HABITANTES

Artista del engaño

Diego Winburn no tiene noticia de que en México exista otro mago como él; fui a entrevistarlo para hablar de las trampas que nos puede jugar el cerebro y acabé creyendo que la magia sí existe

Por EUGENIA COPPEL  / Fotografía y video: EUGENIA COPPEL

Print Friendly and PDF

Diego Winburn me leyó la mente. A menos que haya tenido una pequeñísima cámara oculta, colocada estratégicamente en su limonada antes de que yo llegara a nuestra cita, el mago entró en mi cabeza y puso en su boca la palabra que estaba pensando.

 

La conversación, sostenida en la terraza de un café, se conducía hasta entonces por los caminos donde se encuentran la magia y la ciencia. Me explicó lo sencillo que es engañar al cerebro e hizo un par de demostraciones obvias. Creí que no sería tan fácil que pudiera engañarme. La magia, después de todo -pensaba yo-, es una cuestión de atención.

 

Mi radar contra charlatanes se activó cuando Diego comenzó a hablar de mentalismo y energías.

 

─La magia de close up es una de mis especialidades. También me encanta el mentalismo y la telequinesis.

─¿Qué significa eso? ─pregunté escéptica.

─Mover objetos sin tocarlos, levitar cosas, leer la mente ─contestó tan tranquilo─. Pero ése es otro nivel. Conozco a magos que no se meten ahí porque les da miedo.

─Pero... para hacer eso también hay trucos, ¿no?

─Tiene su técnica ─respondió─. No siempre es algo lógico o explicable pero hay una forma de llegar a hacerlo.

 

Seguramente notó mi escepticismo y preguntó:

 

─¿Quieres ver?

 

Sacó una de sus tarjetas de presentación, aparentemente de la nada, y me pidió que pensara en el nombre de una persona importante para mí. Lo hice. Después me indicó que lo escribiera en la tarjeta mientras él permanecía de espaldas a varios metros de la mesa. Cuando volvió, yo sostenía el papel doblado en mi puño cerrado. Diego me apretó la otra mano y me ordenó que lo mirara fijamente mientras yo imaginaba la inicial del nombre. Me concentré en visualizar la letra al mismo tiempo que pensaba en que aquello era una gran trampa. Ignoro si también habrá leído eso.

 

─Siento que es una energía masculina ─dijo─. La primera letra es una A.

 

Aunque todo era correcto, había prometido adivinar la palabra completa. Y entonces, después de un chasquido de dedos, pronunció el nombre que desde hacía unos minutos repetía en mi cabeza.

 

─¿En serio? ─fue lo único que atiné a decir.

─En serio─ me contestó divertido.

─¿Cómo es posible?

─Es mentalismo: una de mis técnicas favoritas. Es una joya.

 

Diego me contó que ha adivinado nombres como Muñuñi y otras palabras que no existen. Con un proceso similar, tuvo una breve incursión en el arte contemporáneo: el artista Álvaro Ugarte imaginó un murciélago en su cabeza y, sin comunicación oral de por medio, Diego lo dibujó con una pluma morada en un pedazo de tela. La pieza colaborativa se titula Just with the thought of it (Sólo con el pensamiento).

 

***

Diego es guapo como estrella de cine. Si apareciera en una película de Hollywood, podría ser el galán árabe de un amor prohibido en el Sahara. Piel morena, cara alargada, labios finos, barba a medio crecer. Sus ojos, entre verdes y azules, están entrenados para atrapar a sus presas. The gaze, o La mirada, es una de las materias que se estudian a fondo en la maestría en Manipulación del Escenario, que cursó en Los Ángeles.

 

Él está convencido de que es el único buen mago de México. El “arte del asombro” -como define a su oficio- no se ha desarrollado en esta parte del mundo, quizá porque casi nunca faltan cosas de qué asombrarse. Por eso, después de muchos años de ser autodidacta, Diego se fue al extranjero para aprender con los mejores. No ignora la existencia de Chen Kai o el mago Frank, pero tampoco oculta un ligero desdén hacia esos personajes: ellos no han tenido el privilegio -como él- de ingresar al verdadero y exclusivo “círculo de la magia”.

 

Diego se enamoró de la idea de ser mago cuando era niño. Su hermana fue su primera espectadora y David Copperfield, su primer ídolo. Pero el hombre que logró que su hobbie se convirtiera en obsesión fue David Blaine, pionero en la práctica de la magia callejera para la televisión. Él pensaba que si Blaine era capaz de hacer aquellos trucos increíbles, él también lo sería. Magia era lo único que quería pensar y hacer.

 

Pero cuando llegó el momento de elegir una carrera, Diego no creía que se pudiera vivir de ser mago. Entonces comenzó a estudiar Teatro y Ciencias Ambientales en una universidad en Illinois. Nunca terminó. A su regresó a México se puso a trabajar en una escuela de idiomas al mismo tiempo que hacía más intensas sus mayores búsquedas personales: la de la espiritualidad y la de la magia.

 

***

En un día normal, Diego se despierta y realiza una sesión de meditación de aproximadamente una hora. Después, si no tiene otro compromiso, se dedica por completo a sus trucos: quizá practica algún juego de cartas o se pone a levitar una moneda entre sus manos.

 

Todos los viernes y sábados por la noche se traslada hasta Santa Fe, el distrito de la capital que es al mismo tiempo, el centro financiero del país y una de las zonas más marginadas de la ciudad de México. El espectáculo sucede en la parte comercial, en un centro de entretenimiento que también cuenta con varios restaurantes y una pista de boliche. El mago hace trucos de una mesa a otra y deja con la boca abierta hasta al comensal más incrédulo.

 

La magia es un lujo y Diego no tiene problema en aceptarlo. Desde 2012 vive de hacer unos cuántos espectáculos fijos a la semana y algunos eventos especiales. Como hace poco, cuando lo contrató un viñedo en Ensenada para amenizar su fiesta de aniversario. O como hace un par de años, cuando fue llamado por la cadena NatGeo para protagonizar dos episodios de la mini serie Juegos Mentales.

 

A sus 30 años, Diego está viviendo un sueño.

 

Cree en el poder de la mente y la intención: no tiene ninguna duda en que el mundo material es una manifestación de nuestros pensamientos. De esto quedó definitivamente convencido después de realizar un retiro de meditación de seis meses, antes de apostar todo por la magia. En Uruguay aprendió a meditar con el sistema de Isha, una mujer originaria de Australia que antes de convertirse en gurú espiritual se dedicaba al canto y a entrenar caballos de carrera, hasta que cayó en la cuenta de que nada en el mundo exterior podía hacerla realmente feliz. Algo similar sentía Diego antes de partir hacia el sur en busca de la paz permanente.

 

─¿Esta práctica de meditación ha potenciado tu magia? ─le pregunté.

─Ha influenciado muchísimo, porque he aprendido a desarrollar la capacidad de enfocarme y concentrarme en mi propia energía. El mundo es un espejo: lo que hago conmigo lo hago con los demás. La manera en que controlo mi energía me permite controlar a alguien más.

 

─¿Estás de acuerdo, entonces, en que eres un manipulador?

─Totalmente ─respondió de inmediato.

 

***

Nuestro cerebro nos engaña y los magos lo saben desde hace siglos. Lo dijo Buda hace 2 mil 500 años y los neurocientíficos comenzaron a documentarlo hace apenas unas décadas: el único instrumento de cognición con el que contamos está limitado para percibir la realidad.

 

─La gente no se da cuenta de nada ─me dijo en otro momento Diego, quien también define la magia como un equilibrio entre tensión y relajación. Según él, cuando logra que sus espectadores se relajen, podría hacer desfilar a un elefante y ellos no van a darse cuenta.

 

Ese particular fenómeno ─uno entre muchos trucos que nos juega la mente─ se conoce como “ceguera por desatención”. El término se refiere a cambios grandes que el cerebro no percibe aunque la información haya entrado por el ojo. Nuestra atención está diseñada para concentrarse en un solo punto y los magos lo utilizan a su favor.

 

Un ejemplo típico está en aquel video en el que un hombre vestido de gorila pasa desapercibido en una escena donde seis chicos juegan a la pelota. Aunque atraviesa la pantalla de lado a lado el espectador casi nunca lo ve, ya que está concentrado en contar los pases de uno de los equipos, como se le indica al principio del ejercicio.

 

─La mente se pierde y no sabe qué pasó ─me dijo el mago, que a continuación utilizó la metáfora de un puente para explicar ese momento en que te preguntas cómo diablos sucedió lo que acabas de ver─. Un buen mago te lleva de la mano por ese puente: desde donde inicia la magia hasta donde termina. Y cuando llegas al final te das cuenta de que no hay una sucesión lógica. Que no hay un puente.

 

Diego recurrió a otro truco para probar su punto. Me pidió que sacara una carta de la baraja y la firmara con un plumón indeleble: la carta que escogí fue el siete de diamantes. La doblé en cuatro partes y la sostuve entre mis dientes mientras vi cómo él, a su vez, firmaba su propia carta: el rey de tréboles. Él también la dobló y simuló tragarla. Pero cuando salió de su boca ya no era su firma, sino la mía, y entre mis dientes estaba su carta.

 

***

“Un mago es la persona más honesta: te dice que te va a engañar y lo hace”. La frase es de El increíble Randi, un legendario mago que quizá conocerán los suscriptores de Netflix. El documental An Honest Liar, disponible en la plataforma de películas por streaming, narra cómo este hombrecillo, con barba blanca de mago Merlín, se ha dedicado a desacreditar a quienes van por la vida presumiendo poderes extrasensoriales.

 

Entre sus víctimas más notables estuvo Peter Popoff, un telepredicador autoproclamado profeta que en los años 80 atraía enormes públicos con la promesa de sanación inmediata. Hasta el día en el que James Randi descubrió su método y lo expuso públicamente: quien le pasaba la información de sus espectadores no era Dios a través de una conexión psíquica, sino su mujer a través de un chicharito.

 

Pero su más acérrimo enemigo, al que dejó en evidencia la mayor cantidad de veces, fue el ilusionista israelí Uri Geller, que aparecía en la televisión doblando cucharas “con la mente” a diestra y siniestra. Randi aprovechaba cada oportunidad para dejarlo en evidencia ante el público.

 

Tan seguro está el increíble Randi de que no existe tal cosa como los poderes psíquicos, que hasta la fecha ofrece un millón de dólares a quien vaya y le demuestre lo contrario.

 

Diego Winburn conoció a Randi en The Magic Castle, una casa en Hollywood con forma de castillo, que es la meca de la magia en el mundo. Ahí se encuentran las cenizas de Dai Vernon, el único mago que logró engañar a Harry Houdini.

 

─Es el club de magos más increíble y único en el mundo ─me contó Diego emocionado, quien desde antes de estar ahí, soñaba con sólo llegar a pisar aquel lugar. Lo logró al poco tiempo de haber aterrizado en Los Ángeles, donde estudió en The Chavez Studio of Magic. Su maestro particular se presentaba algunas noches en aquel exclusivo escenario.

Al final de ese periodo en el extranjero, Diego no sólo estuvo en The Magic Castle ─también conocido como The Academy of Magical Arts─ sino que se convirtió en uno de sus miembros oficiales. Para lograrlo, debió pasar por un par de entrevistas y realizar un acto de magia frente a ocho de los mejores magos del mundo.

 

No me contó cuál fue el truco que ejecutó ante aquel jurado, pero a mí me dejó perpleja después de pedirme que me quitara los lentes e hiciera que se desplazaran por el piso sin tocarlos.

 

─Deberías ir a reclamar el millón de dólares con el increíble Randi ─le dije. ─Seguro que te lo ganarías.

 

Diego no hizo más que reírse.

Print Friendly and PDF

Territorio

¡Suscríbete!

Casa

Recibe reportajes, crónicas, entrevistas, 
0 invitaciones especiales a nuestros eventos.

Común

Plural

Tienda

© 2017 Territorio.

Contacto: redaccion@territorio.mx

Enviando formulario...

El servidor ha detectado un error.

Formulario recibido.