primeros vestigios de una racionalidad en formación, la misma que hoy nos da la facultad de luchar contra nuestros instintos si así lo decidimos. Es decir, quizás en un momento de la historia nuestros antepasados cuidaron a sus hijos de tal manera que propiciaron una evolución de la conciencia hasta convertirnos en lo que hoy somos: seres capaces de evaluar nuestra propia existencia y el papel que juega la fidelidad en esta, analizar el concepto y contemplar la gran paradoja que hay detrás de todo esto. Nos heredaron la aptitud de resolver hacia dónde queremos ir en lo amoroso o en cualquier otro ámbito, y decidir si lo nuestro es rebatir o estar de acuerdo con la sociedad, con los valores culturales o con la misma naturaleza.

Somos libres de tomar la firme decisión de existir y sumergirnos en la profundidad de las posibilidades que se abran en el trayecto, así se trate de mover un dedo, de comer una hamburguesa o de construir una sociedad que proponga maneras nunca antes vistas de relacionarse con la gente. La evolución nos dio el regalo de asumirnos como individuos conscientes de que la fidelidad a nuestra vida y a nuestra esencia cambiante, nos permite forjar la realidad propia como la queramos. Otra cosa es la dificultad y el reto que suponga lograrlo. Se vale rajarse, pero también es pertinente encarar las consecuencias que conlleva cada renuncia. Podemos elegir ser fieles o infieles, podemos elegir no elegir nada, pero asumir la determinación y lo que con esta se presenta es lo que marca la diferencia entre quienes viven la vida en piloto automático y quienes prefieren marcar su propio rumbo. Por lo demás, siempre hay algo que a todos nos trasciende como personas.

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