HABITANTES

Arquitecto de utopías

Miki Aldana es dibujante, empresario, ambientalista, meditador, esposo, papá, abuelo y fundador de la vecindad ecológica Los Guayabos. El que pretendía ser un proyecto de vida comunitaria hace 35 años, funciona hoy como reserva natural en un bosque amenazado por el crecimiento de Guadalajara

Por EUGENIA COPPEL /

Fotografía: EUGENIA COPPEL y RAFAEL REYNAGA

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Miki tiene 70 años y una barba larga de viejo sabio. Vive en una casa de piedra y madera en medio del bosque, por donde rondan gallos, gallinas, pavorreales, guajolotes, caballos, un pastor alemán que se llama Aquiles e infinidad de ardillas que aprovechan cualquier descuido para asaltar las huertas. Todos los martes y jueves, Miki sale a montar por el campo con Martín, su caballerango.

 

Miguel Aldana Martínez es el primogénito de Elena Martínez y Miguel Aldana Mijares, el pintor e ingeniero: autor de obras como la antigua central de autobuses de Guadalajara, la Rotonda de los Jaliscienses Ilustres y creador del Centro de Arte Contemporáneo (CAM). Miki, como le dicen casi todos, es arquitecto, dibujante, empresario, ambientalista, meditador, esposo, papá, abuelo y fundador de la Comunidad Ecológica Los Guayabos.

 

La colonia de calles empedradas y casas de adobe existe desde hace 35 años en las orillas de El Nixticuil, uno de los tres bosques nativos de Zapopan. Guayabos abarca 12 de sus 1,591 hectáreas y está poblado por unas 50 familias, además de muchos robles, pinos, encinos, coyotes, zorros, roedores, aves e insectos. El reglamento de la comunidad prohíbe fumigar, y sugiere reubicar  -en lugar de matar- a los alacranes güeros que suelen aparecer por las casas.

 

En la mitad de sus treinta, Miki imaginó un espacio habitacional que tuviera al mismo tiempo las bondades del campo y las ventajas de la ciudad. Una especie de oasis próximo a Guadalajara pero con sus propias dinámicas; una alternativa al trabajo esclavizador que exigía el sistema capitalista. Las familias se organizarían en comités para repartirse las labores del trabajo doméstico, como lavar la ropa, hacer la comida y encargarse de los niños. Algunas actividades económicas, como la siembra, se podrían hacer al interior del fraccionamiento, y las aportaciones para el mantenimiento serían voluntarias.

 

Luego la utopía hizo honor a su nombre y el proyecto no resultó como había sido puesto en papel, pero sí logró adaptarse con el tiempo a las posibilidades de sus antiguos y nuevos miembros. Hoy funciona como una pacífica comunidad de vecinos, y también como una reserva ecológica al interior de un bosque amenazado por el proceso de urbanización formal e informal en la zona.

Mica, la cocinera, alimenta a las gallinas del jardín con tortillas de maíz / E. Coppel

Para llegar a Los Guayabos desde el centro de Zapopan, hay que dirigirse hacia Tesistán por la antigua avenida Laureles. Es mejor evitar las horas pico del tráfico, elevado a caos vial desde que arrancaron las obras para la línea 3 del Tren Ligero de Guadalajara. Los gigantes verdes que daban nombre y sombra a los ocho carriles de asfalto fueron sustituidos por unas columnas gordas, de entre seis y 14 metros de altura, que sostendrán el tren elevado.

 

Ahora la avenida se llama Juan Pablo Segundo, y hay que recorrerla hasta pasar el anillo periférico. Luego dar vuelta a la derecha en el camino que lleva al Hospital Ángel Leaño, donde comienza una brecha mayormente empedrada: un camino cada vez más transitado, repleto de parches y hoyos, que continúa aún después del viejo portón de madera de entrada al condominio. En un día tranquilo, recorrer el trayecto descrito tomaría unos 25 minutos en auto.

 

La cita que originalmente era al mediodía se cambió a las 10 de la mañana por petición del entrevistado. El plan, propuso por teléfono, era desayunar unos “huevitos de sus gallinitas”, primero, después hablar sin prisas, como le gusta, y en la tarde recorrer el predio a caballo, porque es jueves.

La terraza-invernadero en la segunda planta de la casa de Miki / E. Coppel

Miki regresó hace poco de Houston, Texas, donde tuvo que someterse a una operación de corazón abierto. Marucha, su mujer, decidió tomar medidas y llevarlo a descansar a Chapala, pues si se queda en Guayabos no se está quieto. Así que la primera pregunta es por su salud. Él se apresura a decir que está bien para luego pasar a temas más interesantes, como los cocuixtles recién cosechados que quiere que pruebe, o la población de gallos y gallinas que habitan su jardín, o los proyectos que tiene en marcha en el “bosquecito”: una huerta de plantas medicinales y unos criaderos de peces.

 

Desayunamos en una cocina oscura y separada del resto de la casa; la primera que se construyó en Los Guayabos. Mica, la cocinera durante 27 o 28 años, hace tortillas a mano junto a la mesa. Miki principalmente habla. Los vaivenes de su plática lo llevan a recordar la secundaria, cuando era campeón de todos los deportes en el Instituto de Ciencias; y el año posterior, cuando se fue a estudiar a la Canadá francesa y a trabajar con niños en un campamento de verano; y el día en que instaló una barra de gimnasia en la universidad jesuita ITESO, donde fue parte de la segunda generación de arquitectos.

 

Cuando terminamos con el coctel de frutas, los tacos de frijoles, las pellizcadas de masa y los huevos con hoja santa del jardín, nos mudamos al calor del invernadero de la segunda planta: una terraza cubierta de vidrio y rodeada de verde. Antes atravesamos una sala donde abundan imágenes de líderes espirituales tibetanos e indios; la meditación ha sido una de las influencias más importantes en la vida de la familia y en la fundación del proyecto comunitario.

 

Miki y Marucha nacieron y se criaron en entornos mayormente católicos, pero se acercaron muy jóvenes a las filosofías orientales gracias a un grupo de estudio integrado por el ingeniero Aldana y otros destacados personajes tapatíos. Después de mucho buscar, la pareja se quedó con las enseñanzas del gurú Baba Muktananda -fundador de la disciplina Siddha Yoga-, e incluso pasó un año con sus dos hijas pequeñas en su monasterio de la India.

 

En honor al maestro, Miki y su mujer construyeron un centro de meditación en la calle Sao Paulo: la misma donde hoy se levantan 24 pisos de un centro comercial de lujo que además es restaurante y hotel con helipuerto. En esa calle empedrada, donde también fue el despacho de arquitectura de Miki, comenzaron a reunirse los amigos que después se convertirían en socios para poner en marcha la utopía.

 

Otras fuentes de inspiración para la nueva forma de vida fueron los kibutz, en Israel, y una novela escrita por el psicólogo Burrhus Frederic Skinner. En Walden Dos, Skinner narra la historia de una comunidad que se ayuda de las ciencias de la conducta para resolver los problemas de su vida campirana. Aunque fue escrito en 1948, el libro del conductista no fue popular sino hasta “la época de los hippies”, dice Miki.

 

Skinner se había inspirado, a su vez, en la obra del filósofo estadounidense Henry David Thoreau, cuyos dos escritos más conocidos son La Desobediencia Civil (1849) y Walden (1854): libro de cabecera de Gandhi y Martin Luther King, el primero; y un ensayo donde el autor narra la experiencia de vivir en el bosque de forma autosuficiente, el segundo.

 

Miki se declara admirador de Thoreau. El filósofo graduado de Harvard pasó un tiempo en la cárcel por no pagar sus impuestos, pues se negaba a contribuir con una guerra entre Estados Unidos y México que consideraba injusta. Años después se retiró en el bosque durante dos años “para enfrentar sólo los hechos esenciales de la vida”, escribió en el que se considera el primer ensayo ecológico. Construyó una cabaña cerca del lago Walden, en Massachusetts, para demostrar que se podía vivir en la naturaleza sin necesidad de ser un esclavo de la sociedad industrial.

Miki Aldana / R. Reynaga

Miki hace aspavientos con las manos mientras cuenta todo esto en una narración más bien desordenada. Él mismo había advertido desde el desayuno sobre su charla locuaz:

 

─Asi soy yo en las divagadotas: me acuerdo que una vez le dije a Jorge (...), el hijo de Irma (...) ¿lo conoces? [No] Él estudió literatura, entonces le dije una vez ‘fíjate que tengo un problemita. Acabo de leer algo de Saramago’, el ciego o algo así...

 

─Ensayo sobre la ceguera.

 

─Sí ese, entonces le dije, ‘siento cierta afinidad con Saramago: Shanti mi hija me reclama que ando con muchos rodeos’. Porque para explicar que esta cuchara la dejé aquí, te cuento que la cuchara tiene un origen de un material de Tailandia y etcétera, y Saramago también así le hacía...

 

Dicho esto, Miki hace alusión a Saramago cada vez que se da cuenta que perdió el hilo de la conversación original. Y sucede con frecuencia.

 

A la una en punto se escucha el timbre de un interfón que nadie atiende, y minutos después aparece otra chica que trabaja en la casa. Viene para traer una medicina en gotero que el señor debe tomar por instrucciones de la señora, y para avisar que el caballerango nos espera.

 

Quizá la última vez que monté a caballo fue la primera de las tres temporadas que viví en Los Guayabos desde 1996. Pero Miki me da unas instrucciones y me dice que no me preocupe, que “el caballito sabe". Aún así batallo para controlar al animal, mientras el anfitrión se las arregla para guiar la expedición por caminos entre la hierba que no existen y al mismo tiempo hablar por radio con Evaristo, uno de los empleados de Guayabos. La comunicación transcurre así:

 

─Aquí donde están los roblecitos, ya casi todos los que se enmacetaron están secos. Acuérdate que es muy importante juntarlos y regarlos, y llevarlos al vivero para que los estén regando allí. Ahorita son muy sensibles a que se sequen. Cambio.

 

─Sí, arqui. Ahorita mismo voy por ellos, cambio.

 

─O ahí cuando acaben, cambio.

 

─Yo no sé porque razón, pero se me pasó, arqui, ahí disculpe.

Miki guía la expedición montado en El Güerito; en primer plano, aparece la cabeza de El Cariñoso. / E. Coppel

La reforestación es una labor que se ha hecho en el terreno desde que fue adquirido, a principios de los años 80. Cuenta Miki que, antes de encontrarlo, él y sus socios buscaron mucho por distintas zonas periféricas de la ciudad. Y que al final se decidieron por este gracias a que el antiguo dueño -”un señor influyente en el rastro de Zapopan”- les permitió pagarlo a diez años sin intereses.

 

Desde el inicio se estableció, y se ha mantenido, que sólo una tercera parte de la mancomunidad podría ser de uso privado y el resto sería para uso comunitario. Otros principios fundacionales no resistieron el paso de los años, como el que establecía que cada propietario aportaría lo que estuviera en sus posibilidades para el mantenimiento. Muy pronto los socios se dieron cuenta de que era una idea complicada e injusta.

 

Miki había hecho un patrimonio propio durante el tiempo que se dedicó a la construcción y venta de viviendas en la ciudad. Un negocio del que decidió retirarse a los 35 años para desarrollar Los Guayabos, casi 15 menos de los que tenía su padre cuando dejó de hacer obra pública y privada para dedicarse de lleno a la pintura.

 

Pero la obra personal de Miki Aldana continuó en Los Guayabos, donde ha construido más de una decena de casas, las áreas comunes y un sistema propio de drenaje. El sistema municipal no llega al fraccionamiento, de modo que, por regla, cada casa cuenta con una fosa de tratamiento anaeróbico: las bacterias se encargan de filtrar el agua y enviarla a la presa, donde se suma al agua de lluvias para el riego. Por eso está prohibido que los guayabenses utilicen cloro, detergente y otros productos de limpieza tóxicos para el medio ambiente.

R. Reynaga

Cada casa se encarga de contratar sus servicios de luz, cable, telefonía e Internet. El conjunto no cuenta con alumbrado público y a los conductores que llegan por la noche se les sugiere avanzar por la negrura únicamente con sus luces intermitentes. La intención es molestar lo menos posible a la fauna.

 

En 35 años, todo de personajes han pasado por Los Guayabos. Algunos más conocidos, como el cineasta Antonio Urrutia, nominado a un Óscar; el músico Ugo Rodríguez, de la banda Azul Violeta; el videoasta Yojanan Montaño, ganador del Premio Jalisco de Periodismo en 2013; el artista plástico Gibran Julian o el fotógrafo Rafael Reynaga.

Cabalgando / E. Coppel

Miki no para de hablar durante el paseo a caballo, aunque a veces sea imposible escucharlo. Señala las especies que encontramos por el bosque; me muestra la cantera de la región, con la que construyeron la basílica de Zapopan; explica los mecanismos de las múltiples presas y puentes que él mismo ha construido en una zona de barrancas; se detiene para alimentar con tortillas de maíz a los gansos egipcios y a los guajolotes.

 

Sin atravesar ninguna barrera física salimos de los límites de Guayabos, y cabalgamos en un terreno contiguo que Miki compró hace poco con el apoyo de socios nuevos. Él sólo tiene el 10% de la propiedad pero, al ser el promotor de la transacción, logró que el resto firmase un acuerdo para que únicamente un 12% de las 100 hectáreas sean construibles.

 

El arquitecto tiene cientos de ideas para el nuevo espacio. Incluso proyectos en papel de viviendas ecológicas que explica con todo y las medidas de las habitaciones, las ventanas y las jardineras. También habla de hacer obra pública en el Tigre, una colonia popular ubicada en las afueras del fraccionamiento y de crear un grupo de reflexión y acción urbana en la casa de la calle Sao Paulo, con gente interesada en construir ciudad de una manera más sustentable.

 

─Puedo hacer todos esos proyectos o quedarme contemplando la hoja de la palmera todas las tardes ─dice sin bromear Miki. El arquitecto se encuentra en un proceso de reflexión sobre qué sería más importante a sus 70 años, ahora que su corazón ha decidido concederle un segundo aire.

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