ENCUENTRO

Anúk Guerrero y el poder de
un ente que transita en libertad

 

Se desnuda, grita, baila, forcejea, deja que la cuelguen y se corta la piel; en sus actos hay sangre y blasfemia, pero mas allá del morbo que puedan suscitar, está el manifiesto de un cuerpo que no se deja domar por las restricciones del mundo que le tocó habitar. Ella es Anúk Guerrero y esta es su manera de vivir el arte del performance.

Por JAVIER ANGULO / Fotografía: ABRAHAM PÉREZ

A un par de cuadras del Parque Morelos, en la calle Venustiano Carranza, se encuentra un lugar con una fachada que resalta en medio de la violencia que escupe el centro de Guadalajara. Tal como si fuera un oasis en medio del desierto, una pared cubierta de enredaderas resguarda una casa que más que casa es un conjunto de cuartos unidos por un enorme jardín con una estética del siglo pasado, donde vive una muchacha que una vez se desnudó en la calle y se dejó azotar con una vara por quien quisiera golpearla. Ella es Anúk Guerrero y no es una persona normal. No lo es para una ciudad donde la mayoría de la gente vive bajo una serie de límites que ella rompe cada vez que está en lo suyo. “Me refiero a estos aparatos políticos, gubernamentales, religiosos, culturales, que hacen que las personas tengamos que actuar de cierta manera, tengamos que cumplir con ciertas normas, y esa normatividad es la que hace que los cuerpos estén esclavizados a patrones de conducta que tienen que realizar el resto de su vida”, explica.

 

Anúk estudia en la Escuela de Artes Plásticas de la Universidad de Guadalajara, y se dedica al performance. Dentro de esta actividad encontró la vía para canalizar en un inicio la ira contenida durante años, y hacer de su físico un espacio de resistencia y una postura política. Anúk dice: “tú naces, eres mexicano, sexo femenino, religión católica, y así te van sumando miles de signos que tú no sabes por qué pero ya los tienes de facto, entonces eso no es realmente una garantía individual, no tiene que ver con los derechos ni con la libertad de nada”. Apelar por su derecho a la existencia, a la libre creencia, o incluso a la no creencia, es lo que le da el poder del cuerpo entregado al performance, un medio para vivir su verdad interna de la manera más intensa posible. Como la vez que se bautizó a sí misma en un acto que llamó “Santísimos Sarcasmentos”. Vestida de negro y tras haber ejecutado una danza ritual al ritmo de un blues acústico, Anúk se colocó unos ganchos en los párpados y se sentó dentro de una olla de aluminio con las piernas abiertas hacia afuera, tomó una veladora encendida y fue arrancando chiles que la veladora tenía encajados para comérselos uno por uno. Luego se talló los ojos con el mismo picante que le había quedado en las manos, mientras recitaba una oración que entre otras palabras decía “virgen prudentísima, ruega por mí”. Su voz se estremecía y su cuerpo sudaba. Lo que ocurrió después fue subiendo de tono en intensidad y extrañeza. Se encuentra en Youtube para quien tenga la curiosidad.

 

El acto “Epifanías Inversas”, que ejecutó el pasado mes de abril en el zócalo de la Ciudad de México, también habla de su inclinación por deconstruir el imaginario religioso y provocar al mismo tiempo. Con las campanas de la Catedral Metropolitana resonando en el fondo, Anúk y un grupo de colaboradores montaron una especie de liturgia con cráneos, flores de cempasúchil y ella sentada en cuclillas en el centro de la escena, con la cabeza cubierta con una tela púrpura (color que se utiliza en la iglesia Católica durante la Semana Santa) y tocada con una corona de espinas. Para ella el performance es una realidad paralela, una extensión de su presencia y el momento más feliz. “Es cuando más presente estoy porque requiero de mucha concentración y entrega, muchas cosas que en la cotidianidad se nos van porque no nos sometemos a estas trampas, ya tenemos una zona de comodidad”, platica. “Todo está como con una lupa, observándose en grandes medidas, no puede haber algo indiferente para los demás ni para nosotros mismos, entonces eso para mí es el mayor momento de verdad en mi vida”.

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La batalla contra el arraigo

 

“Mi mayor misión de vida, o el aprendizaje que tengo que vivir, es esa cuestión de no ser apegada, pero sí lo soy, por eso mismo me puse ese nombre, porque es una manera de recordarme que el apego nos inmoviliza, nos paraliza. Lo contrario a eso es ser alguien libre que puede transitar por cualquier espacio sin sentirse mal de abandonarlo y esa cuestión todavía me cuesta mucho”.

 

En algún momento, Mariana Guerrero decidió llamarse Anúk, que significa “nómada”. Ella nació en Querétaro en 1990 y pasó parte de su infancia en San Miguel de Allende. Estudió en escuela pública y en colegio Montessori, además de pasar por una escuela de monjas. Al ser hija de arquitectos, tuvo acercamientos al arte desde niña. Para ella, la identidad no se puede delimitar únicamente por una cuestión territorial, pero resultaría imposible crecer en el bajío y no salir de ahí con ciertas marcas en la personalidad. “He visto mucha opresión respecto a la moral, la doble moral, aquí en Guadalajara también hay muchísima pero existe esta idea de la moralidad que rige los sistemas de conducta, en ciertas zonas se potencializa y Querétaro es un terreno fértil para eso”, comenta.

 

Al crecer y encontrarse con sistemas opresores que le ponen el dedo encima y le dicen lo que no debe hacer, es cuestión de tiempo para que canalice la frustración a través de distintos experimentos que inicia en 2010 junto a su colega Felipe Osornio, mejor conocido en el ambiente del performance como Lechedevirgen Trimegisto. Ya en Guadalajara, al entrar a la universidad, es cuando detona su actividad profesional en este rubro, con presentaciones y talleres en diferentes estados de la república, colaboraciones con otros artistas y presentaciones en foros emblemáticos de la escena como el Ex Teresa Arte Actual en el Distrito Federal.

 

Cualquiera que no esté familiarizado con este tipo de actos podría pensar que Anúk está loca. Incluso ella, sin caer en el romanticismo del artista excéntrico de origen, admite: “yo nací medio rarita de alguna manera”. Pero en persona es bastante amable y muy tranquila. Mientras cuenta su historia, nos lleva a recorrer algunas de las calles por las que anda cuando llega a salir, porque sale poco. Dice que prefiere aprovechar el tiempo en casa, trabajando en su siguiente pieza. Le gusta conjugar el aporte de otras disciplinas a la hora de concebir su obra. Doctores, electricistas y enfermeras le han ayudado a realizar algunas de sus puestas en escena. Caminamos por el mercado Alcalde y por la calle Manuel Acuña. Unos tipos nos preguntan si necesitamos comprar medicinas sin receta. Cerca del Santuario, Anúk pasa a saludar a un amigo que trabaja en un taller haciendo piezas de vidrio en diferentes técnicas. Se ponen de acuerdo para colaborar en una presentación que se avecina.

 

A unas cuadras de ahí, en la calle Hospital, se encuentra el foro El Embarcadero, donde Anúk impartió el taller Ritual Contact el verano pasado, tres semanas de trabajo en las que expuso conceptos como la auto-intervención física y psíquica, así como la desobediencia social y lo que ella denomina Psicorpología: “es un estudio constante de un devenir como personas en nuestra existencia, o sea, cómo nos vemos en el quehacer performativo ante estas herramientas que yo propongo, tiene que ver  con la mente, cuerpo, espacio, dispositivo, enmarcados en el terreno del performance”, explica. Su forma de trabajo, dice, siempre ha sido explosiva, intuitiva y empírica, y es ahora que se ha dado a la tarea de sustentar sus piezas con más análisis y reflexión: “quisiera llegar a ese equilibrio sin perder los impulsos y la capacidad creadora del cuerpo”.

 

“Me interesa transgredirme porque eso hace que me salga de mi zona de confort, entonces el dolor para mí no está visto desde un esquema moral donde implica hacerte daño. El dolor provoca ciertos estados alterados en mi persona, afecta sensorialmente en mi sistema de percepción, y al infringirlo sobre mi cuerpo tiene lugar un efecto que es para mí un microlaboratorio de experimentación, es un estado de creación y desde ahí es donde yo lo hago. Al dolor me interesa controlarlo, busco que no sea una manera de victimizarme, más bien intento que sólo sea la dosis necesaria para que cosas se detonen tanto en mí como en los demás”.

Como carne podrida

 

Para la pieza llamada “Como carne podrida en un gancho”, Anúk se presentó desnuda del torso, con una corona de plumas y cuernos de buey, y una boa sobre sus hombros. Después de bailar y jugar con la serpiente, la artista fue colgada de cabeza mediante un arnés para quedar junto a una res desollada, con la cual inició un agresivo forcejeo que a la vez se veía como una danza. Cuando la bajaron, se acostó y varias personas derramaron miel y se la untaron por todo el cuerpo. La desnudez aquí funciona más como un medio para enunciar una idea que para transgredir sin una razón en específico, una forma de expresar el desacuerdo con los lineamientos que la sociedad ha impuesto como lo que se entiende por ser mujer. “Siempre a una mujer desnuda se le va a tomar como una puta y a mí me interesa trabajar sobre esa sexualidad explícita, esa erótica del cuerpo y de la acción, me siento empoderada aunque parezca contradictorio”.

 

Además de los actos en vivo, Anúk ha realizado varias sesiones de foto-performance, donde protagoniza imágenes de una estética oscura que parecerían formar parte de un videoclip de una banda de rock industrial. Su gusto por el ocultismo es porque lo más evidente, lo que está a la luz de todo el mundo, es lo que le produce más desconfianza. “Me parece que lo oculto precisamente esta hermético porque son conocimientos importantes que no se quieren ver o no quieren que los veamos, son la llave del conocimiento hacia portales de mayor conciencia para el ser humano, mayor libertad, mayor desarrollo”. Otro elemento muy presente en estas escenas es la sangre, el líquido que la hace sentir segura y poderosa y que si esta ahí, tiene que ser por algo. “Para mí es un estado de purificación y de limpieza porque finalmente es algo que emana del cuerpo y se queda impreso en alguna parte del espacio. Una vez intervine unos muros blancos para escalar en ellos y dejar el vestigio de la sangre, me corté los brazos, pasé por los muros y ya no quedó mi cuerpo, sólo quedó la impronta de él en el espacio, eso me aprece muy poético”, señala.

 

De esa predilección por el ocultismo sale el nombre de Nigredo Lab, la empresa mediante la cual Anúk y su mamá, Claudia Árcega, crean un espacio interdisciplinario para realizar eventos con la colaboración de diferentes artistas. Comparado con otras expresiones, el performance todavía tiene poca difusión en México, y desde Nigredo Lab se busca conquistar terrenos que lleven esta actividad a ser vista como un oficio. “Nunca se cuestiona si al dentista se le va a pagar cuando te saca una muela, y al artista que te presenta una pieza gratuita tampoco se le cuestiona por qué no cobró, entonces eso me transgrede bastante, no concibo de dónde las personas piensan de que vivimos”, comenta Anúk. “Creo que es un momento clave la generación en la que estoy, es un momento decisivo para formular otras hipótesis de formas de transitar por la vida”, agrega.

 

El cuerpo es el mecanismo de libertad más importante, y una educación que permitiera a los niños ser verdaderos dueños de su propio cuerpo causaría toda una revolución cultural. Así lo ve Anúk, y por ello piensa que el aporte de su obra como acción política se encuentra más en la intervención pública que en su participación en marchas a favor de causas en particular. “Aquí a la vuelta tenemos el Hospital Civil, que yo veo la negligencia médica que existe, tantas personas que están ahí sin atención, ese me parece un lugar pertinente para intervenir, seguramente si haces algo esas personas se van a cuestionar cosas”. La política panfletaria le molesta, la considera sectaria, mojigata, opresora y manipuladora. El voto nulo es su respuesta.

 

“Lo cotidiano se ha vuelto tan digerible que deja de ser sustancial para nosotros y no recordamos todos los detalles. Creo que no hay nada más verdadero que vivir con intensidad el presente, y creo que eso en el performance es lo que más ocurre”.

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