SAN ANDRÉS

Allá en tu colonia,
donde hubo guerrilleros

Entre la mancha urbana que une a Guadalajara y Tlaquepaque hay barrios con identidades propias que se conforman a partir de sucesos históricos. La revuelta estudiantil encabezada por los Vikingos a finales de los sesentas, cambió para siempre lo que significa ser de San Andrés.

Por JAVIER ANGULO /

Ilustración: ANDREA CARBOARA

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Este es un barrio que puede pasar desapercibido para quien llega por primera vez en tren ligero a la estación que tiene su nombre. Salir por la calle Felipe Ángeles y agarrar hacia el mercado, al norte, fue mi costumbre al menos por dos años antes de conocer lo que hay hacia el sur, al topar con la calle Gigantes y caminar unas cuadras al oriente. Ahí se revela el San Andrés de los clásicos portales, el de la plaza y el kiosco, con la antigua parroquia en un extremo y el templo del Señor de la Ascención en el otro, legado de los tiempos en que se usaba una iglesia para indígenas y otra para españoles.1

 

Un pueblito situado entre lo que fue el límite de Guadalajara y Tlaquepaque, ahora es una colonia más en medio de una mancha urbana que ya no deja del todo claro dónde acaba un municipio y dónde empieza el otro. La ciudad lo alcanzó y San Andrés se mimetizó entre una larga lista de colonias con calles que se ven así, con locales comerciales y casas cuadradas unidas por las paredes, con los postes de luz y los cables que cruzan de un lado al otro, con la tiendita de la esquina, los perros que andan sueltos y el puesto de tacos que sólo abre de noche. Calles como cualquier otra, pero que en este barrio adquieren un carácter que se cuece aparte.

 

Que de aquí es Azucena la de Jalisco, el mariachi Nuevo Tecalitlán, el grupo romántico Los Freddys, el boxeador Jesús “Papelero” Estrada, los lonches Rubén y los Vikingos, son de las primeras referencias que salen a relucir. En San Andrés hay un sentido de pertenencia, una especie de conciencia entre los habitantes acerca de su identidad, tal vez más particular que lo que entendemos como tapatío. Hay quienes hablan de sus vivencias personales y al mismo tiempo cuentan algo de la historia del barrio, y lo saben. Como si una parte no se entendiera sin la otra, la gente lleva a San Andrés consigo y no parece darle el mismo significado al nombre oficial de Villa Mariano Escobedo, o al simple hecho de estar dentro del municipio de Guadalajara. Algo ha tenido esta colonia en la vida de las personas, que incluso familias que residían en calles aledañas solían decir que eran de aquí.

 

Así lo recuerda Tita, la niña que vivía por la calle Obregón y estudiaba en la primaria Lázaro Cárdenas en los años cincuenta. Entonces tenía poco de haber llegado a la zona y lo normal era asumirse de San Andrés, como hacían sus compañeras de escuela y quienes vivían alrededor. Aún no imaginaba la manera en que esa pertenencia pondría en peligro su vida años más tarde. La niña que alguna vez creyó que el Restaurant y Cafetería Tita se llamaba así por ella, jugaba por las tardes en el mismo barrio que la llevaría a aparecer como Bertha Lilia Gutiérrez Campos alias "la Tita", en una historia que se contó a través de la nota roja en la prensa local.

 

 

El reparto de la lengua

 

Tal vez ya había rebeldes en San Andrés, entre los más de cinco mil indígenas cocas y tecuexes que poblaron el territorio antes de que tuviera su nombre evangelizador. Tal vez los hubo en 1542, cuando se instalaron los misioneros franciscanos que llegaron por Tetlán.2  A finales de los sesentas del siglo veinte, cuando los ideales socialistas y los movimientos estudiantiles le daban la vuelta al mundo, una juventud inquieta de este barrio se enfrentó a un orden mayor establecido. Algunos integraron la Liga Comunista 23 de Septiembre, el movimiento guerrillero que fue sometido por el gobierno de México en el episodio que los historiadores conocen como guerra sucia: una espiral de asesinatos, desapariciones, reclusión y gente forzada a vivir en la clandestinidad.

 

Lo fácil es imaginar la guerrilla como un escenario donde se baten personajes enfundados en trajes militares como el Ché Guevara, incluso Rambo si se quiere. Lo que cuesta trabajo, para quienes no estuvimos ahí, es pensar una guerrilla urbana en la que tu primo, o el hijo de la señora de la papelería, o el que se sienta sienta atrás de ti en la clase de química, llegan a convertirse en agentes armados en contra del poder. Algo parecido sucedió en San Andrés con los que se juntaban en la plazuela. Se hacían llamar Vikingos, no se sabe bien por qué. Adolescentes de secundaria y de prepa listos para batirse a puño limpio con cualquiera que buscara problemas con el barrio.

 

Su fama trascendió las calles y se hizo notar en las escuelas, cuando empezaron a oponerse a las prácticas de la entonces Federación de Estudiantes de Guadalajara (FEG) en varios planteles de la UdeG. La FEG tenía agentes armados que amenazaban a los alumnos para ganar elecciones estudiantiles, aplicaban novatadas a los de nuevo ingreso, cobraban cuotas y reprimían con violencia cualquier intento de defensa. Todo un mini-cártel tras el botín de la educación pública superior en la ciudad. Bertha Lilia recuerda una de las primeras veces en que sus amigos se organizaron para confrontar a la FEG. "El reparto de la Lengua", dice.

 

En alianza con jóvenes de diferentes barrios y escuelas, los Vikingos repartieron una versión apócrifa de un periódico oficialista que se distribuía cada año en los planteles con motivo del día del estudiante. Enrollada como pergamino, la hoja tenía un diseño casi idéntico a la publicación original. Los estudiantes sólo se dieron cuenta de lo que se trataba cuando leyeron los textos que venían en el panfleto, donde se burlaban de la FEG, de los cacicazgos en la universidad y de ciertos personajes conocidos. "Fue un golpe espectacular", platica Bertha Lilia.  "Se armaron unas golpizas por esa razón, principalmente con algunos Vikingos, pero la FEG no sabía quiénes habían hecho el periódico".

 

 

Llamarse compa antes de tuíter

 

La oposición a la FEG se volvió más fuerte cuando los Vikingos se involucraron en la vida política universitaria y sumaron liderazgos en las sociedades estudiantiles de varias escuelas. Ya constituidos como una fuerza visible, los golpes se trasladaron de las calles al ámbito educativo. Jóvenes de San Andrés y otros barrios unidos en un frente contra la represión de la FEG. Con los puños, con palos, con cadenas o con las clásicas manoplas de acero, los enfrentamientos en las escuelas se ponían cada vez peor. En un momento Andrés Zuno, hijo del exgobernador de Jalisco, José Guadalupe Zuno, apoyó a los disidentes con armas y recursos, en su intento de quitarle a la FEG el control de la universidad.

 

Un muchacho proveniente del medio rural, llamado Arnulfo Prado Rosas, era conocido en todo San Andrés como "el Compa". Hay quien lo recuerda con su pantalón de mezclilla y sus botas Ringo de Canadá, las que anunciaba el Pirrurris en televisión. Líder nato y carismático, dicen, fue una figura importante en el movimiento que pronto dejó de ser asunto exclusivo de Vikingos, para conformar el Frente Estudiantil Revolucionario (FER). También era novio de Bertha Lilia, quien se sumó al movimiento al igual que otras muchachas que comulgaban con la causa.

 

Los inspiraba el marxismo y manifestaciones como la de Tlatelolco en 1968. Hoy en día, jóvenes con ideales parecidos son tan sólo uno más en el mar de arquetipos que dibujan las redes sociales. Para la generación del FER, el pensamiento de izquierda, recién renovado por los sucesos mundiales de la época (la revolución cubana, las protestas estudiantiles en Francia), representaba otra vida posible. De manera gradual su movimiento se convertía en una lucha política que iba más allá de lo educativo. Había quienes se entregaban con todo y el 23 de septiembre de 1970 demostraron que iban en serio, cuando tomaron una casa del estudiante que se ubicaba en el centro de Guadalajara, y expulsaron a los miembros de la FEG que la controlaban.

 

La proclama estaba hecha. Había tiro, como diría Julio César Chávez. El FER visitaba escuelas y sumaba aliados, una tarea que coordinaban las mujeres de la agrupación, la cara visible del frente en ese momento. Lo llamaban "mitin relámpago": repartían panfletos en contra de la FEG y pronunciaban discursos ante los alumnos, mientras alguien más de la agrupación se aseguraba de que nadie tocara el teléfono del plantel. En menos de 10 minutos estaban afuera. También iban a las gaseras donde cargaban de combustible al transporte urbano, pintaban consignas con aerosol en los camiones y pegaban hojas con comunicados en el interior. FEG asesina, FER = dignidad, pintaban en los vehículos con el permiso de choferes que no tenían empacho en molestar a los patrones. "Los autobuses urbanos se convirtieron en nuestros mejores propagandistas, circulaban por toda la ciudad, y mientras los borraban la gente ya había visto el mensaje", platica Bertha Lilia.

 

Poco después de haber tomado la casa del estudiante, el FER acudió a la Escuela Politécnica de Guadalajara. "En ese momento no había que andar con ingenuidades, ya se sabía que había balazos, no era a los golpes ni cadenazos". Miembros de la FEG llegaron en carros, bajaron de los vehículos y comenzaron a disparar. Se inició una balacera entre los dos bandos. El entonces presidente de la FEG cayó herido, sus compañeros huyeron y los contrarios lo llevaron al hospital una vez terminado el enfrentamiento, en un acto que las autoridades no tomaron en cuenta. El FER quedó señalado como culpable de la agresión y del posterior fallecimiento del dirigente estudiantil. Se desató una persecución contra miembros y simpatizantes del movimiento. Ser joven y ser de San Andrés, era correr el riesgo de perder la libertad o la vida.

 

 

Costumbres del rancho

 

La maestra Bertha Lilia Gutiérrez da clases en la Universidad Pedagógica Nacional. Se especializó en temas de género, sociedad y cultura. "¿No tienes frío?", me pregunta. Un cúmulo de nubes prietas se acerca por el horizonte y amenaza con llover, mientras intento ver en ella a la joven activista que convirtió su casa en un centro propagandístico, que fue entrenada en tácticas militares y que no creyó haber llegado demasiado lejos cuando le dieron un revólver cromado para protgerse. La presa política que aguantó presiones y torturas durante los interrogatorios en oscuros cuarteles de la policía. "Entendí todo el proceso y entendí por qué los movimientos se radicalizan, y entendí por qué la gente se arma, claro que lo entendí: pues para defenderse".

 

Hoy la distancia del tiempo le permite analizar los hechos de una manera más fría. No quiere dividir la historia en buenos y malos. Lo que vivió, considera, fue una respuesta lógica a la manera en que históricamente se han reprimido los movimientos subversivos en México. Amigos desaparecidos, torturados, presos y ejecutados le dio la década de los setentas. Para la fecha en que mataron a Arnulfo Prado Rosas "el Compa", en 1970, la maestra ya no distinguía dónde terminaba la FEG y empezaba la policía. Recuerda la valla que formaron las mamás de San Andrés en el sepelio del estudiante, tomadas de los brazos, alrededor de los hijos para evitar que se los llevaran detenidos. La policía había llegado en camionetas granaderas para recogerlos.

 

El sentido de solidaridad entre las familias de San Andrés tenía que ver con su origen. Bertha Lilia señala que eran personas que venían del campo, de pueblos de Jalisco, Michoacán, Zacatecas y San Luis Potosí. Había empatía con los estudiantes, eran los hijos del barrio. "Llegabas a una casa de un amigo y te decía la señora 'pásate, ¿ya te desayunaste?', y según como era la familia te ofrecían desayuno. Esas son costumbres del rancho y de los pueblos, y como eran migrantes traían esos valores".

 

Duró cuatro años y medio como reclusa en la antigua penal de Oblatos. La procesaron por los delitos de portación de armas y asociación delictuosa en 1974. Entonces llevaba alrededor de un año como integrante activa de la Liga Comunista 23 de Septiembre, la agrupación que se formó con algunos miembros del FER después de que la contienda con la universidad los había obligado a replegarse. La hija bien portada de la familia, involucrada en una lucha estudiantil que evolucionó al punto de la guerrilla urbana con réplicas a nivel nacional. Organizaba círculos de estudio dentro de la liga. Ya la tenían fichada, la habían arrestado tiempo atrás, pero en esa ocasión salió libre después de 72 horas gracias a un amparo que consiguió su papá. Le tomaron la clásica foto policial y la dejaron ir, pero no para siempre. "Ya teníamos la etiqueta de delincuentes, y pertenecer a la liga era guerrilla".

 

En los interrogatorios le pedían reconocer a sus compañeros en fotografías que le mostraban. La indicación de la liga era sólo nombrar a los que estuvieran presos o muertos. Pero de su participación asumía toda la responsabilidad. "Tú perteneces a un grupo y te toca todo", afirma. "Ahora podemos tener una postura crítica y decir sí, a lo mejor hubo un exceso, pero yo asumo haber sido de ese grupo y no me echo para atrás, y si no hice más fue porque no me invitaron a hacerlo, yo estaba puesta para lo que me invitaran".

 

Salió de la cárcel en 1979, gracias que el Comité de Defensa de Presos Políticos, Perseguidos, Exiliados y Desaparecidos obtuvo una amnistía en la que las autoridades exoneraban a los presos políticos que habían estado involucrados en la Liga Comunista 23 de Septiembre. Se siente afortunada de no haber tenido que delatar a nadie para sobrevivir. Después de regresar a casa, tardó como veinte años para volverse a reunir con sus compañeros sobrevivientes y hablar del tema. "Después de una fuerte represión, ¿quién anda socializando?", dice. La maestra es una señora de carácter sereno que hoy preside la asociación Amigos de San Andrés. Realizan actividades culturales. La mirada vehemente de la muchacha que aparece en la portada del libro Los Vikingos, escrito por Rodolfo Gamiño y Jesús Zamora García, sigue viva detrás de los lentes que ahora porta. Es la mirada que le puso en la memoria una serie de sucesos sin los cuales la historia de su barrio, de su país, quedaría incompleta. Quiere que no se olvide.

 

 

La vida después de los Vikingos

 

El cielo de San Andrés oscurece y el pavimento mojado por la lluvia refleja las luces de los carros y los semáforos. Comí un lonche de milanesa en Lonches Rubén que no me volvió loco. Me entretuvo un Miguel Hidalgo dibujado en la pared, junto a la bandera de México y la leyenda "Al movimiento mexicano de La Independencia". La bandera no es la que existía en los tiempos de Hidalgo, pero para fines prácticos da lo mismo. Alguien me dirá mañana que los buenos son los otros Lonches Rubén.

 

Pronto van a brillar las luces del parque, las que gestionaron los vecinos y comerciantes de la zona ante el Ayuntamiento de Guadalajara. Tenían como cincuenta años sin cambiar las luminarias anteriores, según cuenta Juan Manuel Ruiz. La organización Comerciantes, Prestadores de Servicios y Vecinos de San Andrés A.C, que él preside, mantiene una colaboración con el municipio para convertir los recursos que se asignan al barrio en acciones concretas. Ampliaron banquetas, pusieron más bicipuertos y botes de basura. Colaboraron con las autoridades para implementar un programa integral de seguridad, y comparten un sistema de alarmas por medio de silbatos, de tal manera que toda la comunidad se entera al instante cuando ocurre un robo.

 

Juan Manuel vivía frente al jardín de San Andrés, donde se juntaban los Vikingos. Eran sus amigos, iba en la secundaria cuando se armaban las golpizas. Simpatizaba con la causa y participaba en la propaganda, pero en su casa lo apartaron del movimiento cuando la violencia escaló. Ahora organiza la Vikingos Bike, una rodada en la que alrededor de 350 personas en bicicleta recorren San Andrés y van a otros barrios como Tetlán, la Hermosa Provincia y Mexicaltzingo, siempre en el espíritu de incrementar el conocimiento sobre el entorno. “Tenemos fe en nosotros, no tenemos dinero, el país está quebrado, lo único que nos queda es la movilización ciudadana, pero eso sí, lo que nos corresponde del municipio véngase pa’ acá”, asegura. Juan Manuel quiere crear una costumbre en la gente, que se familiaricen con su derecho a manifestarse y exigir que sus impuestos beneficien al lugar donde viven. Tomar los espacios, realizar actividades culturales y procurar la seguridad de la zona en colaboración con las instituciones.

 

Un ánimo de mejorar las cosas a través de la participación ciudadana es el que ahora persiste en San Andrés. Esta vez sin violencia, pero con demandas no menos importantes. Juan Manuel dice que después de los Vikingos el barrio se organizó de una manera diferente. No puede decir que mejor. Cada manifestación fue una respuesta a su contexto. Pero siempre han tenido que llamar la atención de una manera contundente, sólo para que los gobiernos  hagan lo que les toca. “Tienen miedo a la unión de la sociedad, es el problema de las autoridades porque se han acostumbrado a nadar de muertito, su partido los puso y ahí se la llevan, pero nomás brinca una institución seria como nosotros y se acalambran y ponen atención, eso yo lo tengo comprobado”.

 

San Andrés es como ese amigo que nunca se dejó llevar por lo que estuvo de moda, y en sus calles se le nota una manera propia de pensar la prosperidad. Se aferra a sus tradiciones, a las festividades religiosas en la plaza y a la música popular. Y tal como la ciudad que lo contiene, participa de sus contrastes. El mismo barrio que dio familias enteras a uno de los oficios más emblemáticos de lo jalisciense, la música de mariachi (aquí vivió Pepe Martínez, quien dirigió el histórico Mariachi Vargas de Tecalitlán), también puso en el mapa a una generación de estudiantes que encarriló sus fuerzas contra lo establecido. La vida toma un aire distinto en lugares donde el progreso no lo determinan las vialidades, ni los edificios ni los centros comerciales. La gente hizo de San Andrés el barrio que es ahora, y el barrio forma a la gente que hará de su entorno cualquier cosa que San Andrés llegue a ser en el futuro.

 

Por la Avenida Francisco Javier Mina, el eje que en un punto se convierte en Juárez y después en Vallarta, un graffiti en una barda retrata las caras jóvenes de los principales líderes Vikingos de San Andrés, los que se volvieron legendarios para su generación. Enrique Pérez Mora “El Tenebras”, Antonio Orozco Michel, Gil Rodríguez, Raúl López Meléndrez “El Petros”, Bertha Lilia Gutiérrez "Tita" y Arnulfo Prado Rosas “El Compa”. Algunos de ellos viven todavía. Les tocó un San Andrés que les pedía involucrarse en la evolución del barrio, y a cambio quieren que el recuerdo de su intervención perdure a través del tiempo. El mural rinde homenaje al pasado y a la vez advierte que no todo está resuelto. Lo acompaña un mensaje que empieza con la frase “En memoria de la juventud de San Andrés, de ayer y hoy…”.

BIBLIOGRAFÍA

1

Ceja, S. (2014). Una comunidad con profundas tradiciones arraigadas. Agosto 30, 2016, de Sistema Informativo de la Arquidiócesis de Guadalajara. Sitio web.

2

Gómez Sustaita, G. (2009). Barrio de San Andrés. En Barrios Tradicionales de Guadalajara(p.5). Guadalajara, Jalisco: Ayuntamiento de Guadalajara.

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