OTROS ÁMBITOS, OTRAS VOCES

Altata is yours

 

La cerveza fluye como agua de manantial en una playa habitada por vatos barbones y morras voluptuosas que bailan y cantan las historias de sus narcos favoritos. Lo que alguna vez fue un puerto de cabotaje abierto al comercio internacional, hoy es la exhibición de una cultura brava y poderosa que no la piensa dos veces para ocupar cualquier espacio que le guste; así se vive la Semana Santa en una hermosa bahía que es y no es propiedad de Culiacán, Sinaloa.

Por JAVIER ANGULO / Fotografía: JAVIER ANGULO

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Mi generación nació en una ciudad que se apropió de una playa. Nos queda a sesenta kilómetros, pertenece a otro municipio, pero la playa es nuestra. Si no fuera así, el ayuntamiento de Navolato no habría gastado 250 mil pesos este año en una campaña a la que se sumaron medios de comunicación, una marca automotriz y una cervecera, para colocar pendones y espectaculares con la leyenda “Altata es tuyo”. Los que somos de Culiacán, la capital de Sinaloa, crecimos acostumbrados a dar por hecho lo que afirma este eslogan, pero nunca profundizamos demasiado en la idea. En la Semana Santa de 2015, la bahía de Altata fue visitada por 500 mil personas que hicieron del renovado centro turístico toda una celebración a lo sinaloense, una fiesta de música de banda, mariscos, cerveza y mujeres hermosas, donde el hedonismo que flotaba en el aire se podía cortar con un cuchillo. De acuerdo con los responsables de la campaña citada, el 90 por ciento de esos visitantes son de Culiacán, y es sabido que a la gente de esta ciudad nomás hay que darle el terreno para que ocurra todo lo demás: un fenómeno social a partir de su legendaria forma de echar fiesta. El estereotipo del norteño atrabancado que se conoce en todo el país, encuentra aquí su punto más auténtico y actual, y se divierte a sus anchas como dueño de la casa en un campo pesquero que alguna vez fue invadido por un buque francés llamado Lucifer.

 

Hace varias décadas, Culiacán encontró la manera de conectarse con la playa más cercana a través de un camino en línea recta que desemboca en una pequeña y calurosa bahía. La gente adquirió terrenos, fincó casas y comenzó la tradición anual de pasar las vacaciones en ese lugar. Hoy en día, lo que mantiene activa la economía de Altata es en gran medida el dinero de Culiacán, y el gobierno lo sabe. En 2012, invirtieron 135 millones de pesos para los proyectos de remodelación que incluyen la rehabilitación de 240 kilómetros de carreteras y el reciente malecón en la zona principal de la bahía. La vieja orilla de la playa, donde sentarse a comer mariscos implicaba mojarse los pies con la punta de la marea, es hoy un boulevard peatonal a cuatro carriles con jardinería y alumbrado a lo largo de un kilómetro. Fieles a su poder innato de transformar los espacios, los culichis convirtieron esta área en el centro de la fiesta desde que se habilitó en diciembre de 2013.

Puro plebe arremangado

 

Ahora el malecón de Altata es la manifestación viva de una cultura en pleno movimiento. Este es el auge de una ciudad que cuenta con los medios para asegurarse al menos cuatro días de alegría colectiva sin pensar en nada más, aunque la manera que tiene el sinaloense de enfocar sus energías en la juerga puede hablar más de decadencia para otras personas. La gente aquí está feliz, y el dinero se mueve más rápido de lo que tarda uno en tomarse una Tecate light bien fría con este calorón. Los expendios de cerveza son abarrotados por manadas de hombres sedientos que compran charolas enteras como si no hubiera mañana. Las mujeres los esperan en la banqueta, ellas no se acercan al expendio.

 

El malecón está repleto y cada diez pasos uno se topa con bandas que suman sus notas a un paisaje sonoro conformado por el barullo de los que pasan y la música de más bandas. Los hombres se sientan encima de las hieleras, toman, platican, bailan con las morras. Hay una estética que se impone por lo general entre los que están aquí, cierto estilo que comparte una comunidad acostumbrada a vivir rápido y sin mucha introspección. Barbones y toscos, a ellos no les hace falta ver más box. Andan en shorts y camisa de marca, usan lentes de sol, sombreros fedora o cachuchas que no se ajustan del todo a la cabeza. Les gusta la velocidad, hablan fuerte y te valoran por lo que tienes. Su estilo comprende una gama que va de buchón a mirrey, con todo lo que puede haber en medio.

 

Las mujeres que andan por esta playa son las famosas norteñas que habitan sueños y crean leyendas en otras partes de la república. Decenas de mujeres que recorren esta especie de carnaval con verdaderas muestras de belleza natural, donde una puesta de sol compite con las figuras recias y femeninas llenas de vida y de presencia, unas en traje de baño y otras en vestidos más formales, como si el clima diera para procurar algo de elegancia. Las cabelleras largas y los accesorios dorados relucen en casi todas ellas, las norteñas que al caer la noche brillan a la luz de las lámparas, brillan más que las tubas y que las trompetas que emiten los sonidos que las obligan a contonearse y a sudar para brillar todavía más. Unas bailan en grupo con sus amigas, otras bailan abrazadas a sus vatos, hay cervezas en las manos, sonrisas en los rostros y voces enérgicas que se funden en el aire con la tonada de “La yaquesita”.

 

Pero la música de banda no es el único sonido que pone a hervir la sangre en este pueblo. A varios kilómetros del malecón, cerca de los caminos de terracería que conectan con otras playas vecinas, los motores rugen como bestias y encienden los ánimos aventureros de quienes pisan el acelerador con todo su peso, ansiosos de escalar las dunas lo más pronto posible a bordo de motos y vehículos todo terreno. Los jeeps, las RZR y las cuatrimotos trazan su trayectoria en la arena caliente y dejan el testimonio de una afición que se vive con la intensidad de quien se imagina parte de un universo como el de la saga de Rápido y Furioso. A Altata se llega en carro del año a toda prisa, con una morra en el asiento de copiloto y una hielera llena de cerveza en la cajuela, si lo que se quiere es vivir acorde a los ideales del culichi arremangado.

Culiacán en repetición

 

Hasta 1934, la única forma de llegar a Altata era a bordo de un tren conocido como el “tacuarinero”. Diez años después, con la desaparición del tren, se abrió la carretera. Una conquista paulatina estaba en marcha. Hoy en día, son varias colonias (casi todas con su pedazo de playa) las que funcionan como una extensión del poder adquisitivo de la clase media y alta de Culiacán, replicando en este pueblo la experiencia que han tenido varias familias en la capital de Sinaloa: sólo a quien le va bien en la ciudad puede hacerse de un terreno en la playa, no se diga levantar una vivienda y darle mantenimiento. Hacia la derecha del malecón se extiende una hilera compuesta por muchas de las casas más antiguas de Altata, casas que han sufrido las remodelaciones necesarias para aguantar una buena tanda de relevos generacionales, padres que traen a sus hijos a correr en la misma arena que los abuelos pisaron antes que nadie. En esta zona todos saben cuál es la residencia de Julio César Chávez, cuál es la del gobernador y la de algún otro personaje menos mediático.

 

En el lado contrario, hacia la izquierda del malecón, se encuentra una vieja colonia que por alguna razón se llama igual que el famoso Festival de Rock y Ruedas celebrado en el Estado de México en 1971: Avándaro. En 1973, el profesor Germán Aréchiga (quien fue uno de los maestros de música más conocidos de la localidad) y algunos colegas suyos ocuparon terrenos y construyeron las primeras casas en este sector. Cuando Navolato se hizo municipio en 1982 y Altata pasó a estar dentro de sus límites, los maestros legalizaron sus terrenos ante el nuevo ayuntamiento. Hoy que muchos de ellos son abuelos, Avándaro vive la irrupción de viviendas modernas y lujosas que sobresalen con toda su violenta fastuosidad entre casas muy modestas, como eco de un fenómeno que ya es normal en ciertas colonias de Culiacán. Existen otras playas conectadas a la bahía que han sido pobladas a medida que más familias adquieren los terrenos de un destino vacacional en plena expansión. Así se conformó la zona que hoy se llama Las Águilas, y se ejecutó el ambicioso proyecto de Isla Cortés, un conjunto de cotos privados que se ubican a la orillla del mar abierto, detrás de los manglares que cubren el horizonte del viejo Altata. Doctores, políticos y empresarios, gente de bien que alguna vez procuró vivir al resguardo de una inseguridad que supuestamente no traspasaría las murallas de su colonia en la ciudad, cuentan en Isla Cortés con casas que reiteran la tranquilidad de los espacios cerrados. Además de traer al mar todas las comodidades y la privacidad que consiguieron tras las paredes de sus barrios exclusivos en la capital, añaden a la ecuación la vista de una hermosa playa a la que no cualquiera puede acceder.

 

Pero no todo Culiacán tiene casa en Altata. Hay quienes vienen a pasar la tarde y regresan a la ciudad de noche. Otros se quedan a dormir en casas de familiares o amigos, o buscan un espacio que quede libre para armar sus casas de campaña. Cada vez hay que tener más suerte para encontrar esos espacios. La rutina vacacional en estos días puede variar, pero por lo general implica tomar desde la hora de la comida y hasta el atardecer, continuar la tomadera en la noche y caer en un sueño profundo en la madrugada, para despertar más tarde con el olor de un rico platillo que la tía o la mamá prepara, mismo que aportará las energías para reanudar la juerga. Y es que en Altata se procura comer bien, los mariscos y la carne asada son pilares básicos de la alimentación que las familias no pasan por alto en sus hogares de playa. En los restaurantes que se esparcen a lo largo del malecón, los aguachiles, tostadas y los ceviches se encuentran en tantas presentaciones como la creatividad permita, así como las sangrientas patas de mula, los callos de hacha, los chicharrones de pargo y los ostiones. Los puestos en la calle y los vendedores ambulantes cubren la parte de los antojitos: mangos con chile, raspados, cocos, churros, nieves, tostiesquites, tostilocos y las clásicas manzanas acarameladas. A la salida, antes de retomar la carretera, los lugareños disponen de hieleras donde guardan el famoso pan de mujer, un pan dulce que puede venir con piloncillo, calabaza o queso filadelfia. De aquí nadie se va mal atendido.

“¿Cómo estás Javier?”

 

Hay una canción para cada semana santa, una que revienta los estéreos de los carros que dan la vuelta por todo Altata y que estremece las bocinas situadas afuera de los negocios para atraer a los clientes. El pop basura, desechable como las latas de cerveza que se vacían al ritmo del éxito del momento, es el único género que posee la cualidad efímera necesaria para que la canción de esta Semana Santa no sea la misma de cada año. En 2015, el turno de sonar en todos los reproductores y pegarse como sanguijuela en el cerebro de los escuchas es para Osmani García en colaboración con Pitbull y Sensato, quienes tienen el breve honor de hacer bailar los cuerpos tostados al sol con una pieza de reggaetón llamada “El taxi”. En 2016 nadie recordará esa canción.

 

Por otro lado, el corrido sigue siendo el rey de la fiesta. No importan los intentos del gobierno por contrarrestar su difusión, la gente ama las canciones que hablan de narcos y en Altata son más las veces en que esta música viene a cuento que las que podría resultar inapropiada. Una estación de radio dispone de un escenario en el malecón donde se presentan los conjuntos norteños que saben exactamente con qué canción prender los ánimos de los asistentes. En cuanto suenan las primeras líneas del corrido “Javier de los llanos”, popularizado por los grupos Calibre 50 y Enigma Norteño, la gente enloquece y canta al unísono como si este fuera el concierto de su artista favorito. Tal vez haya algo de aspiracional en el hecho de que la emoción estalle justo cuando llegan a la parte que dice “traigo ganas de chambear y no derecho”. Javier Torres, el protagonista de la canción, fue jefe de pistoleros para el Cartel de Sinaloa bajo el mando de Ismael “el Mayo” Zambada. Hoy cumple una condena en el penal del Altiplano junto a otros célebres capos.

 

Ya de noche y con el malecón rebosante de vida, no parece que la gente quiera retirarse a las 21 horas como marca el reglamento. Las bandas no han dejado de sonar y es una la que en particular ha reunido más gente a su alrededor. Ahí, entre un grupo de personas que se resisten a finalizar la jornada, sobresale un tipo rubio con pinta de extranjero y shorts rojos, que se mueve con una libertad inusual para una región donde se baila de cartoncito. La energía que inyecta el son de la tambora a su cuerpo se traduce en una danza apasionada y primitiva, las caderas y las piernas y los brazos se agitan sin cuidado ni pudor. Eso es bailar con ganas, un ejercicio catártico sin pasos a seguir ni roles de género establecidos. Al rubio se le acercan hombres y mujeres y a todos les baila con el mismo desenfreno, los cuerpos se acercan y sudan y se explayan y las cámaras de los celulares registran un momento que se antoja irrepetible, uno en que la masculinidad norteña no ejerce su habitual rechazo a lo diferente. Justo en ese momento aparece la policía y comienza a evacuar el lugar. En patrullas y a pie, la autoridad asume el papel del padre de familia que le ordena al hijo irse a dormir. Ya estuvo bueno.

¿Qué pasó ayer?

 

Los operativos de seguridad que el gobierno desplegó en Altata contaron con 2 mil agentes entre policía municipal, estatal, cuerpos de auxilio y elementos del ejército y la marina. En las redes sociales hubo todo tipo de comentarios producto descontento que estos operativos ocasionaron entre la gente. Algunas notas en periódicos exhibieron testimonios de personas que hablaban de atropellos por parte de las autoridades. “A muchos los golpearon los policías, los jaloneaban, les quitaron las hieleras, las pateaban con prepotencia”, aseguraron en un portal de noticias. El gobernador Mario López Valdez fue el centro de la polémica por haber girado instrucciones de prohibir el acceso al nuevo libramiento y a las dunas, y por cerrar la circulación en el carril que da a la casa donde él y su familia pasaron las vacaciones. En una publicación que circuló por Facebook se leía: “Altata se volvió un arraigo domiciliario por el abuso de la autoridad, que subían a sus patrullas a la gente sólo por voltear a verlos. De manera prepotente daban instrucciones apuntando con sus armas como si fuéramos delincuentes”. Cuestionado por los medios, el gobernador dijo que él sólo atendía las denuncias de los residentes que le exigían poner orden en el lugar, ya que “lo que había en Altata era peor que una cantina”.

 

Sería injusto decir que únicamente son culichis los que visitan este complejo turístico, como sería demasiado simple asegurar que toda la expresión que aquí se genera es lo que cabe en la etiqueta de narcocultura. La vida narca tan sólo es una parte de lo que ocurre en Culiacán y no alcanza para entender la naturaleza de esta sociedad en su conjunto. La energía de una población habituada a vivir bajo un sol despiadado casi todo el año estalla por muchos frentes y puede hacer que la fiesta se ponga pesada, pero la tradición familiar que se ha mantenido por generaciones en esta bahía también es fuerte. Los papás van a traer a los hijos a conocer su playa por muchos años más y eso es algo que se percibe en el ambiente. Aun así, ver la manera en que una ciudad extiende su poder para hacer suyo un puerto histórico (aquí fue donde Plutarco Elías Calles postuló a Lázaro Cárdenas a la presidencia) trae a la mente la escena de la película en que el famoso Tony Montana ve un globo con la leyenda “the world is yours”. Para muchos fanáticos de esa película, el mundo que les pertenece es uno que empieza por Altata.

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